El siglo que nos obligó a crecer

El tutú en Guadalajara

1950. Domingo cualquiera en Guadalajara. Al final de su misa, el entonces arzobispo José Garibi Rivera, muy preocupado, dijo que era inadmisible para la Iglesia que se dieran espectáculos como el de la semana anterior en el Teatro Degollado: un montón de chicas con faldas de tul muy cortas levantaban las piernas escandalosamente, como si se tratara de ese baile francés, el Can-Can, tan provocador (en su época). Aseguró que Dios lo veía mal, por tanto la iglesia prohibía el ballet. La autora de tal atrevimiento, la maestra Hellen Hoth, que había montado El lago de los cisnes –quizá por primera vez en la ciudad–, se enfrentó a una desbandada de alumnas cuyos padres decidieron que confiar en los consejos de Garibi Rivera era el mejor camino. Hellen Hoth continuó su trabajo, aunque enfrentándose a un escándalo grande. Un periodista de la Ciudad de México escribió un artículo: decía que lo inadmisible era la actitud del arzobispo de Guadalajara. La nota ayudó a Hoth y así fue como el tutú se quedó en esta ciudad hasta el grado de parecer conservador en la actualidad.

Autor: Angélica Íñiguez
<< Anterior Siguiente >>