Se acaba el XX

Ser tapatío en los setenta

Ser tapatío en la década de los setenta consistía en haber nacido en Guadalajara, ser católico practicante, tener la piel blanca –o imaginarla de ese color– y apostarle a las Chivas o al Atlas. Era también importante practicar la charrería o reconocerla como el deporte nacional; como identidad clásica figuraban las tortas ahogadas junto al pozole. Se extendía la aceptación como tapatíos a los rancheros alteños (de los Altos de Jalisco), pero no sucedía así con quienes provenían del Sur, de la Costa o del Norte de Jalisco. Los únicos del Sur que eran aceptados casi como tapatíos eran la gente de Tamazula o de Zapotlán el Grande. De las familias de origen extranjero, se aceptaba como tapatíos a los descendientes de franceses, españoles, alemanes e ingleses. Y existían las divisiones internas de la ciudad, sobre todo entre el oriente y el poniente, tomando como mojón a la Calzada Independencia, división surgida por los usos residenciales en la etapa colonial (barrios de indios y barrios de españoles). La Universidad Autónoma de Guadalajara contribuyó a la diversidad cultural, atrayendo a estudiantes del interior de la república, así como a centroamericanos, norteamericanos y portorriqueños. Los cambios en las familias tradicionales de Guadalajara se aceleraron convirtiendo a la ciudad en un enjambre de costumbres diferentes con profundas repercusiones sociales y culturales. Luego vendría la emigración del Distrito Federal que haría todavía más cosmopolita a la ciudad.

Autor: Nuria Blanchart
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