Trivias de inicio

José Antonio El Amo Torres Águilas y Manila Mariano Otero

José Antonio Torres, nacido en un poblado de San Pedro Piedra Gorda (hoy Manuel Doblado), era un mestizo de origen humilde que, con el tiempo, llegó a administrar una hacienda. Se le conocía con el sobrenombre de El Amo, ya que conducía con benevolencia a sus numerosos peones. En 1810 se enteró del movimiento independentista y se presentó ante Hidalgo, de quien recibió instrucciones para insurreccionar la Nueva Galicia. Después de vencer al ejército realista en la importante batalla de Zacoalco (hoy Zacoalco de Torres), se apoderó pacíficamente de Guadalajara y posteriormente se la entregó a Hidalgo. Después de la derrota en Puente de Calderón, marchó hasta Saltillo con los insurgentes y regresó para seguir combatiendo. Sufrió varios reveses más, en los que perdió importante cantidad de armamento.

El 4 de abril de 1812 fue nuevamente derrotado, esta vez por Antonio López Merino, quien lo remitió a Zamora, donde se encontraba el jefe realista Pedro Celestino Negrete. Éste lo amarró a una carreta y lo condujo a Guadalajara, a donde llegó el 12 de mayo. Se le juzgó sumariamente y se le ahorcó el 23 de mayo de 1812 en la Plaza Venegas (Mercado Corona) y luego, su cadáver fue descuartizado. Como escarmiento a los insurrectos, su cabeza fue exhibida en la misma Plaza, donde permaneció durante cuarenta días. Con los mismos propósitos de escarmiento, su brazo derecho fue enviado a Zacoalco, el izquierdo a la garita de Mexicaltzingo; la pierna derecha a la de San Pedro y la izquierda a la del Carmen.

Cuando en 1957 se inauguró desde Guadalajara la carretera hacia el sur de Jalisco, la ocasión también fue aprovechada para ponerle un portón a la ciudad, tan simbólico como hipotético. Las optimistas previsiones de época hacían suponer que en su crecimiento Guadalajara no traspondría aquel rancho lejano y sureño llamado La Calma y el sitio pareció ideal para poner allí dos aguilones monumentales en tono de grandeza nacional. Pero las águilas de cantera también servirían para rendir homenaje a ciertos precursores de la mexicanidad, de talla excepcional, que en el siglo XVI realizaron una hazaña desafiante de lo imposible. La vía hacia la costa fue bautizada como “Camino a Manila” por el hecho –olvidado republicanamente– de que, obedeciendo instrucciones reales –del Rey–, el fraile navegante Andrés de Urdaneta junto con Francisco López de Legaspi debían pasar por allí hacia la Barra de la Navidad para iniciar la colonización de las Filipinas y para aventurarse en la llamada “Tornavuelta”. Luego de construir sus navíos en la barra, se embarcaron de cara al sol poniente para llegar –paradójicamente– al lejano oriente europeo. Una vez fundada la villa de San Miguel de Manila lograron, gracias a la intuición científica de Urdaneta, volver a las costas jaliscienses aprovechando la corriente de Malarrimo, pues los vientos predominantes en el Pacífico hacían imposible el retorno con los velámenes de los barcos.

“El pueblo mexicano es un pueblo afeminado y una raza degenerada que no ha sabido gobernarse ni defenderse”, “no puede darse a los mexicanos peor castigo que el que se gobiernen por sí solos”. Estas fueron algunas de las palabras amargas y furiosas del abogado tapatío Mariano Otero en 1842, con apenas 25 años de edad, en su ensayo: Sobre el verdadero estado de la cuestión social y política que se agita en la Republica Mexicana, como una triste descripción –así llamada por él– de un país arruinado económica, moral y políticamente. Licenciado precoz –se tituló a los 18 años– y dotado orador, Otero analizó y anticipó la agresión de Estados Unidos hacia nuestro país y, siendo diputado, se opuso a lograr la paz mediante los tratados de Guadalupe-Hidalgo con los que México perdió en 1848 la mitad de su territorio. En minoría política propuso, con fundamento en sus ideas liberales, que México fuese una “república popular, representativa y federal”. Coparticipó en la creación del juicio de amparo como protección a los ciudadanos frente a los abusos de poder, juicios que aún se mantiene en la actualidad. Como si el sentimiento que le envenenaba el alma lo persiguiera, murió de cólera a los treinta y tres años, en 1850.

Adolfo Ochoa Álvaro González de Mendoza Nuria Blanchart
Las calles Vulcanismo latente Los tapatíos y el calor

Como en toda población de la extensa república, los nombres de las calles de Guadalajara han estado sujetos a los vaivenes de la política. A principios del siglo XX, la ciudad presentaba algunas avenidas, calles y callejones, con nombres tan diversos que muchos de ellos parecían ingenuos o tomados de hechos curiosos. Los nombres se registraban en placas de ladrillo elaboradas en San Pedro Tlaquepaque, y se podía leer: la Acequia, el Oso, la Joya, los Gachupines, Polvorilla, Rastrillo, Chocolate, Olas Altas, el Encanto, etcétera. Por los barrios de Mexicaltzingo, Analco, el Santuario y la Capilla de Jesús, el transeúnte se encontraba con callejones cuyos nombres podían ser: el Cuerno, Agua Escondida, la Compañía, la Mala Hora, el Molino, los Pericos, la Nalgada, Salsipuedes, las Ventanitas, etcétera. Después del triunfo de la revolución maderista de 1910, se procedió a cambiar los nombres para dar un reconocimiento a personajes o hechos de la historia nacional. Así, la calle de San Francisco fue luego avenida 16 de Septiembre; la del Santuario, avenida Pedro Loza; la del Carmen, avenida Juárez; la del Palacio, avenida Corona, la de Santa Teresa, calle Morelos; el Paseo Porfirio Díaz, Calzada Independencia; las Capuchinas, Contreras Medellín; la Borrasca, Dionisio Rodríguez; la del Tequesquite, avenida Libertad, y así otras. Esta costumbre permanece y en nuestros días hemos presenciado el mismo fenómeno: otras calles han visto borrar sus nombres y adquirir nueva personalidad con los de hombres ilustres o hechos trascendentales para la comunidad tapatía.

El bosque La Primavera se llama así debido a que en él se encuentra una fábrica tequilera con ese nombre. Ancestralmente se le llamaba Huiluxtepec, que en náhuatl significa Cerro de la huilota (paloma). También se le conoció como Arroyo Hondo. Durante siglos proveyó a Guadalajara de madera y carbón. En el siglo veinte se talaron grandes extensiones para favorecer la siembra de caña, lo que mermó sus recursos madereros. Tiene una superficie de 36,229 hectáreas. Sus aguas termales son de origen volcánico. Se trata de un área de vulcanismo atenuado, donde también se encuentra el volcán Tequila. Las cenizas volcánicas o jales (xalli en náhuatl) son precisamente el origen de la palabra Jalisco. Estas jales de granulometría arenosa favorecen la infiltración de agua a profundidad, y su cuenca hidrológica tiene una superficie de 150,000 hectáreas, donde se asientan 114 localidades. El volcán del Colli en las inmediaciones de Guadalajara se originó hace 140,000 años. Una cámara magmática a 6,500 metros de profundidad pudiera hacer erupción nuevamente.

La piel de los tapatíos no tiene memoria. Cada año olvida los sudores, quemaduras, escalofríos y chapuzones de los años anteriores. No suele recordar en qué año sintió más calor que en el que transcurre, aunque en ese entonces, como en tantos veranos, casi no hay viento ni humedad. Olvida también que, históricamente, enero es el mes más frío, abril el más seco, julio y septiembre son los más húmedos y mayo el más caliente. Llegan a afirmar “en ningún otro año había hecho tanto calor como ahora”. Sin embargo, 1998 fue uno de los años de menor porcentaje de humedad, además de haber sido –meteorológicamente hablando– un año poco usual, debido a cambios climáticos provocados por el fenómeno cíclico conocido como El Niño. La sensación subjetiva de calor o frío depende: de la temperatura del aire y de la superficie terrestre, que configuran el entorno físico; de la humedad relativa del aire, factor que condiciona la evaporación; y del movimiento del aire, que influye en la pérdida de calor del cuerpo. Pero la piel de los tapatíos no aguanta mucho. Según estudios, el bienestar térmico que permite desarrollar sin dificultad ni molestia cualquier actividad, es una temperatura de 22 grados centígrados, una humedad de 45 por ciento y una velocidad de viento de 2 a 4 kilómetros por segundo.

Hugo Torres Salazar Nuria Blanchart Adolfo Ochoa
Tranvías a Tlaquepaque Luis Barragán, premio Pritzker Descubrimiento geológico en Ameca

El 24 de febrero de 1875 el gobernador Ignacio Luis Vallarta clavó el primer riel de la línea férrea de tranvías de tracción animal a San Pedro Tlaquepaque, primera vía de este género que hubo aquí. Este significativo acto tuvo lugar en el punto de partida, que fue la esquina noreste de la Penitenciaría de Escobedo, por la calle de Loreto (hoy Pedro Moreno). Cuatro días después, se dio por terminado el período constitucional del ilustre gobernante, reconociéndosele una brillante administración mientras encabezó el gobierno estatal.

Ganó el premio Pritzker de arquitectura, expuso en el Museo de Arte Moderno en Nueva York, expuso también su obra en el museo Tamayo, recibió el premio nacional de Ciencias y Artes y también fue acreedor del Premio Jalisco. Fundó junto con Ignacio Díaz Morales, Rafael Urzúa y Pedro Castellanos, el grupo tapatío de arte arquitectónico. Luis Barragán, destacado artista tapatío reconocido internacionalmente, nació el 9 de marzo de 1902. Las haciendas, el mundo rural y las tradiciones populares formaron parte de su infancia, la cual vivió en los escenarios de la Sierra del Tigre, en Corrales, un poblado cercano a Mazamitla. Imágenes tradicionales, simples y de paisajes verdes, fueron elementos de importante influencia en toda su obra. Él y su hermano participaron en el concurso Parque de la Revolución, el cual ganaron y construyeron en 1936. En Guadalajara también diseñó las colonias Seatle, Jardines del Bosque, así como remodelaciones de residencias –Pavo y Madero, en el centro histórico–, llenas de silencios encontrados –recreaciones físicas del pensamiento de su autor. En la Ciudad de México proyectó el fraccionamiento Jardines del Pedregal de San Ángel y la Plaza Torres de Satélite, entre otras obras. Falleció el 22 de noviembre de 1988 en Tacubaya. Sus restos descansan en el panteón de Mezquitán.

En 1875, el rico hacendado don Ignacio Cañedo mandó perforar un pozo profundo en la hacienda El Cabezón, en Ameca, en busca de agua. Para realizar la perforación artesiana contrató al ingeniero Juan Ignacio Matute, quien mostró una colección de rocas extraídas en diversas profundidades al investigador Mariano Bárcena –a la postre gobernador del estado–. Después de los 55 metros de profundidad, encontraron grandes depósitos de arcillas compactas que hicieron penosa la perforación; y al llegar a los 268, una de las barrenas se atascó y no fue posible sacarla. Al analizar el registro de material extraído, la sorpresa fue grande: contenía pirita, lo que les hizo sospechar que se había cortado una veta metalífera. También se encontraron restos de animales qué sólo habitan en los mares salados, como un crustáceo capaz de enrollarse en forma de esfera, de la familia de los spheronianos. Este descubrimiento le permitió a Bárcena asegurar que los sedimentos que forman el valle que está a 1,200 metros sobre el nivel del mar, en la lejana época del cretácico, estaban en el fondo de un océano primitivo. El sabio cubano José Martí elogió el estudio geológico de Bárcena en la Revista Universal.

Hugo Torres Salazar Mariana V. Gómez Adolfo Ochoa

Triviario tapatío segunda edición

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