El siglo que nos obligó a crecer

El servicio postal

A principios del siglo XX, para que las letras llegaran a los ojos deseados, podían pasar meses sin importar cuán corta fuera la distancia. Pese a esto, los carteros pasaban con mucha frecuencia por las calles: tres veces al día. Poco a poco fueron espaciando sus visitas hasta pasar una vez al día. Gritaban: ¡correo! o pitaban con su famoso silbato, y a su paso salían los interesados de su correspondencia. Cuando el ámbito de Guadalajara todavía era reducido, los tapatíos mandaban cartas a otras ciudades o al interior de la misma ciudad sin poner la dirección específica. Solamente se limitaban a escribir el nombre de la persona a la que iba dirigida la carta, con una breve indicación: “domicilio conocido”. Con esta aclaración, el cartero –quien conocía perfectamente a las familias tapatías– hacía llegar las cartas al lugar correspondiente.

Autor: Cecilia López
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