El siglo que nos obligó a crecer

El último gobernador porfirista

Como a muchos de su tiempo, la carrera militar le permitió ascender y salir del anonimato pueblerino. Un carpintero oriundo de Colima (1844) se alistó para luchar contra los franceses a las órdenes de Ramón Corona e iniciar así su participación en la política nacional. Quien en 1880 fuera síndico del ayuntamiento de Colima, en 1892 ya era gobernador de Chihuahua. Las obras que realizó para la capital y el estado le merecieron que fuera nombrado benemérito de Chihuahua en reconocimiento a su desempeño. Incluso la polka Jesusita en Chihuahua fue compuesta en honor de su esposa. En 1903, Don Porfirio lo hizo gobernador de Jalisco, cargo en el que permaneció hasta 1911. El coronel Miguel Ahumada, ese es su nombre, cambió decisivamente el rostro de Guadalajara. Él inició la pavimentación de las calles de la ciudad; siguiendo la moda de la época, ordenó a la fundición D’Orsay en París la hechura del kiosco de la Plaza de Armas, en el cual atrevidamente y sin sostén unas cariátides sostienen su techumbre. Bajo su mandato se inició el embovedado del río San Juan de Dios y con motivo de las fiestas del centenario ordenó la realización de lo que quizá sea el grupo escultórico más bello, aunque desestimado, que adorna la ciudad: el Monumento de la Independencia que dio nombre a la calzada.

Autor: Álvaro González de Mendoza
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