El siglo que nos obligó a crecer

Actividades recreativas

En los años cuarenta, bajo las pinceladas del sol que anunciaban la tarde, la Plaza de Armas esperaba la llegada de las familias tapatías que, mientras disfrutaban del sabor de algodones de azúcar y manzanas bañadas en caramelo, escuchaban las marchas y música clásica que tocaba la banda municipal dentro del kiosco. En la misma época, la sede de los enamorados tapatíos era el Parque de la Revolución, lugar de reencuentros casuales que se daban gracias a las vueltas opuestas que daban los varones de las jovencitas. Muñequita Linda, Quiéreme Mucho, Morenita Mía y Aquellos Ojos Verdes, eran las canciones de moda que provenían del tocadiscos de una camioneta que se ponía justo en medio del parque para que todos se deleitaran con la música. Los jóvenes llegaban a solicitar alguna canción para dedicarla a alguna muchacha. También compraban gardenias, las únicas flores que vendían ahí, para dar muestras de afecto. Estas veladas románticas, de 8:00 a 11:00 pm, se repetían cada jueves y domingo. Hoy nadie imaginaría que detrás de cada banca del Parque de la Revolución se esconde una historia de amor que quizá perduró y que seamos, después de algunas generaciones, una de sus secuelas.

Autor: Cecilia López
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