Inicios independentistas

Castigos severos para los escolares

El antiguo proverbio que reza: “la letra con sangre entra” lo vivíeron en carne propia los alumnos de diversos colegios en Guadalajara. Desde 1835 algunos reglamentos escritos dan cuenta de los suplicios que sufrían los escolapios cuando cometían alguna falta. Los alumnos pasaban humillaciones públicas o emprendían tareas pesadas para enmendar su bullicio en clases o su materia reprobada o sus faltas a la moral. Por ejemplo se les colgaba al cuello letreros de “hablador” o “desaseado”. También los hacían sostener montones de libros pesados con los brazos abiertos. En ocasiones los “mal portados” eran detenidos y encerrados después de horas de trabajo, con la aprobación previa de los papás. En 1837, dado que eran insuficientes los fondos las escuelas para atender la demanda escolar, se recurrió a los conventos para que contribuyeran a ese fin y, por consecuencia, las monjas dictaron también más medidas disciplinarias. Con el apoyo de Manuel López Cotilla, se propuso prohibir los castigos establecidos en el original reglamento, como los múltiples azotes del cuerpo. A raíz de esto, sólo se permitirían dos azotes por día.

Autor: Cecilia López
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