Trivias de inicio

Don Pífano el librero ¿Cuál Guadalajara? Pancho Villa en Guadalajara

En 1932 la revista Arte de Guadalajara publicó un artículo acerca de las librerías de la ciudad. Habló en particular del puesto de Don Pífano –que era como los compradores de libros y revistas conocían a Epifanio Díaz–, que con su changarro en el mercado de San Diego llegó a ser figura legendaria. Arte decía que el de Don Pífano era el único sitio, además de la librería de Don Fortino (el también legendario librero Fortino Jaime), en donde se podían comprar buenos libros en la Perla Tapatía, en el entonces corriente año de 1932. El artículo mencionaba que ya Don Pífano se quejaba de su vejez y recordaba constantemente tiempos idos, en que los estudiantes le dejaban empeñados sus libros. Un día Don Pífano fue a la capital a fin de adquirir y traer novedades bibliográficas para sus clientes, y no regresó del viaje pues allá murió. La revista Artes señalaba que Don Pífano, como todo buen parroquiano, era aficionado al dominó, a las damas, ajedrecista y un gran lector y conversador

En un arranque de sentido del humor arquitectónico, cuando se destruyó la garita de San Pedro, al lado poniente de la plaza que ocupó su lugar se colocaron unos arquitos canteros al más puro y cursi estilo ‘colonial mexicano’. Bonito e inútil adorno, pero lo que sorprende más es que al arquitecto renovador se le ocurriera que allí quedara inscrito un simpático aviso: “Guadalajara la de Jalisco”, según se puede leer en el lugar (justo en los arcos de la Plaza de la Bandera). ¿El motivo de la inscripción? Tal vez sea, y por esos misterios que sólo los arquitectos conocen, el de ubicar a algún despistado que descubriese el letrero de que aquí se trata de la Guadalajara del valle de Atemajac, y no la de España o la del valle del Cauca en Colombia. ¿Hay otra? Sí, la Guadalajara de Buga (bugas eran los habitantes aborígenes procedentes del Caribe que se adentraron por los ríos colombianos) y recibió ese nombre en su tercera fundación –en 1559–, hecha por Rodrigo Díez de Fuenmayor. Aquélla –como la de Jalisco– también fue trashumante, si bien tuvo diversas denominaciones entre 1550 y 1573 cuando logró su asiento definitivo (Buga la Vieja, Nueva Jerez de los Caballeros, Nuestra Señora de la Victoria de Buga) hasta prevalecer con su nombre actual: Guadalajara de Buga, y no la de Jalisco como dice el absurdo señalamiento inscrito en perfecta tipografía románica allí en esos cursis arquitos.

El 14 de febrero de 1915 hizo su entrada triunfal el general Francisco Villa a Guadalajara, a caballo, acompañado de su Estado Mayor, con bandas de música a la cabeza, y en medio del ensordecedor ruido que el clero le prodigó, con las campanas de los templos echadas a vuelo por tan importante acontecimiento. Luego ocupó el balcón central de Palacio, para decir, desde allí a los tapatíos que llenaron la Plaza de Armas: “Vivimos un momento grave, creado por las ambiciones de varios políticos”. También les informó que el general Julián Medina sería el gobernador, mientras él se dirigía a proseguir su campaña. Esa fue la primera y última vez que los tapatíos vieron y escucharon al general Villa. Éste consiguió, además, un importante préstamo que impuso al comercio y a sus ricos propietarios, a quienes convenció a su modo. Sólo dos horas permaneció Villa en la ciudad, durante las cuales reclutó gente, con la ayuda del clero, para engrosar sus filas. Luego se dirigió al sur del estado, donde su lugarteniente Fierro había sido derrotado. Diversos trenes fueron cargados de heridos villistas, para conducirlos a los hoteles Fénix, García y otros, por ser insuficientes los hospitales de Guadalajara.

Angélica Íñiguez Álvaro González de Mendoza Adolfo Ochoa
Pelícanos borregones Los zapatistas, el jarabe tapatío de Ana Pavlova y la muerte del catrín José de Jesús Martínez Antes de la electricidad

Al igual que las mariposas Monarca que llegan por millones desde Canadá a algunos bosques del estado de Michoacán, también el lago de Chapala es el refugio invernal de miles de pelícanos, que la gente con buen tino ha llamado “borregones” por su resplandeciente color blanco. Se los ve principalmente en la isla de Petatán –al interior del lago– y en los lugares de la ribera donde se pesca tilapia, carpa o charal. Los pelícanos comen charal al natural o los restos que los pescadores les dejan luego de procesar la carne de los peces más grandes. Si se quiere apreciar la belleza de estas magníficas aves y descubrir de dónde vienen algunos de los sabrosos bisteces de pescado y los ricos charales capeados que se consumen en Guadalajara y otras ciudades de Jalisco, hay que tomar la carretera que va a Jiquilpan y salir a la izquierda, unos cuantos kilómetros antes de Tizapán el Alto. Ahí se podrá disfrutar de la elegancia del nado y vuelo de los pelícanos en invierno, platicar con los pescadores sobre la historia del pueblo, renovar las esperanzas de que el lago está aún vivo y reflexionar si vale la pena, quizá, promover el lago de Chapala como santuario del pelícano borregón.

El 9 de mayo de 1916 los zapatistas liberaron de la existencia al músico jalisciense José de Jesús Martínez, compositor del vals Tristes jardines y de los arreglos de El abandonado y de El jarabe tapatío o Jarabe nacional. ¿Su culpa? Vestirse como un señorito director de banda musical. El tren en el que se dirigía a Cuernavaca fue interceptado y él confundido con un militar. Dicen que fue su arreglo al Jarabe tapatío, zapateado por las hermanas Pérez Caro, el que escuchó la bailarina rusa Ana Pavlova, y que después ésta habría esparcido por el mundo de puntitas.

Antes de que la luz eléctrica iluminara las calles de Guadalajara, el sistema de iluminación pública era a base de cazoletas de barro llenas de sebo en el que se empapaba un trapo a guisa de mecha para que ardiera durante la noche en las cornisas y salientes de las casas. A las nueve de la noche, las calles lucían tenebrosamente oscuras puesto que los mecheros de petróleo que ardían eran simples puntos de referencia que apenas iluminaban los alrededores. Cuando obscurecía, recuerda López Portillo y Weber, “un atrabancado, incansable y paciente mozo recorría las cornisas con grave peligro de su vida, haciendo sentadillas y encendiendo las cazoletas con una antorcha que llevaba al efecto”.

Marco Antonio Martínez Negrete Antonio García Medina Cecilia López
María Grever, compositora Los Monstruos Japoneses tapatíos

Esta prolífica compositora recibió una educación musical clásica. Fue alumna, entre otros, de Claude Debussy. No fue en Europa sino en Nueva York, sin embargo, que su destino quedó sellado. Ahí se encontró con el tenor jalisciense José Mojica, quien grabó su canción Júrame, con la cual empezó a darse a conocer como compositora. Fue autora de más de 800 canciones, y musicalizó películas para los estudios de Hollywood. Supo que su música ya era propiedad del mundo cuando al llegar a Moscú escuchó a lo lejos un violín callejero tocando Lamento gitano, de su autoría. Probó fortuna en la industria de la enseñanza de idiomas con su método Aprenda Usted español por medio de la música. Tenía por mascota a un chivo salvaje. De madre tapatía y padre sevillano, es probable que María Joaquina de la Portilla Torres Palomera, alias María Grever, haya sido concebida en el rancho Los Horcones, municipio de Unión de San Antonio, Jalisco. Lamentablemente no hubo testigos.

Un grupo de chicos, estudiantes todos, allá por 1960, se habían bautizado como Los Thunders y se dedicaba a tocar covers –imitaciones– instrumentales de grupos como Los Shadows y Los Ventures. Eran tapatíos, excepto uno: Luis Licea, Luisillo, quien venía de Tijuana. Los cuatro comenzaron a tocar en los casinos El Colmenar y El Castillo en San Miguel de Mezquitán y también en el bar Pacos II. Como a veces sucedía, un representante de discos TIP (Talento Interpretativo de Provincia) los escuchó y los invitó a grabar un disco. Luisillo, a su vez, invitó a un amigo suyo, un tal Polo, excelente vocalista que dejó Tijuana para grabar ese disco. Polo era extravagante, vestía como los Beatles y por ello usaba el pelo largo, imagen que adoptó el resto del grupo. Como las señoras que iban a misa se asustaban al verlos, Leopoldo Murillo, Polo, decidió cambiar de nombre a la agrupación, que desde entonces (1964) se llamaría Los Monstruos. El historiador del rock local, Miguel Torres Zermeño, dice que “era muy común ver a señoras camino a la iglesia que se encontraban con él y se persignaban, como si hubieran visto al mismito diablo”.

Entre 1624 y 1642 había en Guadalajara cuatro, a lo mucho cinco, japoneses que dejaron huella de su existencia y por lo menos dos de ellos desarrollaron intensa actividad empresarial y destacaron en la sociedad tapatía –incluso uno fue sepultado en la catedral. En los registros se mencionan a los japoneses de la siguiente forma: “Un Japón que está en el dicho pueblo (Guadalajara) que habrá cuatro años que se bautizó”; la segunda persona está registrada como Juan Antón “de nación Japón” que compró la libertad de un negrillo por cien pesos haciendo de padrino; el tercero aparece en un documento o carta de compañía que firma un mercader de Guadalajara con Luis de Encío “de nación Japón”; otro documento lo firma Juan de Páez “de Japón”, como uno de los acreedores; y existe, finalmente, una partida de defunción de un Agustín López de Cruz “de nación Japón”, que deja como albacea de su testamento al mencionado Luis de Encío –cuyo nombre japonés era Fukuchi Soemon… Este grupo de japoneses se incorporaron a la sociedad tapatía del siglo XVII con una gran capacidad de adaptación.

Antonio García Medina Angélica Íñiguez Nuria Blanchart

Triviario tapatío segunda edición

De venta en librerias Gonvill. Entregas a domicilio enviando email a: envios@tediumvitae.com

Costo: $350.00 pesos.