Trivias de inicio

Cácaro El mercado de San Juan de Dios Avitia: El Padre Eterno

Don José Castañeda tenía en su sala de cine un ayudante cacarizo por haber padecido viruela y él lo llamaba con el apodo de Cácaro. El tal Cácaro era el encargado de dar vueltas a la manivela, pero al paso de los años de girar y girar la palanca de pronto se quedaba dormido, entonces su patrón, que a menudo se ponía al frente para explicar la película o hacer los diálogos y sonidos, le gritaba: “¡Cácaro!” y, según la versión del investigador Guillermo Vaidovits en su libro El cine mudo en Guadalajara, el público comenzó a gritar así ante cualquier falla de la proyección. Con el tiempo, el mote se convirtió en nombre genérico de los técnicos de las salas de cine en todo el país.

San Juan de Dios es mucho más que un mercado. Desde los orígenes de Guadalajara se convirtió en uno de los corazones donde palpita la ciudad y por donde transitan más de diez mil personas cada día. En el mercado, llamado oficialmente Libertad, se puede comprar lo mismo una cabeza de puerco o una yerba medicinal que el último programa de cómputo o un perfume fabricado en París. El tianguis que reunía a los agricultores y artesanos de la región, tomó forma de edificio en 1888. En 1925 se construyó el nuevo local. Para 1957, el arquitecto Alejandro Zohn construyó el nuevo inmueble que tiene 70 puertas, 2,975 locales y 70 bodegas que se extienden sobre una superficie de 44,570 metros cuadrados, lo que lo convirtió en el mercado más grande de América Latina. Los especialistas lo consideran un emblema de la arquitectura regional por el uso de materiales de la zona, la habilitación de patios interiores y el uso del concreto aparente que se despliega en los techos que simulan las lonas del antiguo tianguis. En el diseño original había espacio para guardería, escuela y gimnasio. El exceso de puestos instalados en lugares inadecuados ha propiciado graves daños en la estructura del edificio.

En el antiguo sistema postrevolucionario, los procesos electorales resultaban chatos y aburridos por predecibles. El candidato selecto por y desde el centro, ganaba. Sencillo. ¿Oposición? Simbólica. Cuando se definió en los cincuenta quién sería el sucesor de un literato entonces encumbrado como gobernador, la norma se cumpliría. Pero surgió un candidato independiente y autopostulado al cargo, y la ciudadanía lo recibió con regocijo; con simpática sonrisa. ¿De dónde era originario? Todo apunta a Sinaloa. ¿Quién era? Siempre usando sólo su apellido había alcanzado cierta notoriedad en la urbe: Avitia, individuo vestido de túnica blanca y con larga barba en el mismo tono –no costaba mucho trabajo en aquel tiempo verse distinto y exponerse al ridículo– que pregonaba el vegetarianismo como credo saludable. Inusuales él, su atuendo y sus teorías. ¿Edad? En alguna ocasión y como prueba del vigor de sus creencias, convocó al público a verle clavarse desde la plataforma de diez metros del Atlas Paradero, y decían los anuncios que tenía cien años… Le decían Padre Eterno por su mayestática apariencia y edad publicitaria confesa; andaba en una desvencijada camioneta con equipo de sonido, haciendo campaña política, solicitando votos para ser gobernador, y promoviendo el salvífico vegetarianismo. Avitia con su barba, con su atuendo, su vegetarianismo de avanzada y sus intenciones políticas, quedó en el olvido. Eterno no fue.

Angélica Íñiguez Juan Carlos Núñez Bustillos Álvaro González de Mendoza
De relojes Calandrias Músico monero

Eso de que los relojes llegaran a ser objeto de uso personal no fue posible sino hasta bien avanzado el siglo XIX. En cambio la necesidad de saber la hora del día en que se vive data del momento en que el humano cobró conciencia del tiempo. Así, durante al menos dos coloniales siglos, Guadalajara rigió sus compases con la complicidad del sol y con la menor que mayor precisión de relojes que marcaban la sombra horaria. Ejemplos: los que se encuentran en Palacio de Gobierno y en el Museo del Estado. Pero la tecnología europea que encontró fórmulas mecánicas para la cronometría –las pesas y la cuerda liberadora gradual de engranes– llegó al valle y permitió la instalación de relojes públicos precisos. La ciudad recibió en el siglo XVIII un real regalo: un reloj del propio rey Carlos IV que fue instalado con su carrillón de campanas vociferantes de la hora –día y noche– en la fachada de Catedral. En 1884, el gobernador Tolentino inauguró el reloj de Palacio que sigue con su pública función. Que en 1914 los villistas hayan tratado de “asesinarlo”, es cuento de otra trivia.

Estos coches de alquiler o carretelas con capota plegable que nacieron a principios del siglo XX fueron bautizados ingeniosamente por la gente como calandrias por la semejanza de sus colores con la vistosa ave, ya que un regidor tuvo la ocurrencia de pintarlas de negro y con las ruedas amarillas. En los años veinte, las calandrias se clasificaban con banderas verdes y azules. Las de bandera verde eran las más baratas, las que solía utilizar el pueblo para transportar todo tipo de cargas como costales de fruta o verdura. En cambio, los de bandera azul eran elegantes, con vidrios biselados grabados, con lujosos flecos colgando del toldo, sus farolas de bronce y sus caballos de pelaje reluciente, dirigidos siempre por un caballero uniformado y bien educado que llevaba a los tapatíos a los bailes o a ver una buena ópera al Teatro Degollado. A pesar de que nuestras calandrias han perdido su vieja personalidad –el garbo y señorío que tuvieron cuando el medio de transporte en carruajes de alquiler era de gran gala para llegar a grandes eventos–, aún siguen siendo útiles para recorrer las calles y llevar a los turistas por agradables paseos en Guadalajara.

La revista cultural tapatía Varia incluía en algunos de sus números una historieta en su última página, un poco a la manera del Boogie el Aceitoso de Fontanarrosa, que aparecía siempre al final de la revista Proceso. Pero aquí el personaje era un peculiar compositor italiano de música clásica llamado Sasso Ferutti de quien se retrataban sus cuitas y conflictos existenciales derivados de su ardua labor compositiva. El autor del personaje, joven músico y monero aficionado, firmaba como Esegé, nombre con el que también se le conocía en la vida real. Carlos Sánchez, su nombre verdadero, también moneaba con sus amigos Trino, Jis, Falcón, Reynals y otros que fundaron más adelante la famosa e irreverente revista Galimatías, donde llegó a publicar varias tiras con guiones de Toño Márquez. Con el paso del tiempo, el personaje italiano, en buena medida autobiográfico, desapareció junto con los ímpetus de dibujante de su autor; pero Carlos, ya sin el añadido de Esegé, hizo carrera musical en Estados Unidos componiendo, a la manera de Ferutti, obras sinfónicas y música de cámara.

Álvaro González de Mendoza Cecilia López Alfredo Sánchez
Dionisio Rodríguez: impresor y filántropo El nuevo Teatro Obrero Nosotros somos los marranos

El 1º de mayo de 1877 murió en Guadalajara el señor Dionisio Rodríguez, hombre caritativo y progresista, que editó en su imprenta el famoso Calendario de Rodríguez, así como centenares de libros y títulos importantes. Fue, además, el primer director de la Escuela de Artes y Oficios. Desempeñó cargos públicos –como secretario del ayuntamiento y diputado local–, procurando siempre obras de beneficio social. Su labor filantrópica a favor de la Iglesia católica lo convirtió en un hombre muy estimado por la sociedad tapatía. Cuentan las crónicas que a su sepelio asistieron más de 15 mil personas. La ciudad dio su nombre a la que ahora es calle 9 del Sector Libertad, y que antes se llamó De la Horca y De la Borrasca.

Al final de 1934, el empresario Rafael Guzmán inauguró la Carpa Obrera sobre la calzada Independencia, después de abandonar el jacalón que ocupaba entre Pedro Moreno y Juárez. Pretendió reforzar el elenco de artistas, y además del regreso triunfal de la bella Lulú, se presentó la cancionista Lucha Reyes. Se recuerda también a Elva María, Rayito de Oro; María Coronado, Lupe Sánchez, María Luisa Sortillón, María Rivera, las hermanas Consuelo y Ninfa Traslaviña y otras más. En sus diferentes temporadas, desfilaban cómicos consagrados en teatros de la Ciudad de México y también reconocidos en Guadalajara. Tales fueron las presentaciones de Fidencio Cordero, Bolas de Hilo, Pompín Iglesias, don Chicho, el Güero Rodríguez, Chupamirto, Armando Soto la Marina, Chicote; Rodolfo Chaires y J. Jesús Martínez, Palillo. Sus discursos, además de producir risa y distracción, reflejaban en algunos la situación que existía en los círculos políticos de la época, tanto en Guadalajara como en el país.

A cierto colectivo ecologista de Guadalajara se le ocurrió la idea de hacer un festival musical para difundir sus actividades y crear conciencia sobre los problemas ambientales de Jalisco. Entre los artistas invitados se incluyó al compositor Paco Padilla, al inclasificable músico Arturo Cipriano –quien andaba entonces animándose a radicar en Tlaquepaque–, y al naciente grupo El Personal. Cuando los miembros de esta desparpajada agrupación recibieron la invitación para presentarse, su vocalista y principal compositor Julio Haro propuso hacer algo distinto, por ejemplo, una nueva canción, una canción ecologista… o mejor: una canción antiecologista. Celebrada la ocurrencia, comenzaron a escribir la que sería una de sus rolas emblemáticas: Nosotros somos los marranos, un retrato jocoso de nuestros malos hábitos en materia ambiental a ritmo de reggae guapachoso, en la que se incluían frases como: “…hay que ponernos Odorono para acabar con el ozono…”, o aquella otra: “…hay que acabar con el ambiente para que vean lo que se siente…”. El estreno de la canción fue, efectivamente, en ese festival, celebrado en el Teatro Experimental de Jalisco en el mes de septiembre de 1988, ante las risas y probablemente los gestos desaprobatorios de algunos militantes ecologistas que acudieron al local.

Hugo Torres Salazar Hugo Torres Salazar Alfredo Sánchez

Triviario tapatío segunda edición

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