El siglo que nos obligó a crecer

Un tal Jerules

A las famosas serenatas de Guadalajara asistieron siempre personajes singulares de la sociedad tapatía. Uno de los que más se recuerdan fue un tal Jerules que vivía de vender cacahuates garapiñados y otros dulces en la Plaza de Armas y en los Portales. Cuenta Ignacio Villaseñor que Jerules tenía su vivienda frente al sanatorio de la Trinidad. Además de su negocio de ventas en el centro solía participar como arriesgado protagonista en las corridas de toros: parado sobre una silla y sosteniendo un bastón que llegaba hasta el suelo esperaba a media plaza la salida del toro, y ello le valió recibir varias veces buenos golpes y serios revolcones. Después recogía las monedas que el público le tiraba al ruedo, y corría a darle parte de las monedas a una señora amiga suya que siempre prendía una veladora y rezaba por él antes de hacer tales suertes taurinas. Durante la Revolución –tiempo en que entraban a Guadalajara los carrancistas y salían los villistas, luego entraban los villistas y salían los carrancistas–, Jerules siempre estaba en la estación anunciando y clamando porras a los bandos que llegaban. Pero una vez se equivocó al mencionar el bando y alguien le dio un balazo. Así murió el popular Jerules.

Autor: Mario Z. Puglisi
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