Trivias de inicio

Los Wichita a Chapala Incendios Un rey en el Degollado

En 1917, dos señores de Guadalajara, Garnot y Maldonat, establecieron un servicio de autobuses llamado: Wichita. Aquellos vehículos enormes con llantas sólidas, asientos transversales en que se acomodaban de cinco en cinco personas y con capacidad para 40 pasajeros, hacían su recorrido entre Guadalajara y Chapala. Se cobraba un elevado precio debido al largo trayecto de cinco horas como mínimo. Tiempo que parecía interminable, sobre todo cuando se sumaban más horas gastadas dentro del autobús debido a las constantes descomposturas que sufría. También el público prefirió hacer su recorrido en diligencias por Atequiza, debido a que el rodado tan duro que tenían los autobuses provocaba un notable agotamiento en los pasajeros. Fue gracias a la intervención del gobernador Jesús González Gallo, en su período de gobierno de 1947 a 1953, en que se hicieron mejoras definitivas para trasladarse a Chapala a través de una mejor carretera, dada la importancia turística que fue adquiriendo ese destino.

Para el Viernes de Dolores, la población católica de Guadalajara exhibía por la noche, en varias casas, altares llamados vulgarmente “Incendios”; y en muchos de ellos se podían ver representaciones religiosas con imágenes vivas. A la concurrencia que asistía a estas representaciones se les obsequiaba agua fresca y “toritos” (refrescos con alcohol); por este ritual se decía que “lloró la virgen”. El pueblo recorría la ciudad a pie, a caballo o en carruaje realizando el itinerario que marcaban la presencia de estos altares.

Es sabido que el blues como género musical ha conseguido hogar adoptivo en Guadalajara desde hace mucho tiempo, pero cuando se anunció que B.B. King estaría en el Teatro Degollado los blueseros tapatíos no lo podían creer. En una tierra baldía en espectáculos internacionales a fines de los setenta, un lujo como ese era francamente inconcebible. Pero era cierto. Y ante un Degollado a reventar, el maestro hizo sonar a Lucille, su famosa guitarra, como sólo él sabía. La conectó a dos amplificadores Fender Twin Reverb y lo demás fue puro gozo. No hubo grupo abridor –ni falta hizo. Un rey como ese no requería más súbditos que los asombrados asistentes a un concierto memorable.

Cecilia López Hugo Torres Salazar Alfredo Sánchez
Plaza Patria Autopsias Primera revista: La Estrella Polar

El acelerado crecimiento de la zona urbana de Guadalajara permitió crear nuevas plazas que convocaran a numerosos comercios en un solo sitio. Varios hombres de negocios decidieron edificar un centro comercial en los límites de los municipios de Guadalajara y Zapopan, que llevaría el nombre de Plaza Patria. Los participantes de esta nueva creación eran comercios de prestigio como: Hemuda, Fábricas de Francia, La Muñeca, Farmacias Guadalajara, Musical Lemus y otros. Cuando se construyó Plaza Patria, el país vivía un momento difícil con enfrentamientos constantes entre funcionarios federales y destacados miembros del sector privado. En Guadalajara hubo muchas manifestaciones y aunque no parecían propicias las condiciones para su construcción, el primer centro comercial totalmente techado comenzó a funcionar el 6 de diciembre de 1974. Plaza Patria trajo varios beneficios para los tapatíos y posibilitó: “la conducción del agua potable desde el sistema de pozos del valle de Tesistán, que permitió disponer de mayores caudales en esa zona. También la construcción de pasos a desnivel bajo las transitadas avenidas Las Américas y Ávila Camacho, facilitando así la continuación de la avenida Patria, que une el oriente con el poniente de la ciudad”.

El doctor Mario Rivas Souza, decano de los forenses en Guadalajara, lleva siempre en su bata blanca una tarjetita en la que anota el número de autopsias que se practican en el anfiteatro del Servicio Médico Forense. La lista inicia en 1953, cuando él comenzó a trabajar ahí. En ese año se realizaron 407. Para 2005 el número era de 2,415. En total, el experto forense había participado directa o indirectamente en 107,799 autopsias. Más veterana aún en el servicio es su secretaria, María del Carmen Rubio Anaya, quien ingresó en 1951 cuando había seis empleados y los cadáveres se conservaban con barras de hielo, pues hasta 1959 se contó con cámaras de conservación. Para 2006 el Instituto Jalisciense de Ciencias Forenses tenía 408 empleados especializados en 25 áreas de la investigación. El doctor y su secretaria han manejado los cadáveres de las más diversas clases de personas: políticos, guerrilleros, empresarios, artistas, policías, narcotraficantes y hasta del cardenal Juan Jesús Posadas. Además de las víctimas de las tragedias más grandes de la última mitad del siglo xx, como las 45 personas que murieron en el avionazo de 1958 y las 16 que perecieron en el incendio del cine Alameda, en 1952.

El 28 de julio de 1822 se creó una curiosa Sociedad Guadalajarense de Amigos ansiosos de la Ilustración que tuvo como principal propósito la difusión de sus inquietudes, básicamente políticas, a través de una revista cuyo nombre completo sería La Estrella Polar de los Amigos de la Ilustración –así de largo–. Fue la primera revista publicada en Guadalajara. Fungió como medio propagandístico de las ideas liberales, creadora de opinión pública y madre de muchas futuras revistas. Además de emitir mensajes, informaba sobre los sucesos más importantes que transcurrían en la ciudad y alrededor del mundo. La vida de dicha publicación (1822-1828) siempre estuvo rodeada de problemas, tanto legales (al dificultársele el permiso de las autoridades) como políticos, pues la revista hacía planteamientos polémicos acerca de las formas de gobierno más adecuadas y fomentaba la participación del pueblo en la vida política. A los veinte jóvenes que participaron en La Estrella Polar se les llamó Los Polares, quienes trascendieron más allá de la pluma; sus nombres e ideas plasmadas en los cinco números de vida que tuvo la revista, han sido citados y referidos por la mayoría de quienes estudian la época del nacimiento del federalismo en Jalisco.

Cecilia López Juan Carlos Núñez Bustillos Cecilia López
El sismo de 1818 que derrumbó las torres de Catedral Un malandro Por fin, agua para la ciudad

En el año de 1818, la población tapatía vio con gran miedo y sorpresa destruirse las torres de su catedral por un “muy fuerte” terremoto que, acompañado de espantosos ruidos subterráneos, se sintió a las tres y siete minutos de la mañana del 31 de mayo, cuando la ciudad descansaba de las fiestas con que el día anterior había celebrado el cumpleaños del Rey Fernando VII. Las torres eran de hermoso aspecto y recientemente construidas por el arquitecto Gutiérrez. Al derrumbarse, aunque no ocasionaron desgracia alguna, dejaron un recuerdo de espanto en los habitantes de la ciudad, que temían se viera reducida a escombros su máximo templo por nuevos temblores. Los temores no eran infundados: las torres respuestas sucumbieron a un nuevo temblor en 1849. El arquitecto Manuel Gómez Ibarra fue el encargado de edificar las torres que, hasta nuevo aviso, se levantan hoy en día en la catedral de Guadalajara.

Un gran fanático del arte oriental, especialmente de la India, Jorge Álvarez Ochoa, conocido por sus amigos como Coco, hacía viajes frecuentes a ese país para traer artesanías que luego vendía en Guadalajara. Pero ese no era su único interés artístico. En los ochenta abrió una galería de arte contemporáneo con su nombre en la colonia Seattle, donde le apostaba al talento de artistas de nuestra ciudad. Tiempo atrás había hecho sus pininos musicales en el rock como cantante, bajista y guitarrista de varias agrupaciones: La Fachada de Piedra, Mudra, Spiders. En la década de los noventa decidió emigrar a la ciudad de México donde trabajó como artista, realizando instalaciones y obras de arte conceptual y fue ahí también donde por fin se animó a hacer un primer disco con sus composiciones ya en pleno siglo XXI. Su palabra favorita para identificar a sus amigos siempre fue malandro, por lo que el mencionado disco de canciones, de muy escasa distribución, se llamó, justamente, Malandro Mundo.

El agua de aromas y los perfumes hacían su labor en la limpieza corporal y el aseo personal de “la gente acomodada” debido a la ausencia del agua en la ciudad de Guadalajara. Muchos esfuerzos quedaron en intento para traer el preciado líquido a los tapatíos. Uno de ellos fracasó en 1600, cuando el gobernador Santiago de Vera encargó la tarea a Martín Casillas. Casi siglo y medio después, el 19 de noviembre de 1731, fue iniciada una nueva obra encomendada al fraile lego franciscano Pedro Buzeta, la cual también fue suspendida por sus resultados fallidos. Finalmente, el mismo Buzeta –quien ya había hecho exitosamente las obras hidráulicas del puerto de Veracruz– estudió concienzudamente todos los datos para concluir que los manantiales procedentes del Cerro del Colli tendrían un nivel superior, por lo que procedió a la apertura de tres series de pozos que convergieran a un centro, comunicándolo por cañerías, lo cual hizo que el agua brotara a borbotones en la fuente de la Plaza Mayor ante al gran júbilo de la población tapatía, el 13 de junio de 1740. Buzeta llevó agua también a las fuentes de Aranzazú, Santo Domingo, la Universidad, San Agustín, el Santuario, Jesús María, la Caja de Agua (Independencia y Juan N. Cumplido) y la fuente de San Felipe.

Hugo Torres Salazar Alfredo Sánchez Cecilia López

Triviario tapatío segunda edición

De venta en librerias Gonvill. Entregas a domicilio enviando email a: envios@tediumvitae.com

Costo: $350.00 pesos.