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Cursi y romántico

¿Romántico? ¿Será alguien que tiende hacia el quijotismo, lo sensiblero y lo pasional por no decir lo impráctico? Que en el siglo XIX el tal romanticismo fuera una tendencia literaria, eso es propio de todo un tratado que no de la intención de mostrar a un poeta coahuilense –clasificado como romántico–, cuyos versos son cursis y bastante malos. Alguien que logró encumbrarse luego de meterse por propia mano en el cajón, por despecho. Rosario no le hizo caso. Y cómo le iba a ser caso la muy coqueta si él le escribió nocturnalmente aquello de “… yo siempre satisfecho, los dos una sola alma, los dos un solo pecho, y enmedio de nosotros mi madre como un dios…”. Vaya proyecto amatorio… Aquel estudiante de medicina emigrado de Coahuila a la capital, autor del “necesito decirte que te adoro, decirte que te quiero con todo el corazón; que es mucho lo que sufro, que es mucho lo que lloro, que ya no puedo tanto... al grito que te imploro…”. Vaya chillón. Por cierto a su amada Rosario le importó un cacahuate que su enamorado se suicidara. Sus amigos entronizaron su cursi mediocridad, alabaron su valentía de empinarse el cianuro, a tal punto que… ¿Sabes dónde está la llamada Casa Jalisco, la del goberenturno? Sí, por la calle que lleva su nombre, Manuel Acuña (Saltillo, Coahuila 1849-1873). ¿Méritos? Su cursilería, ensalsada por la crítica. ¿Criticar a la crítica? Impensable.

Autor: Álvaro González de Mendoza
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