El siglo que nos obligó a crecer

El Fusto González

Se supone que una de las características de la democracia es que cualquiera, independientemente de su procedencia social, puede acceder a cargos de gobierno. Así, la muy sui generis democracia de la revolución hecha institución tuvo esa virtud: a verdaderos hijos del pueblo los instaló –por méritos o artimañas–, en puestos de relevancia. Justo González –un adolescente pendenciero que luego trabajó de rebocero–, seducido por el discurso socialista de la época –entre la segunda y tercera décadas del XX–, decidió ingresar en el laberinto político bajo la guía de Esteban Loera (quien de ser auriga de calandria llegó a líder obrero). La especialidad de Justo eran las pifias lingüísticas, e incluso él mismo se presentaba como “Fusto González, Ispetor General de la Polecía…”, eso cuando ocupó dinamente ese puesto. Memorable aquel brindis en que tomó chanfaina para hacerlo en forma adecuada; y cuando refiriéndose al Cura Hígado señaló que fue en el pueblo de Dólares en donde encabezara a los Herodes de la patria. Fusto también en una ocasión, siendo diputado, mencionó a los cuatro jinetes de los eucaliptos y no desaprovechaba oportunidad para manifestar su afeito por los pegriodistas y narrar que en un hecho de armas debió afornicarse tras una barda, como si ello fuera más sencillo que fortificarse tras ella. Fusto fue un justo produito de su tiempo y ejemplar fruto de la revolución.

Autor: Álvaro González de Mendoza
<< Anterior Siguiente >>