El siglo que nos obligó a crecer

Los niños son Todos los Santos

En 1940, la fiesta de Todos los Santos era en realidad una fiesta para los niños. Había que ir a la feria que se ponía a espaldas de la Universidad de Guadalajara a lo largo de la calle Galeana –de Morelos a Madero–, donde a dos cuadras de distancia olía a pegadura de cola de carpintero y de rigor había que comprar un casco, un caballito y una grotesca máscara –por supuesto todo de cartón. Pero no faltaban los juguetes de hojalata, soldaditos de a centavo, alcancías, flautas, que traían los alfareros de Tonalá. El dos de noviembre los papás llevaban invariablemente a los niños a la calle de Pedro Moreno a comprarles fruta cubierta, charamuscas, calaveras de dulce, piloncillos de azúcar con jamaica y chía, hasta que llegó la nueva sensación: una máquina de hacer quequis (cakes), es decir, los pancakes de Estados Unidos. Cuando el urbanismo obligó que saliera la feria de las calles de Galeana, mandaron los puestos al jardín de San José de Gracia y luego al parque Morelos donde todavía sobreviven pero sin olor a cartón y a cola.

Autor: Nuria Blanchart
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