El siglo que nos obligó a crecer

Pelo en la oreja

Recuerda el escritor Adolfo Martínez López que en 1932, en el barrio de La Perla –su barrio–, al oriente del parque Morelos, existieron memorables personajes, como doña Juana La Velera que fabricaba velas de cebo y parafina; o Ramón El Cerillero, del que dice Martínez que era “flaco y alto, como carrizo pitayero”, que pagaba cinco centavos a los niños (incluido al narrador de la historia) por la peligrosa tarea de hacer cerillos mojando las puntas de los pabilos en una mezcla de fósforo. La Tiznada era la mujer que atendía La Negrita, la carbonería del barrio; ella originalmente tenía la piel “más blanca que un plátano pelado”, pero se fue quedando tiznada con el oficio. Existieron también Los Mocos, un padre y dos hijos, los peluqueros de la calle Pablo Valdés, y dice el citado cronista que cuando los clientes se quejaban de las arrugas, El Moco mayor recitaba a tono: “la cana y la arruga dejan la duda, pero el pelo en la oreja ni duda deja”. Los Mocos tocaban el violín, la guitarra y la mandolina, y eran el centro de atención en las fiestas del barrio.

Autor: Angélica Íñiguez
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