Trivias de inicio

Arrieros La ciudad del siglo XIX La Marcha fúnebre de Chopin

La arriería quedó formalmente instalada desde el siglo XVI, y conforme crecía la actividad comercial se consolidó en todo el país. La profesión de los arrieros requería de hombres valientes, honrados, con conocimientos de los animales de carga y de la naturaleza –para calcular las horas por la sombra del sol o por la posición de las estrellas. En 1796 apareció un reglamento para la arriería emitido por el Consulado de Guadalajara para acreditar su actividad en promover el bien común del comercio. En dicho documento se establecían plazos fijos de entrega de mercancías transportadas a lomo de mula, así como también armas y perros para la defensa del cargamento en caso de asalto. La arriería fue desplazada con el paso de los años conforme fueron apareciendo otros medios de transporte como el ferrocarril, los automóviles y la bicicleta; pero en los primeros años del siglo XX todavía era cotidiano ver entrar a los famosos arrieros en Guadalajara “transportando parte de las mercaderías que, viniendo de fuera, eran consumidas por los tapatíos a lo largo de la semana”.

A principios del siglo XIX, Guadalajara estaba rodeada de huertas y su población aproximadamente era de treinta y cinco mil habitantes. El centro lo formaba la Plaza de Armas o Principal, que tenía en su mitad una gran fuente de cantera, con cinco escalones en su base y un saliente de tres varas y media en el centro. La plaza estaba circundada por pequeños arbustos; y en cada uno de sus ángulos, postes con faroles de hojalata y vidrios blancos. Al lado norte quedaba la catedral con sus dos torres cuadrangulares y chatas; de este mismo templo destacaban hacia su lado oriente los miradores del cabildo eclesiástico, con su arquería y balconería que daban vista a la plaza. Al oriente se levantaba el Real Palacio, todo de cantera y hierro, que había sido concluido en 1780. Al poniente y al sur había dos hileras de portales con casas de dos pisos, ocupando el inferior tiendas de variadas mercancías y el superior habitaciones lujosas que reflejaban el éxito económico de sus propietarios.

Durante el mes de marzo de 1881, se presentó la ocasión oportuna para interpretar por primera vez la hoy famosa Marcha fúnebre, de Chopin, en un espacio público. La pieza del romántico polaco se tocó durante las solemnes honras fúnebres que la sociedad tapatía realizó con gran estima a la madre superiora sor Ignacia Osés, quien alguna vez tuvo a su cargo a las cuarenta religiosas de San Vicente de Paul, comúnmente llamadas las Hermanas de la Caridad y que durante muchos años tuvieron la administración del Hospicio Cabañas, el Hospital de Belén y el Colegio de Niñas de San Felipe. La orden había sido expulsada por disposición del decreto del Congreso de 1875.

Cecilia López Hugo Torres Salazar Mario Z. Puglisi
El Lucifer El birote Cácaro

En la calle de Maestranza, exactamente en los altos del famosísimo Panchos, pionero de los bares gay de Guadalajara, se encontraba en la década de los setenta un antro llamado Lucifer. Era la época de escasez de lugares donde los jóvenes pudieran escuchar rock en vivo y este lugar les ofrecía cada domingo la posibilidad. Grupos de Guadalajara, del Distrito Federal y de otros lugares, tocaban en esta versión tapatía de los llamados hoyos fonquis capitalinos: un galerón sin salidas de emergencia, donde hacía un calor impresionante y donde la gente se apretujaba para escuchar altos decibeles. Nada amedrentaba a los jóvenes que todas las semanas escuchaban atentos los promocionales que emitía la radio a través de la estación Canal 58 y que comenzaban siempre con el grito de un locutor que decía: “Lucifer…Proyecta!!!”.

El birote, también conocido como bolillo salado, no se elabora en ninguna otra parte del mundo más que en la Perla Tapatía, debido a la altitud, temperatura, humedad, presión atmosférica y clima de Guadalajara. Se dice que durante la Conquista fue elaborada la primera versión del birote. La que conocemos en nuestros días fue diseñada por panaderos franceses con apellido Birot. Estos panaderos arribaron a la ciudad en la primera mitad del siglo XIX. El fleiman, sin sal, es el birote original, y el salado fue una variante que surgió en la primera parte del siglo XX, al que se agregó salsa de tomate y picante por dentro y después por fuera para inventar las primeras tortas ahogadas.

Don José Castañeda tenía en su sala de cine un ayudante cacarizo por haber padecido viruela y él lo llamaba con el apodo de Cácaro. El tal Cácaro era el encargado de dar vueltas a la manivela, pero al paso de los años de girar y girar la palanca de pronto se quedaba dormido, entonces su patrón, que a menudo se ponía al frente para explicar la película o hacer los diálogos y sonidos, le gritaba: “¡Cácaro!” y, según la versión del investigador Guillermo Vaidovits en su libro El cine mudo en Guadalajara, el público comenzó a gritar así ante cualquier falla de la proyección. Con el tiempo, el mote se convirtió en nombre genérico de los técnicos de las salas de cine en todo el país.

Alfredo Sánchez Cecilia López Angélica Íñiguez
Origen del Clásico Chivas-América Ars Antiqua y su mecenas Águilas y Manila

Según Héctor Roberto Hernández, el clásico futbolístico entre las Chivas del Guadalajara y las Águilas (antes Cremas) del América, se originó por un comentario burlesco. El 12 de noviembre de 1959, el América, jugando de visitante en Guadalajara, había derrotado de manera consecutiva al Oro, al Atlas y a las Chivas por iguales marcadores de dos a cero (al último quitándole lo invicto). El entrenador de los cremas, Fernando Marcos, públicamente hizo el comentario: “América no viene a Guadalajara a ganar, eso es rutina. Nosotros venimos para cambiarle el número de su teléfono de larga distancia. Así es que ya lo saben mis amigos: cada que quieran llamar a Guadalajara marquen dos cero, dos cero, dos cero o el 20-20-20. Cortesía del América.” Naturalmente el comentario no cayó en gracia a los sensibles tapatíos y esperaron con encono el partido de vuelta en la capital para tomar revancha. Allá, en el estadio de Ciudad Universitaria, las Chivas ganaron dos a uno. Había nacido el clásico nacional.

A la mitad de los ochenta, el grupo de música medieval y renacentista dirigido por Eduardo Arámbula, Ars Antiqua, ofreció un concierto en el Museo Regional de Guadalajara. Al final se acercó un personaje y, dirigiéndose al director, preguntó: “¿Y no tienen discos?”. “No”, respondió Arámbula. “¿Y por qué no?”. “Porque no tenemos dinero para grabar uno”. El personaje extendió una tarjeta y, sin más trámite, dijo: “Váyame a ver”. Se trataba de Oscar García Manzano, industrial zapatero que años después se hizo famoso por el proyecto de Las Cien Manzanas, la célebre y fallida remodelación de la zona de las Nueve Esquinas. También se habló mucho de él más adelante, cuando trabajó en la administración municipal panista. Eduardo lo buscó, lo visitó en su casa del Club de Golf Santa Anita junto con los demás integrantes del grupo, quienes escucharon un sermón en el que el empresario insistía en que él nunca regalaba nada, pero al final salieron con la promesa de financiamiento para el ansiado primer disco. El proyecto finalmente se cristalizó bajo el nombre de Cantos y Danzas de la Edad Media y el Renacimiento. Hasta donde se sabe, ahí terminó la carrera de mecenas musical del empresario.

Cuando en 1957 se inauguró desde Guadalajara la carretera hacia el sur de Jalisco, la ocasión también fue aprovechada para ponerle un portón a la ciudad, tan simbólico como hipotético. Las optimistas previsiones de época hacían suponer que en su crecimiento Guadalajara no traspondría aquel rancho lejano y sureño llamado La Calma y el sitio pareció ideal para poner allí dos aguilones monumentales en tono de grandeza nacional. Pero las águilas de cantera también servirían para rendir homenaje a ciertos precursores de la mexicanidad, de talla excepcional, que en el siglo XVI realizaron una hazaña desafiante de lo imposible. La vía hacia la costa fue bautizada como “Camino a Manila” por el hecho –olvidado republicanamente– de que, obedeciendo instrucciones reales –del Rey–, el fraile navegante Andrés de Urdaneta junto con Francisco López de Legaspi debían pasar por allí hacia la Barra de la Navidad para iniciar la colonización de las Filipinas y para aventurarse en la llamada “Tornavuelta”. Luego de construir sus navíos en la barra, se embarcaron de cara al sol poniente para llegar –paradójicamente– al lejano oriente europeo. Una vez fundada la villa de San Miguel de Manila lograron, gracias a la intuición científica de Urdaneta, volver a las costas jaliscienses aprovechando la corriente de Malarrimo, pues los vientos predominantes en el Pacífico hacían imposible el retorno con los velámenes de los barcos.

Marco Antonio Martínez Negrete Alfredo Sánchez Álvaro González de Mendoza

Triviario tapatío segunda edición

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Costo: $350.00 pesos.