Época virreinal

Las garitas de la ciudad

La ciudad nació a horcajadas entre una Edad Media caducante y un Renacimiento apenas emergente. La usanza medieval era la de amurallar pueblos o ciudades apenas en simiente (más de nombre que de hecho). Así, aquella primera Guadalajara –la de Nochistlán– fue pensada como ciudad amurallada y la idea caminó hasta el Valle de Atemajac. Si bien la intención no fue cabalmente cumplida, ello no obstó para que la pequeña población tuviera puertas (o sea, garitas; derivado del francés gare: puerta). Y tuvo cuatro, correspondientes a los respectivos puntos cardinales: hacia el Norte, la de Piedras Negras, rumbo al viento barranqueño de Zacatecas; hacia el Sur, la del Tepopote, de cara a Colima; hacia el Poniente, la de Leal, inicio del camino al Nayar, y hacia el Oriente –la más importante de todas–, la de San Pedro, vinculación con la soberbia Mesa Central. Por ésta última, aparte de mercaderías saliendo o entrando a la ciudad, la Historia Nacional transitó copiosamente. Por ese punto pasaron misioneros, aventureros y descubridores encaminados hacia el enorme e incógnito Norte. Por allí llegaron las noticias del Grito de Dolores y, meses después, el propio Hidalgo con sus huestes insurgentes; por ella entró un Juárez perseguido a la ciudad. Puertas de control que tuvo una ciudad compacta, a través de las cuales se vinculó con el más allá geográfico de los caminos reales –incipiente red carretera de antaño.

Autor: Álvaro González de Mendoza
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