Trivias de inicio

Por fin, agua para la ciudad San Cristobalazo y San Cristobalito Procesiones de Semana Santa

El agua de aromas y los perfumes hacían su labor en la limpieza corporal y el aseo personal de “la gente acomodada” debido a la ausencia del agua en la ciudad de Guadalajara. Muchos esfuerzos quedaron en intento para traer el preciado líquido a los tapatíos. Uno de ellos fracasó en 1600, cuando el gobernador Santiago de Vera encargó la tarea a Martín Casillas. Casi siglo y medio después, el 19 de noviembre de 1731, fue iniciada una nueva obra encomendada al fraile lego franciscano Pedro Buzeta, la cual también fue suspendida por sus resultados fallidos. Finalmente, el mismo Buzeta –quien ya había hecho exitosamente las obras hidráulicas del puerto de Veracruz– estudió concienzudamente todos los datos para concluir que los manantiales procedentes del Cerro del Colli tendrían un nivel superior, por lo que procedió a la apertura de tres series de pozos que convergieran a un centro, comunicándolo por cañerías, lo cual hizo que el agua brotara a borbotones en la fuente de la Plaza Mayor ante al gran júbilo de la población tapatía, el 13 de junio de 1740. Buzeta llevó agua también a las fuentes de Aranzazú, Santo Domingo, la Universidad, San Agustín, el Santuario, Jesús María, la Caja de Agua (Independencia y Juan N. Cumplido) y la fuente de San Felipe.

En la calle de Santa Mónica esquina con Reforma, existe desde hace más de doscientos años una colosal escultura de San Cristóbal. Antaño, cuando las mujeres anhelaban tener marido, le rezaban a este santo en palabras aumentativas y en términos de admiración las siguientes cuartetas: “San Cristobalazo patazas grandazas, manazas fierazas, ¿cuándo me casas?” Posteriormente, si la mujer llegaba al matrimonio por la supuesta intercesión del santo y no lograba la anhelada felicidad sino, por el contrario, era maltratada por el marido, entonces regresaba con San Cristóbal, y ahora le rezaba con cálidos diminutivos en las siguientes cuartetas: “San Cristobalito, patitas chiquitas, manitas bonitas, ¿cuándo me lo quitas?” Sin lugar a dudas, las circunstancias siguen siendo las mismas; o en todo caso, como afirmaba el sabio Salomón: “¿Qué es lo que fue? Lo mismo que será. ¿Qué es lo que se ha hecho? Lo mismo que se hará; y nada hay nuevo bajo el sol” (Eclesiastés 1:9).

La procesión del Corpus era la más antigua que se llevaba a cabo durante la Semana Santa; además, era muy solemne y recorría varias calles del centro de la ciudad de Guadalajara. Concurrían a ella las autoridades civiles y eclesiásticas, varias comunidades religiosas, el clero secular, las cofradías y hermandades así como el claustro de doctores de la universidad y las tropas de la guarnición. La historia tapatía recuerda la procesión del año 1561 en que surgió un incidente donde se pelearon los corregidores con los de la Audiencia, ya que ambos se sentían con la autoridad suficiente y el derecho divino para llevar el palio. La procesión del Santo Entierro se llevaba a cabo la noche del Viernes Santo a la que concurrían cofrades con túnicas y escapularios con sus rostros cubiertos y sus pies descalzos. Llevaban las imágenes de Jesucristo difunto y de Nuestra Señora de la Soledad. Anteriormente salían de la catedral hacia varios templos, pero después partían del santuario de Nuestra Señora de la Soledad a la iglesia de Santa María de Gracia, donde permanecían las imágenes hasta el domingo del Buen Pastor. La última procesión fue en 1866.

Cecilia López Adolfo Ochoa Cecilia López
Nosotros somos los marranos La llegada del obispo Alcalde La tele tardía

A cierto colectivo ecologista de Guadalajara se le ocurrió la idea de hacer un festival musical para difundir sus actividades y crear conciencia sobre los problemas ambientales de Jalisco. Entre los artistas invitados se incluyó al compositor Paco Padilla, al inclasificable músico Arturo Cipriano –quien andaba entonces animándose a radicar en Tlaquepaque–, y al naciente grupo El Personal. Cuando los miembros de esta desparpajada agrupación recibieron la invitación para presentarse, su vocalista y principal compositor Julio Haro propuso hacer algo distinto, por ejemplo, una nueva canción, una canción ecologista… o mejor: una canción antiecologista. Celebrada la ocurrencia, comenzaron a escribir la que sería una de sus rolas emblemáticas: Nosotros somos los marranos, un retrato jocoso de nuestros malos hábitos en materia ambiental a ritmo de reggae guapachoso, en la que se incluían frases como: “…hay que ponernos Odorono para acabar con el ozono…”, o aquella otra: “…hay que acabar con el ambiente para que vean lo que se siente…”. El estreno de la canción fue, efectivamente, en ese festival, celebrado en el Teatro Experimental de Jalisco en el mes de septiembre de 1988, ante las risas y probablemente los gestos desaprobatorios de algunos militantes ecologistas que acudieron al local.

Una vez que se asignaba obispo a las diferentes diócesis, cada pueblo con su feligresía y sus autoridades eclesiásticas y civiles se preparaba para recibir a su alto dignatario. El señor Alcalde sucedió en el arzobispado de Guadalajara al señor Rodríguez Rivas de Velasco, y para dar tiempo a los preparativos que se organizaban en su honor, el nuevo obispo decidió pernoctar en el pueblo de San Pedro Tlaquepaque, donde descansaría unos días. Desde allí implantó el sello particular que lo caracterizaría durante todo el ejercicio de su investidura religiosa, pues ordenó que no se hiciesen en su recibimiento fastuosos gastos que consideraba impropiamente distraídos de las rentas de la Iglesia, sino que se redujeran a los mil pesos que ya habían sido fijados para dicha recepción. En su traslado fue acompañado de carruajes y tropas de caballería, con los jinetes espada en mano hasta la plazuela de la capilla de San Antonio. De ahí partiría una brillante y ricamente ataviada procesión hasta el portal de San Agustín, donde el señor Alcalde, además de recibir una solemne bienvenida, se revestiría con la indumentaria pontifical dirigiéndose hacia la catedral donde todos darían gracias a Dios por la feliz llegada de su pastor. Fue el día 12 de diciembre de 1772.

No podía haber sido de otra forma y antes de que la tierra se aplanara gracias a la globalización. Diez años tomó cubrir una distancia que en línea recta no llega a 500 kilómetros; enorme la brecha entre Chapultepec 18 y Alemania esquina con Tolsa (sin acento, por favor). “Telesistema Mexicano” se llamaba entonces, y Guadalajara al filo de los años sesenta ya estaba enterada de ese prodigio tecnológico llamado televisión y cuyo telesistema aún no alcanzaba al valle de Atemajac. Falsas expectativas, el “ya mero” y dizque videntes tapatíos pescando ondas lejanas generadas incluso en Cuba con aparatos repletos de bulbos. Nada; no llegaban imágenes directamente. Pero al filo de 1960 empezó a ser levantado con toda discreción un mástil, antena, en la frontera de la colonia Moderna y sin previo anuncio comenzaron las transmisiones de prueba. Un llamado “patrón de ajuste” aparecía en negro y blanco (¿por qué se dice siempre “blanco y negro”?) y estacionario durante horas con música de fondo. Después aquella extraña figura –una cruz con ribetes y tonos de grises– fue sustituida por series de vaqueros dobladas al español. No hubo inauguración formal, pero el bocaboca urbano notificó el hecho: la televisión apareció en la ciudad. Bienvenido el chicle para el cerebro.

Alfredo Sánchez Hugo Torres Salazar Álvaro González de Mendoza
Rock en el Auditorio del Estado La Cámara de Comercio Fábrica de velas de estearina

Hacia mediados de los setenta la satanización del rock, a consecuencia del muy reciente festival de Avándaro, había provocado en Guadalajara un ayuno que se rompía muy esporádicamente.

Y sin embargo, de pronto aparecían, quién sabe cómo, carteles que anunciaban conciertos en el entonces llamado Auditorio del Estado (hoy Benito Juárez). Al menos tres conciertos internacionales de aquellas épocas se recuerdan: uno de la folclorista norteamericana Joan Baez, sobreviviente del movimiento hippie, quien se presentó aquí sin más armas que su guitarra y su voz. “Sing Dylan!”, le gritaba un grupo de jóvenes gringas que habían llegado a Guadalajara escoltando a sus maridos estudiantes de medicina, y Baez las complacía con aquella de “Don´t Think Twice, It´s Allright”. Otro día llegó Santana, quien tocó los temas de su disco Abraxas y los oídos tenían que adivinar por la pésima acústica del lugar. Y también apareció, ya muy venido a menos, el grupo inglés Procol Harum, de quien todos conocían la famosa Pálida Sombra y, si acaso, otra que se llamaba en español Conquistador. Tiempo después, al Auditorio –construído por el célebre arquitecto Julio de la Peña– se le cayó el techo; y más adelante, nuevamente techado pero conservando su misma acústica infame, se convirtió en la sede de las famosas y muy tapatías Fiestas de Octubre.

En 1888 los comerciantes tapatíos se reunían para hacer vida social –y uno que otro negocio– en el Círculo Mercantil: una especie de club que funcionaba por la calle de San Francisco, a una cuadra de la Plaza de Armas. Entre copa y copa, y entre sopa y sopa, los hombres de negocios más prominentes de Guadalajara comentaban el acontecimiento de actualidad: la llegada del ferrocarril a la capital de Jalisco. En el propio Círculo Mercantil, los empresarios tapatíos dieron forma y fondo a la Cámara de Comercio, fundada el 20 de junio del mismo 1888. Así las cosas, don Juan Somellera fue el primer presidente de una cámara inicial de 37 fundadores, quienes pensaron además en la necesidad de un órgano informativo. Así, el 7 de abril de 1889 nació el periódico El Mercurio Occidental, de corta vida debido a diferencias de criterio con su director Manuel Caballero, quien tenía un estilo animoso de hacer periodismo y una actitud firme en defensa de la libertad de expresión. Se elaboró entonces un nuevo boletín, el cual nació el 18 de agosto de 1889 bajo el nombre de Gaceta Mercantil, y su primer redactor, administrador y director fue el licenciado Tomás V. Gómez, gramático de reconocida capacidad.

En el gobierno de Porfirio Díaz se facilitó no sólo la entrada de capitales extranjeros al país, sino también la entrada de maquinaria para las nuevas industrias –siempre y cuando llenaran los requisitos que el ejecutivo estatal exigiera. El gobierno de Jalisco, mediante la Ley de Hacienda de 1896, concedió exenciones de impuestos –entre otras facilidades– a fin de que dichas industrias impulsaran el florecimiento del estado en materia económica, comercial e industrial. Los señores Parcels y Fox, de nacionalidad estadounidense, decidieron establecerse en Guadalajara en junio de 1898, con la primera fábrica de velas de estearina, substancia consistente en una fórmula de éster esteárico de la glicerina. Como el país sufría entonces una gran escasez y altos precios de los combustibles, el permiso de la fábrica se concedió gracias a que introdujo maquinaria, consistente en una caldera de vapor con capacidad de diez caballos de potencia.

Alfredo Sánchez Adolfo Ochoa Adolfo Ochoa

Triviario tapatío segunda edición

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