El siglo que nos obligó a crecer

Club Loyola

Pocas personas que transitan frente al Centro Magno, imaginan que su suelo está labrado sobre la historia de un club deportivo en los años sesenta concurrido principalmente por las familias de los alumnos de los colegios jesuitas: Instituto de Ciencias, Unión e ITESO. Dos piscinas habitaban el club: una rectangular a la vista de todos, para hombres; y otra redonda, rodeada de bardas que impedían observar el nado de las mujeres. Poco servían los obstáculos de concreto, pues las miradas curiosas de los hombres saltaban a la alberca femenina desde el trampolín y desde la cima de las bardas. Las misas de los sábados –con el toque original de las canciones de la Misa Hosana– del jesuita Carlos Bravo, retumbaban con las voces del coro a los alrededores. Típico de los domingos era la función de cine cuyas cintas no inquietaban a los padres de familia, puesto que las escenas “impropias” eran tapadas a la hora de proyectarlas y sólo se oían los abucheos de los jóvenes indignados ante tal censura. Sede de las vacaciones del verano, las canchas de básquet se convertían en pistas de patinaje por las que corrían un sinfín de ruedas chocando interesadamente.

Autor: Cecilia López
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