Inicia la modernidad

De relojes

Eso de que los relojes llegaran a ser objeto de uso personal no fue posible sino hasta bien avanzado el siglo XIX. En cambio la necesidad de saber la hora del día en que se vive data del momento en que el humano cobró conciencia del tiempo. Así, durante al menos dos coloniales siglos, Guadalajara rigió sus compases con la complicidad del sol y con la menor que mayor precisión de relojes que marcaban la sombra horaria. Ejemplos: los que se encuentran en Palacio de Gobierno y en el Museo del Estado. Pero la tecnología europea que encontró fórmulas mecánicas para la cronometría –las pesas y la cuerda liberadora gradual de engranes– llegó al valle y permitió la instalación de relojes públicos precisos. La ciudad recibió en el siglo XVIII un real regalo: un reloj del propio rey Carlos IV que fue instalado con su carrillón de campanas vociferantes de la hora –día y noche– en la fachada de Catedral. En 1884, el gobernador Tolentino inauguró el reloj de Palacio que sigue con su pública función. Que en 1914 los villistas hayan tratado de “asesinarlo”, es cuento de otra trivia.

Autor: Álvaro González de Mendoza
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