El siglo que nos obligó a crecer

Al aire libre

Mientras el país entero ardía en múltiples batallas revolucionarias, la capital jalisciense vivía una relativa calma provinciana. El ayuntamiento de Guadalajara recibió muchas peticiones y solicitudes en ese período para crear variadas diversiones y atracciones al aire libre: en sus barrios, plazas, jardines, lotes y baldíos. Algunos permisos fueron negados, como las intenciones filarmónicas de algunos artistas del hambre como el viejo músico Velasco. Pese a estas negativas, el ruido de la calle se acentuó poco a poco en la ciudad cuando se concedían licencias a otros giros, como al señor José A. Castañeda para que levantase una carpa en la Plazuela de Jesús; al señor Braulio López para dar funciones de títeres (autómatas) en los barrios de la ciudad. Por su parte, a Rafael Alfaro, para dar algunas funciones cinematográficas en el pueblo de Mezquitán; a Apolonio García para poner un volantín de mano en la calzada Independencia Norte. Y el permiso del establecimiento de un stand de tiro al blanco en el parque Agua Azul se le concedió a Antonio Arzapalo. Todas estas licencias, a cambio de algunos pesos mensuales al municipio. También fueron aprobadas solicitudes para otras numerosas funciones de circo y las carreras de automóviles, motocicletas y bicicletas en el Hipódromo del Rosario. Se llevaban a cabo también novilladas, exhibiciones cinematográficas y espectáculos tipo pastorelas.

Autor: Cecilia López
<< Anterior Siguiente >>