El siglo que nos obligó a crecer

La Torta Ahogada

Birote salado, carne de cerdo, salsas dulce y picante (a base de chile de árbol), frijoles refritos, y cebolla morada, forman parte de la receta original de las tortas que se acompañan con cerveza o refresco. El Güero, un individuo rubicundo de indudable procedencia alteña y que apareció en la década cincuentenal del siglo XX en un pequeño establecimiento casi en el cruce de Miguel Blanco y la recién ensanchada 16 de Septiembre, fue el autor intelectual de eso que se convertiría en símbolo tapatío y sustento económico y hasta cultural de tantas familias: La Torta Ahogada (así, con mayúsculas). Lo de “ahogada”, por el procedimiento final de sumergirla en una salsa que sólo los muy machos pueden tolerar sin rebajar su picor. El Güero, así se llamaba –por razones obvias– aquella “tortería” en las proximidades del templo de San Francisco: sitio de reunión matutina de los afectados por lo que Cicerón llamaba crudelitas vinulentiae, o simplemente “cruda”, que era preciso curar con el picante y birotero remedio. En la actualidad, la torta ahogada es uno de los antojitos más representativos de la gastronomía tapatía con su escaso medio siglo de existencia; la ofrecen en gran cantidad de puestos callejeros y locales establecidos, incluso con modificaciones poco apegadas a la receta original, pues hay quienes las preparan con aguacate, camarón o soya; o sin frijoles.

Autor: Angélica Íñiguez
<< Anterior Siguiente >>