El siglo que nos obligó a crecer

El arzobispo Francisco Orozco y Jiménez

Francisco Orozco y Jiménez (1864-1936) fue, sin duda, el personaje central de las fricciones que desembocaron en el choque frontal entre la iglesia católica y el estado mexicano, en los primeros decenios del siglo XX. Había sido obispo de Chiapas, en donde promovió diversas e importantes obras a favor de los indios. En 1912 fue nombrado arzobispo de Guadalajara – ciudad que era un bastión del Partido Católico Nacional– y durante 23 conflictivos años dirigió esa arquidiócesis. Su actuación aún genera polémica. Mientras sus críticos lo consideraron intolerante, reaccionario, opositor a los avances de la Revolución Mexicana y el principal instigador de las protestas que derivaron en la guerra cristera, para la Iglesia católica fue un pastor que enfrentó con valentía los embates anticlericales de las autoridades y un promotor de las libertades religiosas. La llegada al poder de los dirigentes revolucionarios marcó el inicio de los conflictos con la arquidiócesis. En 1914 se vio obligado a salir del país debido a la postura anticlerical del ejército constitucionalista. A partir de entonces, Orozco y Jiménez fue perseguido, encarcelado y desterrado –hasta en cinco ocasiones– por el nuevo poder revolucionario. Buena parte de su arzobispado la pasó fuera de Guadalajara o escondido de la represión policíaca. Inicialmente no aprobaba la lucha armada, pero posteriormente se convenció de que no había alternativa. Regresaba con los suyos disfrazándose de jardinero, vendedor ambulante, arriero o campesino y se ocultaba en barrancas y serranías; hay quienes afirmaron haberlo visto cabalgando, durante la guerra de 1926-29, con sus ropajes de obispo, con rifle al viento, capitaneando gavillas de cristeros. Para llegar a los arreglos del 29 de junio de 1929 que pondrían fin al conflicto, el presidente Portes Gil puso como condición para negociar con la jerarquía eclesiástica que Orozco saliera expulsado del país. Posteriormente, comentó con amargura: “¿Para eso me llamaron a la ciudad de México? Yo hubiera podido seguir en mi escondite. El destierro es peor que la muerte”. A su regreso fue apresado en 1932 acusado de sedición, desterrándose de nuevo hasta 1934. Por defender sus creencias, un cardenal en Roma llegó a comentar: “Orozco es más cardenal que nosotros”. Murió el 18 de febrero de 1936; su sepelio fue uno de los más concurridos en Guadalajara.

Autor: Adolfo Ochoa
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