El siglo que nos obligó a crecer

José Mariano Garibi Rivera, cardenal

Nació en Guadalajara el 30 de enero de 1889. Se ordenó sacerdote a los 23 años de edad. Apoyó al arzobispo Orozco y Jiménez, siendo su brazo derecho y posteriormente su relevo en la arquidiócesis en 1936. Ambos compartieron las vicisitudes de los continuos enfrentamientos con los gobernadores Diéguez y Zuno y de la guerra cristera. Conoció la persecución anticlerical, el clandestinaje, el destierro e incluso la prisión en 1916. En 1929 fue nombrado obispo auxiliar, y en 1936, arzobispo de Guadalajara. Fue impulsor de las artes y de la construcción del templo Expiatorio. Participó en el Concilio Vaticano II. Bajo su conducción, la arquidiócesis se convirtió en la más importante del país. Presidió varias ocasiones el Episcopado Mexicano. Hábil diplomático, promovió los consensos políticos luego de los intensos enfrentamientos entre la iglesia católica y los gobiernos surgidos de la Revolución. Amigo y consultor extraoficial de presidentes y gobernadores, mantuvo especial cercanía con González Gallo, Yáñez, Gil Preciado y Medina Ascensio. Entre sus amigos figuró el presidente Díaz Ordaz. El 18 de diciembre de 1958, fue designado cardenal. Ningún otro obispo mexicano, en más de cuatro siglos de historia, había recibido tal reconocimiento. Víctima de un edema pulmonar e insuficiencia cardíaca, falleció el 27 de mayo de 1972 a la edad de 83 años.

Autor: Adolfo Ochoa
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