Trivias de inicio

Los tapatíos y el calor La primera vacuna Ballet: nadie es profeta en su tierra

La piel de los tapatíos no tiene memoria. Cada año olvida los sudores, quemaduras, escalofríos y chapuzones de los años anteriores. No suele recordar en qué año sintió más calor que en el que transcurre, aunque en ese entonces, como en tantos veranos, casi no hay viento ni humedad. Olvida también que, históricamente, enero es el mes más frío, abril el más seco, julio y septiembre son los más húmedos y mayo el más caliente. Llegan a afirmar “en ningún otro año había hecho tanto calor como ahora”. Sin embargo, 1998 fue uno de los años de menor porcentaje de humedad, además de haber sido –meteorológicamente hablando– un año poco usual, debido a cambios climáticos provocados por el fenómeno cíclico conocido como El Niño. La sensación subjetiva de calor o frío depende: de la temperatura del aire y de la superficie terrestre, que configuran el entorno físico; de la humedad relativa del aire, factor que condiciona la evaporación; y del movimiento del aire, que influye en la pérdida de calor del cuerpo. Pero la piel de los tapatíos no aguanta mucho. Según estudios, el bienestar térmico que permite desarrollar sin dificultad ni molestia cualquier actividad, es una temperatura de 22 grados centígrados, una humedad de 45 por ciento y una velocidad de viento de 2 a 4 kilómetros por segundo.

La peste bubónica, el tifus, el paludismo, la difteria y la viruela alcanzaron proporciones epidémicas en los hacinamientos europeos y americanos. Mary Wortley Montagu (1689-1762) introdujo en Inglaterra la técnica de la virolización, que había conocido en Turquía. Consistía en la introducción subcutánea de la serosidad procedente de las ampollas de la viruela humana. Eduardo Jenner (1749-1823) observó que los ordeñadores que sufrían la viruela de las vacas no padecían la humana, la cual era más intensa, por lo que realizó inoculaciones a partir de las ampollas de las vacas. Así nació el principio de inmunización contra otras enfermedades. Por instrucciones del obispo Cabañas, la llamada vacuna (“de las vacas”) fue traída a Guadalajara por el médico de las Californias, José Francisco Araujo. Los niños Cesáreo y Eustosia Garro, hijos del administrador de correos Vicente Garro, fueron los primeros beneficiados, el 17 de agosto de 1804, en la misma administración postal, localizada en la calle San Francisco (16 de Septiembre) y López Cotilla. Semejante hazaña médica mereció una placa conmemorativa en esa esquina ochavada de la finca que subsistió hasta el año de 1949, en que fue demolida.

Todo comenzó con un pequeño grupo de ballet clásico que la maestra Guadalupe Leyva formó con niñas principiantes en el municipio de Zapotlán El Grande. Las chicas trabajaron algún tiempo bajo el nombre de Ballet de Zapotlán y llegaron a presentarse en colonias de Guadalajara y en dos o tres teatros con poca respuesta del público y escaso apoyo institucional –al fin y al cabo no era más que un grupito procedente de uno de tantos municipios estatales. Cuando Leyva tuvo que regresar a vivir a Guadalajara, algunas niñas la siguieron: venían desde Zapotlán a tomar clases con ella, y otras tapatías se agregaron. En 2006, la profesora renombró al grupo como Balanz y se lo llevó a dos concursos mundiales, uno en Italia y otro en Polonia, donde arrasaron con los premios más destacados: medallas de oro, plata, reconocimientos como mejores futuras bailarinas, el Grand Prix. De regreso a Guadalajara siguen bailando en teatros tan vacíos como siempre, mientras los grupos extranjeros –sean buenos, malos o verdaderos fraudes– vienen de vez en cuando y abarrotaban los teatros.

Adolfo Ochoa Adolfo Ochoa Angélica Íñiguez
Tsunami en La Manzanilla Laboratorios Julio Rock en el Auditorio del Estado

Los habitantes de La Manzanilla aún no se reponían del susto. Miraban asombrados los destrozos que acababa de causar el terremoto en su pueblo cuando de pronto vieron que el mar se retiraba de la orilla de la playa. Era la mañana del 9 de octubre de 1995. Mar adentro, los pescadores vieron que el mar se comenzó a “inflar”. A toda prisa regresaron a la costa para avisar. La gente comenzó a correr rumbo al monte. En unos minutos el océano avanzó cuatro cuadras sobre el poblado para después regresar arrastrando todo a su paso. El fenómeno se repitió al menos tres veces en una hora y causó graves daños en el pueblo. El mar saqueó casas y dejó peces brincando en las habitaciones. Afortunadamente el avance del agua fue lento y permitió que la gente se pusiera a salvo en las zonas altas. Don Ángel Benavides, un hombre que entonces tenía 70 años de edad, recordaba que en 1932 había ocurrido lo mismo. Después del susto, José Castillo, uno de los pobladores decía: “Dios nos puso a bailar dos veces. Primero con el Jarabe tapatío y luego con el Zopilote Mojado.”

Blanco y negro eran los únicos contrastes que los tapatíos podían ver en sus fotografías. El revelado era un proceso complicado por el tipo de rollo utilizado, de manera que era necesario que la gente mandara su película a Estados Unidos para poder ver sus imágenes impresas. Esto requería de una larga espera, incluso de más de dos meses. Más tarde, se instaló en la capital del país un laboratorio para efectuar este tipo de procesos, gracias a los cuales el tiempo de entrega se acortó, aunque de todos modos los aficionados a la fotografía radicados en Jalisco tenían que esperar un mínimo de cuatro semanas. En la década de los cincuenta, la fotografía en color se puso al alcance de la mayoría de las personas, gracias a un nuevo tipo de rollo. En el año de 1959, Julio estableció en Guadalajara el primer laboratorio para revelar las fotografías en color, lo cual representó un gran triunfo para la empresa, ya que este avance se propagó y en poco tiempo empezó a recibir películas de toda la república para procesar.

Hacia mediados de los setenta la satanización del rock, a consecuencia del muy reciente festival de Avándaro, había provocado en Guadalajara un ayuno que se rompía muy esporádicamente.

Y sin embargo, de pronto aparecían, quién sabe cómo, carteles que anunciaban conciertos en el entonces llamado Auditorio del Estado (hoy Benito Juárez). Al menos tres conciertos internacionales de aquellas épocas se recuerdan: uno de la folclorista norteamericana Joan Baez, sobreviviente del movimiento hippie, quien se presentó aquí sin más armas que su guitarra y su voz. “Sing Dylan!”, le gritaba un grupo de jóvenes gringas que habían llegado a Guadalajara escoltando a sus maridos estudiantes de medicina, y Baez las complacía con aquella de “Don´t Think Twice, It´s Allright”. Otro día llegó Santana, quien tocó los temas de su disco Abraxas y los oídos tenían que adivinar por la pésima acústica del lugar. Y también apareció, ya muy venido a menos, el grupo inglés Procol Harum, de quien todos conocían la famosa Pálida Sombra y, si acaso, otra que se llamaba en español Conquistador. Tiempo después, al Auditorio –construído por el célebre arquitecto Julio de la Peña– se le cayó el techo; y más adelante, nuevamente techado pero conservando su misma acústica infame, se convirtió en la sede de las famosas y muy tapatías Fiestas de Octubre.

Juan Carlos Núñez Bustillos Cecilia López Alfredo Sánchez
El colegio más antiguo en funciones Pantaleón Panduro, alfarero Ópera

En la calle Morelos 644 se erige un edificio que data del siglo XVIII y que guarda en sus paredes la historia de personajes que han transformado a la ciudad. Fue un claustro para monjas en 1760, un cuartel militar en 1861, el orfanato del Sagrado Corazón para varones en 1887, hasta ser el Colegio Luis Silva, la institución educativa de mayor antigüedad en la ciudad. El Colegio Luis Silva nunca albergó precisamente a los niños ricos, sino que su origen fue modesto. Por el colegio desfilaron alumnos como el escritor Juan Rulfo, el futbolista Jaime Tubo Gómez y el compositor Alfredo Carrasco. Actualmente tiene 560 alumnos que siguen tejiendo la historia.

No se sabe con precisión en qué momento los padres y hermanos Panduro empezaron a destacar en el arte de la alfarería, realizando multitud de figuras en las cuales imprimían un sello humano que otorgaba individualidad a cada trabajo. El Diario de Jalisco de 1888 refiere que Pantaleón Panduro Martínez (1830-1922) empezó a destacar a partir de la visita que en ese año realizó el periodista estadounidense E. H. Talbott. Sus obras se encuentran diseminadas, incluso, en ciudades de Europa y de Estados Unidos. El autor Eduardo Gibbon, en su obra Guadalajara: Vagancias y recuerdos, al referirse a Panduro, dice: “... produjo las más bellas obras con la simple arcilla plástica, con la misma facilidad y destreza con la que Miguel Ángel produjo su estatua de nieve ante la atónita mirada de Piero de Médici”.

Era un retratista con habilidad y talento para hacer hablar el barro, del cual empleaba mezclas de Sayula, San Rafael y Tlaquepaque. De sus manos salieron retratos de gobernantes y escenas de la vida real, como duelos a caballo, titiriteros, cirqueros, policías, aguadores, tahúres, toreros, tortilleras, músicos, barrenderos, borrachitos. Porfirio Díaz quedó tan admirado del retrato que le hizo, que lo invitó a vivir en Palacio Nacional.

En 1796 se representó en el Coliseo, cantada en español, la primera ópera: II matrimonio segreto, de Domenico Cimarrona. Dado el impacto que tuvo entre los tapatíos y la Iglesia, tres años más tarde fue dictado un decreto que prohibía las representaciones operísticas por considerar que este género dramático podía propiciar la difusión de ideas liberales entre la población. Esto provocó reacciones encontradas entre los tapatíos quienes tuvieron que suspender su actividad teatral definitivamente cuando el Coliseo se cerró en la década de 1810 por el levantamiento insurgente. Después abrió sus puertas nuevamente en lo que es hoy el Hotel Génova –posteriormente llamado Teatro Principal–, que era frecuentado por lo más selecto de la sociedad. Poco a poco el abandono y el deterioro del edificio propiciaron su clausura final. La afición de los tapatíos por el arte dramático se perpetuó aunado al deseo de dotar a la ciudad de edificios dignos de ser levantados y de ser testigos de las mejores representaciones teatrales. Estas peticiones conjuntas provocaron en cierta forma que el gobernador Santos Degollado tomara en cuenta la posible edificación de un nuevo teatro para Guadalajara.

Cecilia López Adolfo Ochoa Cecilia López

Triviario tapatío segunda edición

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