El siglo que nos obligó a crecer

Parque Morelos

El primero de noviembre, día de Todos los Santos, empezaba la tradición popular de instalar varios puestos con juguetes muy variados sobre las aceras del jardín del Parque Morelos. Todos los niños de la ciudad hacían su recorrido por el parque para comprar los juguetes novedosos. Unos hacían alusión al día de muertos con calacas que salían sonrientes de sus cajas de madera. Otros eran para las niñas, como las muñecas de cartón con la cabeza fija y un nombre escrito en el pecho –sólo movían los brazos y las piernas que estaban sujetos por una hilaza que las atravesaba de lado a lado y eran fijadas por un nudo. En otro puesto vendían valeros de madera de todos los tamaños. Para los niños había dos boxeadores fijados a una tabla de madera que al apretarle el botón central empezaban a pelear con fuerza. También había unas escaleras con un mono que subía y bajaba. Del otro lado, estaban las culebras de madera que se movían sinuosamente cuando eran sostenidas de un extremo. No podían faltar las famosas cuerdas para brincar. Así, muchos niños tapatíos esperaban con ansia la llegada del primero de noviembre.

Autor: Cecilia López
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