El siglo que nos obligó a crecer

Arrastrarse, ¿eso es danza?

El final de los años cincuenta fue el principio de un movimiento distinto para la danza en la llamada Perla Tapatía. Las maestras de ballet y los bailarines de folclórico miraban atónitos cómo estos muchachos, alentados por su coreógrafa, Celina López, hacían movimientos extraños, a veces en el suelo, y se desplazaban en el escenario sin zapateado, ni puntas, ni tutú; descalzos. “Eso de arrastrarse por el piso no puede ser danza”, decían. Por si fuera poco despojarse de los elementos convencionales, la maestra López Gálvez, que dirigía el Grupo de Danza Moderna del IMSS, compuso una obra llamada Zapata y subió a escena un caballo –rentado en el parque Agua Azul– que uno de los bailarines montaba con miedo de que se fuera a desbocar sobre el público. En otra ocasión, se abrió el telón y apareció un coche deportivo en el escenario; la maestra también compuso Alucinaciones, luego de haber visitado la sierra huichola. Eran los inicios incipientes de la danza moderna tapatía, pero años tendrían que pasar para que “las clásicas” y “los folclóricos” se dieran cuenta de que, aunque no les gustara, eso y más podía ser la danza.

Autor: Angélica Íñiguez
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