El siglo que nos obligó a crecer

Juan Soriano, artista

Juan Francisco Rodríguez Montoya, mejor conocido como Juan Soriano, nació en Guadalajara en agosto de 1920. Chucho Reyes fue su mentor. De él recibió sus “primeras lecciones de belleza” y el entusiasmo por el arte popular. Lola Álvarez Bravo y María lzquierdo le sugirieron en 1935, después de su primera exposición, que cambiara Guadalajara (“esa pequeña niña que no quiere crecer” según Barragán) por la ciudad de México. Así abandonó Guadalajara, como antes lo hicieron Juan Rulfo, Luis Barragán y el mismo Chucho Reyes. Muchos años después Soriano confesaría: “Salí a los quince años de Guadalajara, y, qué cosa más rara y curiosa, siento que los pocos años que viví allá fueron los más importantes, los más definitivos y los que constantemente me sirven de parámetro para medir la vida y los demás lugares que he visitado”. Alguna vez declaró que su obra poco tenía que ver con la historia del arte y todo que ver con lo que había vivido, es decir, con su vida cotidiana y con la gente con quien tuvo la suerte de vivir. Al Mozart de la pintura mexicana, como se conoció a Juan Soriano, le tocó desempeñar el papel de niño terrible de la pintura mexicana: contradictorio, provocador y polémico. Fue, sin embargo, un artista de una gran imaginación visual y de un gran refinamiento. Logró producir –en palabras de Carlos Monsiváis– un “arte de extrema y complejísima sencillez… la armonía que convoca a la variedad de estados de ánimo el color que aspira a ser en sí mismo una cosmogonía”.

Autor: Sergio Ortiz
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