Inicios independentistas

Penitenciaría de Escobedo

Hay dos tipos de ciudadanos que –vaya redundancia– las ciudades difícilmente encuentran dónde ubicar: los que fallecen y los que se pasan de vivos. Así, panteones y cárceles son discrecionalmente colocados en sitios remotos al casco urbano. Que con el paso del tiempo esos sitios sean alcanzados por la urbanización es problema aparte. En el siglo XIX, el arruinado y extenso convento del Carmen cumplía con ese requisito: quedaba lo suficientemente alejado del centro como para que sus terrenos fueran ocupados por una prisión. El entonces gobernador Escobedo (José Antonio y originario de Etzatlán, y no Mariano, el que derrotara a Maximiliano en Querétaro) procedió a construir, en mayo de 1845, una moderna penitenciaría apegada en su hechura al más depurado estilo de época. Por donde hoy transita apretadamente la antes holgada avenida Juárez y donde se encuentra un parque con revolucionario nombre, estaba la fachada o entrada a la cárcel que era una calca del mismísimo teatro Degollado. En tono neoclásico puro y con su columnata y pórtico fabricados de cantera, la elegancia del pórtico –diseñado por el arquitecto español José Ramón Cuevas– disfrazaba su lúgubre interior carcelario, herméticamente cerrado por murallas que corrían por lo que son las calles de Pedro Moreno y López Cotilla y hasta Tolsa (así, sin acento). Pero la ciudad llegó hasta la penitenciaría de Escobedo, la envolvió, y en 1933 fue demolida. De nuevo, los que se pasaron de vivos estorbaban.

Autor: Álvaro González de Mendoza
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