El siglo que nos obligó a crecer

La Casa de los Abanicos

Manuel su nombre; sus apellidos, Cuesta Gallardo. De su gallardía podría dudarse, pero no de su porfiriana fortuna. Se dice que el rico terrateniente fue ahijado de Don Porfirio, quien lo nombró gobernador del estado en las postrimerías del régimen. Se vio obligado a renunciar al cargo luego de dar la contundente orden de “disparen al peladaje” para acabar con el furor maderista frente a palacio, y que sólo sirvió para matar manifestantes y acabar con su breve carrera política. Nunca se casó, pero en aquella Guadalajara compacta y pueblerina no pasó desapercibido el hecho de que por órdenes del hacendado Cuesta y enmedio del campo llano, fue edificada una mansión. ¿Para quién aquella enorme casa en tono afrancesado? ¿A quién protegerían aquellas rejas traídas desde Francia, en forma de abanicos? La duda quedó despejada cuando allí se instaló Victoria: doña Victoria, amada amiga de don Manuel –y el bocaboca tapatío dio cuenta de ello. Pero llegó el 1911 y con él, la bola –así la llamó Azuela–, y la fortuna economicopolítica de los Cuesta rodó así: cuestabajo. Pero la fórmula amatoria del “mientras tengas te quiero…” fue quebrantada. Victoria malvendió la casa y dio el dinero a su protector. Bello gesto; bella casa que ha sobrevivido allí por la calle de Libertad con mil usos y transformaciones. Es conocida como la casa de Los Abanicos.

Autor: Álvaro González de Mendoza
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