El siglo que nos obligó a crecer

Avitia: El Padre Eterno

En el antiguo sistema postrevolucionario, los procesos electorales resultaban chatos y aburridos por predecibles. El candidato selecto por y desde el centro, ganaba. Sencillo. ¿Oposición? Simbólica. Cuando se definió en los cincuenta quién sería el sucesor de un literato entonces encumbrado como gobernador, la norma se cumpliría. Pero surgió un candidato independiente y autopostulado al cargo, y la ciudadanía lo recibió con regocijo; con simpática sonrisa. ¿De dónde era originario? Todo apunta a Sinaloa. ¿Quién era? Siempre usando sólo su apellido había alcanzado cierta notoriedad en la urbe: Avitia, individuo vestido de túnica blanca y con larga barba en el mismo tono –no costaba mucho trabajo en aquel tiempo verse distinto y exponerse al ridículo– que pregonaba el vegetarianismo como credo saludable. Inusuales él, su atuendo y sus teorías. ¿Edad? En alguna ocasión y como prueba del vigor de sus creencias, convocó al público a verle clavarse desde la plataforma de diez metros del Atlas Paradero, y decían los anuncios que tenía cien años… Le decían Padre Eterno por su mayestática apariencia y edad publicitaria confesa; andaba en una desvencijada camioneta con equipo de sonido, haciendo campaña política, solicitando votos para ser gobernador, y promoviendo el salvífico vegetarianismo. Avitia con su barba, con su atuendo, su vegetarianismo de avanzada y sus intenciones políticas, quedó en el olvido. Eterno no fue.

Autor: Álvaro González de Mendoza
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