El siglo que nos obligó a crecer

Cácaro

Don José Castañeda tenía en su sala de cine un ayudante cacarizo por haber padecido viruela y él lo llamaba con el apodo de Cácaro. El tal Cácaro era el encargado de dar vueltas a la manivela, pero al paso de los años de girar y girar la palanca de pronto se quedaba dormido, entonces su patrón, que a menudo se ponía al frente para explicar la película o hacer los diálogos y sonidos, le gritaba: “¡Cácaro!” y, según la versión del investigador Guillermo Vaidovits en su libro El cine mudo en Guadalajara, el público comenzó a gritar así ante cualquier falla de la proyección. Con el tiempo, el mote se convirtió en nombre genérico de los técnicos de las salas de cine en todo el país.

Autor: Angélica Íñiguez
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