Se acaba el XX

Luis Barragán, arquitecto

Luis Barragán Morfín, el más importante arquitecto mexicano, nació en la calle Pedro Loza, en el barrio de Santa Mónica, el 9 de marzo de 1902. Se recibió como ingeniero civil, pero la impresión que dejaron en él ranchos, haciendas, pueblos, conventos –durante su infancia y juventud– lo formaron como arquitecto. Creía que “la vida privada de belleza no merece llamarse humana”. Ejercía con rigor esta creencia: leyó y releyó al obseso de la forma Marcel Proust, escuchó una y otra vez el Cuarteto de Cuerdas de Debussy, contempló largamente las pinturas de Balthus: “muestras inequívocas del inefable misterio que es la belleza”. La materia prima de la arquitectura de Barragán son el silencio y la soledad. En 1935 se mudó a la Ciudad de México. Ahí realizó, a lo largo de casi cuarenta años, sus obras más importantes: el fraccionamiento Jardines del Pedregal (1945-1952), su propia casa (1947-1948) y la capilla del Convento de Tlalpan (1954-1959). Cuando su amigo el arquitecto Rafael Urzúa le confió a Barragán en 1931 su decisión de emigrar a la Ciudad de México, éste le respondió en una misiva: “Lamento que abandone usted Guadalajara en manos de arquitectos (con sus excepciones, por ejemplo la de Pedro Castellanos) dedicados a satisfacer el detestable gusto de nuestros burgueses”. El arquitecto Rem Koolhaas se preguntó, después de visitar la casa del arquitecto, si lo monástico en Barragán no era una forma de “hedonismo implacable”. Dijo que espera tener disipada esta duda en los próximos años.

Autor: Sergio Ortiz
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