Los inicios

Santiago mataindios

Para los españoles, los indígenas eran una bola de supersticiosos que hacían ritos a dioses inexistentes, hablaban con montañas humeantes (volcanes), sacrificaban a seres humanos o, como se constató en la expedición de Nuño de Guzmán, alucinaban la caída de serpientes del cielo en símbolo de la desgracia por venir. Pero los mismos peninsulares no se quedaban atrás en sus imaginaciones. Particularmente, ya en ciertas batallas que libró Hernán Cortés años antes, había aparecido la imagen del apóstol Santiago interviniendo al lado de los españoles. Y cuando se avanzaba en la conquista de la Nueva Galicia, los hispanos también obtuvieron los favores de la celestial espada de un “Santiago mataindios” al menos en tres ocasiones: en la batalla de Tetlán (1530), cuando la ciudad provisionalmente estuvo en Tonalá (1532) y en Tlacotlán (o Tlacotán) en 1535. En desventaja para la doctrina del amor al prójimo, el apóstol utilizó su brazo poderoso y su espada centelleante contra más de sesenta mil habitantes primigenios de estas tierras. Los sobrevivientes tuvieron que erigir templos en honor de su vencedor, bautizarse y renunciar a ingerir aquello que los hacía imaginar cosas extrañas que descendían del cielo, porque su nueva deidad, el dios de los españoles, no lo aceptaba en sus mandamientos.

Autor: Mario Z. Puglisi
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