El siglo que nos obligó a crecer

Ya merito

En 1924 se inició el servicio de transporte urbano de camiones en la ciudad, con lo que se fueron desplazando a los tranvías eléctricos que venían laborando eficientemente desde décadas atrás. Eran éstos unos camioncitos que echaban vapor por el tapón del radiador y en su interior tenían dos largas bancas bastante incómodas, una a cada lado del vehículo, que tendrían 20 o 25 centímetros de ancho para el asiento, y unos 15 para el respaldo. La entrada y salida era por la parte de atrás donde colgaba un estribo; allí iba de pie el cobrador que, además de cobrar el pasaje, indicaba las paradas del servicio dando gritos o utilizando un timbre en algunas ocasiones. Otro de los deberes –y el más peculiar– de este cobrador era ayudar a los pasajeros a bajar del camión, sobre todo a las señoras vestidas con el ajuar de aquel entonces, porque las naguas largas en uso les tapaban el estribo que era bastante chico, angosto y que además casi siempre se columpiaba. Por eso, el cobrador las tomaba del brazo y les iba diciendo: “a la derecha… a la izquierda… un poco más atracito… ya mero… allí merito”, hasta que le atinaban.

Autor: Mario Z. Puglisi
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