Inicios independentistas

El camposanto de la capirotada

La epidemia de cólera en el año de 1833 fue una amarga experiencia para la capital de Jalisco. Para sepultar a la gran mayoría de los afectados por el cólera –gente extremadamente pobre que no tenía con qué pagar a la Iglesia su entierro–, se abrió una fosa común en lo que muchos años después sería el panteón de Belén, contiguo al Hospital de San Miguel de Belén. Dicha fosa fue conocida por la población –según testimonio de un contemporáneo– como “el camposanto de los coléricos” o “de la capirotada”, porque en una zanja profunda se colocaban los cadáveres poniendo una capa o línea de muertos y otra de tierra, hasta llenar el zanjón. Se ordenó también que los muertos fueran enterrados a más tardar diez horas después de su fallecimiento… A partir de ese hecho trágico, existió una voluntad común entre los tapatíos para aplicar medidas sanitarias más higiénicas en el manejo del agua, las heces y todos los desechos. Se propuso, entre otras cosas, construir caños en medio de las calles para que el agua de lluvia saliera de las casas y no permaneciera estancada.

Autor: Adolfo Ochoa
<< Anterior Siguiente >>