Trivias de inicio

Tlaquepaque Calzado Canadá Las torres definitivas de la catedral

La villa de Tlaquepaque se liga a la vida de la ciudad como centro de veraneo para los ricos de Guadalajara. Las familias de apellidos reconocidos como: Oyasabal, Henonín, Arana y muchas otras, establecían sus majestuosas y monumentales casas para descansar del bullicio de Guadalajara. En toda una manzana estaba la casa del arzobispo José Garibi Rivera. Las mansiones eran de estilo colonial con puertas de madera enormes. Todas tenían su huerta, su patio central con numerosos corredores que dirigían a las recámaras. La plaza principal lucía sembrada de árboles de fresno, con un kiosco de arcos y cúpula de talavera. A un costado, la parroquia de San Pedro con su fachada barroca construida en el siglo XVII. Por ser considerado uno de los centros de producción alfarera más importante del país (en cerámica y vidrio), la atracción turística aumentaba para adquirir magníficas piezas. El Parián era el punto de reunión de las fiestas donde al son del mariachi servían distintos antojitos.

Salvador López Chávez (San Gabriel, Jalisco, 1915-1976) trabajó en los campos algodoneros de Estados Unidos, y en 1939 regresó a Guadalajara al negocio de sus padres: un taller con seis obreros que producían cinco pares de zapatos por día. Con el dinero ahorrado en Estados Unidos compró maquinaria y en 1940 inauguró la empresa Calzado Canadá con doce empleados fabricando zapatos masculinos. En los cincuenta fue la primera industria en contar con un sistema de cómputo y adaptó el sistema de banda que usaba la industria Ford. La empresa se consolidó como el consorcio zapatero más grande de América Latina gracias a que, desde su inicio, don Salvador personalmente se hizo cargo de la comercialización y añadió actividades complementarias como: huleras, pegamentos, publicidad, ropa para empleados, pieles, etcétera. Asiduo lector de la revista Mecánica Popular, compraba autos en mal estado que él mismo reparaba y, aparte de correrlos, los utilizaba para hacer su publicidad. En 1972, sobre 68 mil quinientos metros cuadrados localizados en Calzada del Ejército y Doctor Michel, inauguró el Jardín Industrial Canadá. Treinta años después, en 2002, la fábrica cerró por falta de recursos.

Las actuales torres de la catedral de Guadalajara son las últimas que han quedado de pie, después de una larga serie de edificaciones que han sufrido el capricho de la naturaleza hasta derrumbarse debido a varios temblores en el transcurso de casi cuatrocientos años. Cinco torres norte y cinco torres sur han existido desde entonces: en tiempos acompañadas entre sí, en ocasiones solitarias, e incluso faltando ambas en ciertos períodos. El 22 de octubre de 1749 se cayó el frente del templo, de 1775 a 1800 la catedral lució una sola torre, en 1806 varias construcciones religiosas sufrieron severos daños –entre ellas la catedral– y el 31 de mayo de 1818 se derrumbaron las dos torres. A mediados del siglo XIX el arquitecto Manuel Gómez Ibarra levantó las que todavía podemos apreciar, construidas de piedra pómez y con un sabio diseño que equilibra sobre su base toda la fuerza que se haga sobre ellas. Se cuenta una anécdota sobre la concepción de dichas torres: cuando el obispo Aranda y Carpinteiro, después de la procesión de Corpus, amortiguaba el calor con pitayas servidas en un platón inglés con una imagen que retrataba las steples (características agujas de los templos anglicanos), se las dio como sugerencia de modelo al arquitecto Gómez Ibarra.

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Procesiones de Semana Santa El mercado de San Juan de Dios Fracaso de línea ferrocarrilera

La procesión del Corpus era la más antigua que se llevaba a cabo durante la Semana Santa; además, era muy solemne y recorría varias calles del centro de la ciudad de Guadalajara. Concurrían a ella las autoridades civiles y eclesiásticas, varias comunidades religiosas, el clero secular, las cofradías y hermandades así como el claustro de doctores de la universidad y las tropas de la guarnición. La historia tapatía recuerda la procesión del año 1561 en que surgió un incidente donde se pelearon los corregidores con los de la Audiencia, ya que ambos se sentían con la autoridad suficiente y el derecho divino para llevar el palio. La procesión del Santo Entierro se llevaba a cabo la noche del Viernes Santo a la que concurrían cofrades con túnicas y escapularios con sus rostros cubiertos y sus pies descalzos. Llevaban las imágenes de Jesucristo difunto y de Nuestra Señora de la Soledad. Anteriormente salían de la catedral hacia varios templos, pero después partían del santuario de Nuestra Señora de la Soledad a la iglesia de Santa María de Gracia, donde permanecían las imágenes hasta el domingo del Buen Pastor. La última procesión fue en 1866.

San Juan de Dios es mucho más que un mercado. Desde los orígenes de Guadalajara se convirtió en uno de los corazones donde palpita la ciudad y por donde transitan más de diez mil personas cada día. En el mercado, llamado oficialmente Libertad, se puede comprar lo mismo una cabeza de puerco o una yerba medicinal que el último programa de cómputo o un perfume fabricado en París. El tianguis que reunía a los agricultores y artesanos de la región, tomó forma de edificio en 1888. En 1925 se construyó el nuevo local. Para 1957, el arquitecto Alejandro Zohn construyó el nuevo inmueble que tiene 70 puertas, 2,975 locales y 70 bodegas que se extienden sobre una superficie de 44,570 metros cuadrados, lo que lo convirtió en el mercado más grande de América Latina. Los especialistas lo consideran un emblema de la arquitectura regional por el uso de materiales de la zona, la habilitación de patios interiores y el uso del concreto aparente que se despliega en los techos que simulan las lonas del antiguo tianguis. En el diseño original había espacio para guardería, escuela y gimnasio. El exceso de puestos instalados en lugares inadecuados ha propiciado graves daños en la estructura del edificio.

El noruego Christian Schjetnan, residente de Chapala, fundó en 1920 la Compañía de Fomento del Lago de Chapala para obtener una vía troncal de tren desde el Salto hasta la ribera norte de la laguna al no haber buenas vías de comunicación con Guadalajara. La novedad pegó y generó movimiento turístico importante porque las diligencias tardaban doce horas, y el tren tres, en el recorrido Guadalajara-Chapala. Pero en 1926, el noruego se fue a la quiebra por los altos costos de operación y el derecho de entronque pagado a Ferrocarriles Nacionales de México, aunado a que el tren se enfrentó a la competencia de los automóviles que empezaban a circular y a llegar por una brecha al lago en menos tiempo. Además, en ese año creció tanto el nivel del agua del lago que inundó la estación, los talleres y las vías, permaneciendo bajo el agua varios meses causando severos daños. La estación terminó en otros usos, entre ellos bodega de granos y escuela, hasta que pasó a ser propiedad de la familia González Gortázar que la cedió en comodato para su actual uso: un Centro Cultural.

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Actividades recreativas Industria sericícola Epitafio de López Cotilla

En los años cuarenta, bajo las pinceladas del sol que anunciaban la tarde, la Plaza de Armas esperaba la llegada de las familias tapatías que, mientras disfrutaban del sabor de algodones de azúcar y manzanas bañadas en caramelo, escuchaban las marchas y música clásica que tocaba la banda municipal dentro del kiosco. En la misma época, la sede de los enamorados tapatíos era el Parque de la Revolución, lugar de reencuentros casuales que se daban gracias a las vueltas opuestas que daban los varones de las jovencitas. Muñequita Linda, Quiéreme Mucho, Morenita Mía y Aquellos Ojos Verdes, eran las canciones de moda que provenían del tocadiscos de una camioneta que se ponía justo en medio del parque para que todos se deleitaran con la música. Los jóvenes llegaban a solicitar alguna canción para dedicarla a alguna muchacha. También compraban gardenias, las únicas flores que vendían ahí, para dar muestras de afecto. Estas veladas románticas, de 8:00 a 11:00 pm, se repetían cada jueves y domingo. Hoy nadie imaginaría que detrás de cada banca del Parque de la Revolución se esconde una historia de amor que quizá perduró y que seamos, después de algunas generaciones, una de sus secuelas.

Por iniciativa del Mariano Bárcena, el gobernador Corona hizo venir al señor Hipólito Chambón para establecer en Jalisco la industria sericícola. Se plantaron innumerables moreras en el Agua Azul, Plazuela de Jesús, Cementerio de los Ángeles y en otros lugares. Se trajo gran cantidad de semilla de gusano de seda y en el Hospicio Cabañas se puso la cría de tan útiles productores, estableciéndose además un taller de filatura, y la enseñanza de su cultivo a más de cien niñas. El cambio de personal del gobierno hizo que a los dos años se abandonara por completo este proyecto; en el período del general Galván, se vio tal desprecio por la sericultura que no sólo se suprimió la inspección establecida para cuidar el proceso, sino que aun se introdujo la caballada de la gendarmería a destruir las tiernas moreras del Agua Azul. De esta manera, se liquidó un proyecto que promovería fuentes de trabajo e ingresos al estado.

Al morir, el 27 de octubre del año 1861, el reconocido profesor Manuel López Cotilla dejó escrito entre sus papeles lo siguiente: “Mi epitafio. Los restos mortales de un pecador arrepentido, esperan aquí la resurrección de la carne. Como creo perjudicial a los vivos el entierro de los muertos en gavetas, encargo que el entierro de mi cadáver sea en la tierra, es decir, un verdadero entierro”.

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Triviario tapatío segunda edición

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