El siglo que nos obligó a crecer

Clasificación rigurosa

En la década de los cuarenta y principios de los cincuenta –la época de oro del cine mexicano–, asistir al cine era una diversión obligada para los tapatíos que abarrotaban sus taquillas a la función de las cuatro. Los cines de primera vestían unas salas muy lujosas; algunos eran teatros, donde se proyectaban dos estrenos –a diferencia de los cines de segunda que sólo proyectaban cintas viejas. El teatro Alameda –cuyo techo simulaba un cielo estrellado con nubes desgarradas– y el cine Avenida, ambos en la Calzada Independencia, eran de primera. Su decoración consistía en réplicas a escala de iglesias, fuentes y casas de cantera estilo barroco. También los cines: Colón, Variedades, Rex y Reforma eran prestigiados. De segunda eran los cines: Juárez, Obregón, Park, Roíz, Orfeón, Lux, Edén, Cuauhtémoc y Jalisco. La tabla impuesta por la liga de la decencia impedía que los ojos ansiosos del público transitaran por todas las cintas, pues tenían que apegarse a la clasificación que les correspondía: A: Para todo el público; B1: Para niños y adultos; B2: Para niños mayores de 12 años; B3: Para adolescentes y adultos; C1: Para mayores de edad; C2: Para mayores con ciertas reservas; D: Fuera de clasificación por indecentes.

Autor: Cecilia López
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