El siglo que nos obligó a crecer

Pavimento y chapopote

De hecho, pavimentar estrictamente significa “aplanar el suelo”. ¿Con qué, cómo y para qué? Ese es asunto “modal” o de época. Si en 1791, el gobernador Jacobo de Ugarte dispuso el empedramiento –pavimentación– de calles principales de aquella mínima Guadalajara, fue para facilitar el tránsito urbano de carretas y carruajes. De hecho, también, el término chapopote es náhuatl y servía para denominar un producto espeso que misteriosamente afloraba de las profundidades y que se utilizaba aboriginalmente para fines ornamentales y aun rituales. Pero de hecho –vuelta con lo mismo– fue hasta muy avanzado el siglo XIX que el mundo empezó a petrolizarse y que en Nueva Jersey alguien discurrió que esa brea intraterrestre podía servir también para pavimentar vías. De hecho –por último–, el petróleo empezó a movilizar los llamados “auto-móviles”, que mejor circulaban entre más planos los caminos, y al llegar ellos a Guadalajara era preciso facilitar su tránsito. Durante el gobierno del coronel Ahumada, en las proximidades de San Francisco y de la estación de ferrocarriles, maquinaria moderna –una aplanadora de vapor apodada La bicicleta de Ahumada porque el goberenturno era de gran estatura–, inició el trabajo de compactación de las calles para sobre ellas aplicar esa sustancia milenariamente conocida –chapopote, claro, con otros añadidos–, que transformaría gradualmente la configuración del valle, pavimentándolo y permitiendo el inicio de la aplanante cultura automotriz.

Autor: Álvaro González de Mendoza
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