El siglo que nos obligó a crecer

Monumento sin bandera

Garita de San Pedro, puerta de entrada y salida hacia el Oriente; portón urbano principalísimo y llamado así: de San Pedro. Lo de “Tlaquepaque” sustituyendo al sampetrino nombre, fue cosa de la modernidad del siglo XX y por el toque indigenista tan republicano y tan atractivo para fines turísticos. La garita estuvo donde estuvo “viendo pasar el tiempo” y a la historia, hasta que una honorable dama de la sociedad tapatía –su nombre, Chila (sic)–, tuvo a mal más que a bien chocar con su automóvil y acabar sus días allí. Corrían como el auto de Chila, los años cuarenta, y el goberenturno decidió condenar a muerte el estorbo urbano causante de la tragedia. Brillante idea secundada por un no menos brillante arquitecto –profesión incipiente en aquel entonces en estas tierras– y se procedió a demoler el monumento histórico. Nada mejor que poner en el sitio al emblema nacional: el águila. Tan bien realizada quedó esa águila de cantera que el populacho irreverente la bautizó de inmediato como “el zopilote mojado”, en una muestra de insensibilidad artística colectiva. Y junto a la supuesta y modernista águila, un asta para izar allí la enseña patria. ¿El nombre del conjunto escultórico urbano? ¡Monumento a la Bandera! El asta, está, pero la bandera nunca. Y la garita fue aniquilada por los abanderados del progreso.

Autor: Álvaro González de Mendoza
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