El siglo que nos obligó a crecer

Muere Don Ferruco

Era mudo, y fue personaje de entresiglos: del XIX al XX. En una Guadalajara dimensionada en una escala mucho más humana, desempeñaba con toda propiedad el papel de “bobo del pueblo”, impensable en una ciudad despersonalizada, masificada y, por ello, incapaz de adoptar con cierto cariño a individuos peculiares. Se sabe que llegó del sur del estado, que nació en Atenquique y creció en Tonila. Que se llamó Alejandro Jazo y que su sordomudez era tara familiar. Que en la hacienda de Santa Cruz, a donde se fue a trabajar, el dueño le regaló un levitón y un sombrero de copa y su atuendo –obsequiado por diversión–, le acomodó tanto que así vestido llegó a la ciudad allá por 1888. ¿A hacer qué? Nada sino a sobrevivir, aprovechando que caía bien, que tenía cierto “don de gentes”, pues no hacía mal a nadie y no se molestaba por causar risas con su estrafalaria vestimenta. Deambulaba por el centro tratando –según él– de conquistar a las mocetonas que le gustaban, y hambres no pasaba pues en restaurantes y cajones del portal no faltaba quién le obsequiara provisiones de boca. Los muchachos ociosos le colgaban monos de papel del levitón bien pasado de moda, y él se defendía a bastonazos y aun los provocaba picándoles con su “elegante” bastón. Murió en 1918 y algún periódico publicó su deceso en la sección de sociales.

Autor: Álvaro González de Mendoza
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