Trivias de inicio

Esculturas de Nueva York La Muestra de Cine Mexicano Pancho Villa en Guadalajara

De las Cuatro Estaciones –esculturas de estilo clásico griego que adornan la Plaza de Armas–, sólo hay una –El otoño– que lleva una placa indicando su origen: “J. Fiske. 2628 Park place, New York”. La primavera, El verano y El invierno no exhiben ningún sello. Eso ha hecho suponer a la investigadora Magdalena González Casillas, autora del libro Guadalajara. Sus monumentos (1981), dos cosas: que el cuarteto fue pedido por catálogo a la ciudad estadounidense y que El otoño, de torso desnudo y en actitud pensativa, es la única escultura original, pues la falta de las correspondientes plaquitas de bronce de las otras tres le hace pensar que fueron mandadas a rehacer. La voz de cierto sector del pueblo dice, sin embargo, que la esposa de uno de los ex gobernantes se llevó las originales a su casa y las cambió por réplicas en bronce que ella misma mandó a hacer.

El director de cine Jaime Humberto Hermosillo y el crítico e investigador Emilio García Riera vivían y trabajaban en Guadalajara cuando decidieron que era el momento propicio de crear un festival de cine en “provincia” –donde la gente del Distrito Federal creía que no pasaba nada. Eran tiempos difíciles para la industria fílmica, o mejor dicho, no había tal, pues el estado mexicano se había retirado de la producción cinematográfica a finales de los años setenta. Hermosillo y García Riera buscaron y encontraron apoyo en la Universidad de Guadalajara y en 1986 nació la Muestra de Cine Mexicano en Guadalajara. Se dieron 35 funciones en el Instituto Cultural Cabañas y el Museo Regional; se exhibieron siete de las 12 películas que Hermosillo había realizado hasta entonces, así como El día que murió Pedro Infante (1983), de Claudio Isaac y el cortomtraje de Guillermo del Toro: Doña Lupe, por citar algunas. Cuentan que para los invitados internacionales –en particular para el conocido crítico Robin Wood–, el cine mexicano resultó sorprendente.

El 14 de febrero de 1915 hizo su entrada triunfal el general Francisco Villa a Guadalajara, a caballo, acompañado de su Estado Mayor, con bandas de música a la cabeza, y en medio del ensordecedor ruido que el clero le prodigó, con las campanas de los templos echadas a vuelo por tan importante acontecimiento. Luego ocupó el balcón central de Palacio, para decir, desde allí a los tapatíos que llenaron la Plaza de Armas: “Vivimos un momento grave, creado por las ambiciones de varios políticos”. También les informó que el general Julián Medina sería el gobernador, mientras él se dirigía a proseguir su campaña. Esa fue la primera y última vez que los tapatíos vieron y escucharon al general Villa. Éste consiguió, además, un importante préstamo que impuso al comercio y a sus ricos propietarios, a quienes convenció a su modo. Sólo dos horas permaneció Villa en la ciudad, durante las cuales reclutó gente, con la ayuda del clero, para engrosar sus filas. Luego se dirigió al sur del estado, donde su lugarteniente Fierro había sido derrotado. Diversos trenes fueron cargados de heridos villistas, para conducirlos a los hoteles Fénix, García y otros, por ser insuficientes los hospitales de Guadalajara.

Angélica Íñiguez Angélica Íñiguez Adolfo Ochoa
Calandrias Club Loyola Del náhuatl al castellano

Estos coches de alquiler o carretelas con capota plegable que nacieron a principios del siglo XX fueron bautizados ingeniosamente por la gente como calandrias por la semejanza de sus colores con la vistosa ave, ya que un regidor tuvo la ocurrencia de pintarlas de negro y con las ruedas amarillas. En los años veinte, las calandrias se clasificaban con banderas verdes y azules. Las de bandera verde eran las más baratas, las que solía utilizar el pueblo para transportar todo tipo de cargas como costales de fruta o verdura. En cambio, los de bandera azul eran elegantes, con vidrios biselados grabados, con lujosos flecos colgando del toldo, sus farolas de bronce y sus caballos de pelaje reluciente, dirigidos siempre por un caballero uniformado y bien educado que llevaba a los tapatíos a los bailes o a ver una buena ópera al Teatro Degollado. A pesar de que nuestras calandrias han perdido su vieja personalidad –el garbo y señorío que tuvieron cuando el medio de transporte en carruajes de alquiler era de gran gala para llegar a grandes eventos–, aún siguen siendo útiles para recorrer las calles y llevar a los turistas por agradables paseos en Guadalajara.

Pocas personas que transitan frente al Centro Magno, imaginan que su suelo está labrado sobre la historia de un club deportivo en los años sesenta concurrido principalmente por las familias de los alumnos de los colegios jesuitas: Instituto de Ciencias, Unión e ITESO. Dos piscinas habitaban el club: una rectangular a la vista de todos, para hombres; y otra redonda, rodeada de bardas que impedían observar el nado de las mujeres. Poco servían los obstáculos de concreto, pues las miradas curiosas de los hombres saltaban a la alberca femenina desde el trampolín y desde la cima de las bardas. Las misas de los sábados –con el toque original de las canciones de la Misa Hosana– del jesuita Carlos Bravo, retumbaban con las voces del coro a los alrededores. Típico de los domingos era la función de cine cuyas cintas no inquietaban a los padres de familia, puesto que las escenas “impropias” eran tapadas a la hora de proyectarlas y sólo se oían los abucheos de los jóvenes indignados ante tal censura. Sede de las vacaciones del verano, las canchas de básquet se convertían en pistas de patinaje por las que corrían un sinfín de ruedas chocando interesadamente.

Durante gran parte del siglo XVIII en el seminario de Guadalajara se estudiaba obligatoriamente el náhuatl. Esto era para impulsar el entendimiento entre los religiosos que venían de España y los nativos del continente. Como vestigio del extenso estudio de estas lenguas quedan las obras de cinco literatos de ese siglo, todos tapatíos, que se adentraron en el campo de la lingüística y dejaron importantes textos que aún sirven para el conocimiento de las lenguas de toda la nación. Gerónimo Tomás Cortés Zedeño publicó Vocabulario y confesionario en el idioma mexicano como se usa en el Obispado de Guadalajara, y Nicolás Mercado elaboró Arte de la lengua mexicana según el dialecto que usan los indios de la costa sur de Sinaloa. El jesuita Juan Francisco Iragorri escribió el Vocabulario y dialectos mexicanos; José de Arteaga, también jesuita, redactó su Doctrina cristiana, oraciones, confesionario, arte y vocabulario de la lengua cora. Y Pedro Álvarez Cantón, en su destierro en Italia, escribió un Diccionario castellano y latino y un Léxico castellano–francés, además de haber sido el primer traductor de un Via crucis del italiano al español.

Cecilia López Cecilia López Mario Z. Puglisi
Los trabajos del agua Seminaristas traviesos Escultura cívica y arte urbano

En el año de 1600, el gobernador Santiago de Vera ordenó al ingeniero Martín Casillas las obras para hacer llegar el agua de los veneros de los Colomos, en Zapopan, a la fuente de la Plaza de Armas. Después de hacer sus cálculos, Martín Casillas opinó que el agua entraría a la Plaza Mayor a “una vara y cinco dedos más abajo de su piso”. La obra se inició equivocadamente bordeando el entonces pueblo de Mezquitán hasta la parte posterior del Convento de Santo Domingo. Después de este fracaso hidráulico, la población de Guadalajara carecería del vital líquido hasta 1740, año en que las obras dirigidas por fray Pedro Buzeta surtieron a las fuentes principales de la ciudad.

Don Pedro Espinosa y Dávalos fue rector del Seminario (1834-1852) y obispo . De su gestión como rector, se conoce la siguiente anécdota. Había una limosnera llamada Martina Mendiola que solía pedir ayuda afuera del Seminario. Los seminaristas, quienes gustaban jugar bromas, le dieron un escrito, haciéndole creer que con él recibiría del rector Espinosa un importante remedio a sus males. Distrajeron al portero, para que ella ingresara al claustro hasta tocar a la puerta de la mismísima celda del rector. El señor Espinosa se extrañó de la visita, mas venciendo su extrañeza preguntó a la mujer qué se le ofrecía. Martina por toda contestación le entregó el papel escrito en los siguientes términos: “Doña Martina Mendiola Suplica a su señoría Que le dé su compañía por no poder vivir sola.” El señor Espinosa comprendió que se trataba de una broma y escribió la contestación, entregando el papel a la analfabeta. Los seminaristas, a la espera de reacciones, leyeron lo que el sabio había anotado: “Contesta su señoría a la señora Mendiola que quiere una compañía por no poder vivir sola. Que vaya a la Portería y de aquellos estudiantes, elija su compañía o quede sola, como antes.”

En los últimos años, en Guadalajara se oye hablar de arte urbano, pero su definición es imprecisa o, por lo menos, no es de conocimiento generalizado. Si a una escultura que ha permanecido en cualquier interior se le encuentra sitio en la calle, ¿por ese simple hecho es arte urbano? José Luis Meza Inda, coordinador de El Tapatío Cultural, suplemento del periódico El Informador, afirmó que “en Guadalajara hay escaso arte urbano, hay mucha escultura cívica, conmemorativa y patriótica; Guadalajara está llena de monumentos conmemorativos, pero intentos de arte urbano hay muy pocos desgraciadamente”. Esa escultura cívica de la que habla está integrada por bustos de personajes, figuras de los niños héroes, de los hombres ilustres y la Beatriz Hernández cofundadora de La Perla. Meza Inda asegura que “aquí en Guadalajara se podrían contar con los dedos de las manos” los intentos de arte urbano. Y menciona: La fuente olímpica, de Estanislao Contretas; La pareja, de Oliver Seguin en el ingreso del Teatro Experimental de Jalisco; El pájaro (amarillo) de Mathias Goeritz y los trabajos de Fernando González Gortázar. Luego vienen las intervenciones a piezas de arte y monumentos, como el graffiti y los chicles pegados, pero ese es tema de otra trivia.

Mario Z. Puglisi Adolfo Ochoa Angélica Íñiguez

Triviario tapatío segunda edición

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