El siglo que nos obligó a crecer

De cómo el Dr. R. Michel llegó a tener su calle

El tapatío promedio es un ser común y corriente, por lo tanto tiene la intención más o menos encubierta de pasar a la inmortalidad o de que su nombre se recuerde siempre. Normal. Una de las fórmulas aparentemente más efectivas de entrar en la memoria colectiva es lograr que se su nombre y apellido sea nombre de calle; inmortalidad garantizada aunque luego se olviden los méritos del sujeto. La ciudad compacta, antes de convertirse en millonaria en habitantes, parecía no tener problemas para la nomenclatura callejera echando mano de héroes y próceres locales o nacionales. ¿Próceres locales? Los médicos Michel y Aranda del Toro tenían su consultorio por Juárez, entre Galeana y Ocampo. Su especialidad: curar las llamadas enfermedades “vergonzosas” con un sistema consistente en lavados del tracto urinario a base de una fórmula que en la actualidad sería causa de demandas. Era el año de 1930 y la penicilina milagrosa aún no llegaba al valle. Entre la clientela de los médicos estuvo el presidente municipal en turno. Agradecido por curarlo de lo que seguramente era una gonorrea, y con aquel sistema a base de yoduro de plata, tomó una decisión que seguro no fue consultada con el cabildo previa exposición de motivos: ponerle a una recién abierta calle adyacente al recién inaugurado estadio municipal el nombre de uno de los médicos, el Dr. R(oberto) Michel. ¿Prócer? ¡Gonorrea!

Autor: Álvaro González de Mendoza
<< Anterior Siguiente >>