El siglo que nos obligó a crecer

Campos aéreos

Lo que ahora son simplemente aeropuertos comenzaron llamándose “campos aéreos” para servir a la incipiente aviación al filo de los años veinte del siglo XIX. Los primeros aviones que sobrevolaron el valle de Atemajac llegaron desarmados y por ferrocarril en gira de exhibición. Un aviador de apellido Garrôs y dos “aviatrices” –como las denominaron en su tiempo–, una Miss Quinby y otra Madame Moissant, vinieron para permitir que los atónitos tapatíos vieran esas máquinas que eran capaces de ¡volar! Fue habilitado como pista un terreno adjunto a la hacienda de El Rosario, al oriente de la ciudad y que estaba al paso del tren. Posteriormente, al ser incorporada la aviación como arma militar (dicen que cuando a Obregón se le informó de la posibilidad de utilizar aeroplanos para la lucha militar señaló: “servirán sólo para asustar pendejos… –luego añadió– ¡entonces van a ser muy útiles!”), y cuando ya la aviación demostró su múltiple funcionalidad, se construyó un primitivo campo aéreo en los terrenos de dicha hacienda y en lo que hoy se conoce eufemísticamente como La Nogalera. Durante más de un par de décadas fue el campo de aviación, incluso con graderías para ver las maniobras. Concluida la segunda guerra mundial y al filo de los cincuenta, los visionarios políticos tapatíos eligieron el nebuloso Valle de las Ánimas, camino a Chapala, donde aún hoy está el Aeropuerto Internacional de Guadalajara, cuya hechura nunca concluye.

Autor: Álvaro González de Mendoza
<< Anterior Siguiente >>