El siglo que nos obligó a crecer

El público en el cine

Cuando se hicieron notorias las bondades lucrativas del séptimo arte se propagaron con sus propios distintivos. Una de las salas más prestigiadas era el Tabaré, del señor Estrada Aguiar, quien ponía mucho énfasis en que la exhibición de sus cintas fuera una diversión familiar. Tenía reglamentos estrictos que obligaban al espectador a comportarse a la altura de un público distinguido y de buena moral. En esta sala, si el público se comportaba de manera inmoral era desalojado del salón y se le devolvía su importe del boleto. De esta manera se aseguraba el orden y la contemplación de cintas cuidadosamente seleccionadas. En cambio, en el cine Cuauhtémoc sucedía todo lo contrario y para muchos este cine quebrantó la moral social. Se corrió el rumor de que se decían leperadas como si se estuviera en un prostíbulo. “Aquello se convertía en algo peor que una plaza de toros, se hacen rojos comentarios en voz alta, se silba, se grita y la minúscula saturnal es el encanto de los que no van tras una diversión honesta, sino a dar rienda suelta a sus desórdenes apetitosos”.

Autor: Cecilia López
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