Época virreinal

La Puente Grande

Antes que el progreso y la incuria lo arruinen –pronto seguro será–, todavía es posible leer su nombre en la entrada suroeste en la placa inaugural: “la puente de san Antonio de Terán” y el año: 1717. Se trata una obra única en el continente por su grandeza y por lo que significó construir esos 26 pilares sustentantes de 27 arcos, desafiando la fuerza del entonces llamado Río Grande del Señor Santo Santiago –ahora convertido en cloaca. Obra de ingeniería monumental que tomó casi veinte años concluir. ¿La Puente? Inscrito así, en femenino terso y delicado. El presidente de la Audiencia, don Tomás Terán y de los Ríos, fue quien echó a andar el proyecto junto con el bachiller don Juan Viruete, párroco de Zapotlán de los Tecuexes –hoy Zapotlanejo–, quien apoyó con todos los medios a su alcance para construirlo. Con sus 200 varas de largo y 9 de ancho, resultó una construcción tan magnífica que parecía imposible que fuera obra humana y por ello la leyenda de que fue construida por el diablo. A casi 300 años de su construcción y como parte del Camino Real a México, es transitado por vehículos que centuplican en tonelaje al peso de las carretas para las que fue concebido el llamado Puente Grande, que da su nombre a tan tenebrosa región. Obra genial que el progreso arruinó.

Autor: Álvaro González de Mendoza
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