Trivias de inicio

Breve vida de El País de Magusín Doce puentes Destacado ingeniero de minas

Al romperse el simbólico listón de la inauguración de El País de Magusín, en junio de 1965, un nuevo centro de diversión para las familias tapatías nacía con la promesa de ser el lugar de entretenimiento más concurrido en Guadalajara. Contaba con teatro, cine, hipódromo, autopista y ferrocarril. Los múltiples invitados pagaban la cuota requerida de un peso para abarrotar sus rincones y participar en sus distintas actividades recreativas. Este centro de diversión estaba ubicado en la avenida López Mateos, a la altura de las Águilas (puertas que marcaban el límite de la ciudad), por lo que representaba toda una excursión llegar hasta el lugar. Al ingresar al centro recreativo, los asistentes podían disfrutar de varios servicios gratuitos como: patinetas, patines, columpios, resbaladeros, bimbaletes y espiro bol. Por si fuera poco, la promoción anunciaba el 2X1 para el trenecito que rodeaba el lugar. Al poco tiempo, lo que pretendía ser un cuento de hadas se convirtió en un triste remedo de Disneylandia, con payasos, magos y ventrílocuos poco agraciados que, desgastados y con la fatiga en la cara, daban sus funciones. En el transcurso de unos cuantos años se borraron por completo las huellas de El País de Magusín, hasta que quedó cerrado oficialmente a principios de los años setenta.

A ambas vegas de un riachuelo, la ciudad comenzó a prosperar: la del poniente en tono más indiano y la del oriente más supuestamente peninsular. Era preciso vincular ambas bandas y en el curso de los siglos se fueron haciendo puentes para cruzar aquel punto de convergencia del valle. El llamado Puente de Medrano fue sin duda el más antiguo y que servía a Analco, a Medrano y a la posterior Calle del Catalán –hoy Revolución–. Pero se construyeron otros más y sus pintorescos nombres, de Sur a Norte, fueron: Del Refugio; Del Molino de la Jolla (en la topografía colonial se denominaban “jollas” a depresiones del terreno como “ollas”); Del Quebrado –que comunicaba a Mexicaltzingo con la presa del Agua Azul–; el llamado Puente de Palo, fabricado ex profeso para los tranvías de mulitas; el de San Joaquín, servidor de la calle de Gigantes; luego el llamado indistintamente De los Huertas o De las Huertas, que comunicaba a Santa María de Gracia con la actual calle de República. También estaban el Puente Del Chocolate de las Beatas y el De los Borrachos. Ya muy avanzado el siglo XIX se construyó el llamado Puente Verde con el estilo afrancesado de época, cuya existencia fue efímera. Una ciudad con dos partes muy diferentes, vinculadas inicialmente por doce puentes.

Ignacio Alcocer y Ramírez nació en Guadalajara el 5 de noviembre de 1806. Fue hijo del diputado constituyente Santiago Ramírez Alcocer. Estudió en la Escuela de Primeras Letras de la Universidad –dirigida por Manuel Barbier– y se graduó de químico e ingeniero por el Colegio de Minería en 1828; ese mismo año ingresó a la Comisión de Estadística del Estado de México. Contribuyó al levantamiento topográfico, geológico y geodésico de los estados de México, Hidalgo, Morelos y Guerrero. En 1835 recibió los títulos de Perito Facultativo de Minas y Ensayador Apartador en el Colegio de Minería. Fue presidente de la diputación de Minería que tenía su sede en Zimapán, Hidalgo. Tuvo oportunidad de visitar las principales negociaciones mineras. Durante muchos años fue representante de los dueños del importante Mineral de la Luz. Fue ensayador de la Casa de Moneda de Guanajuato y director del Colegio de ese estado (1867-70). En la cañada de Tulancingo, Hidalgo, descubrió el berilo, una variedad de la esmeralda. Murió el 10 de diciembre de 1870. No obstante la importancia de su trayectoria y de su descubrimiento, es desconocido en su tierra natal.

Cecilia López Álvaro González de Mendoza Adolfo Ochoa
Mariano Otero Declive del parque Agua Azul Biciclo

“El pueblo mexicano es un pueblo afeminado y una raza degenerada que no ha sabido gobernarse ni defenderse”, “no puede darse a los mexicanos peor castigo que el que se gobiernen por sí solos”. Estas fueron algunas de las palabras amargas y furiosas del abogado tapatío Mariano Otero en 1842, con apenas 25 años de edad, en su ensayo: Sobre el verdadero estado de la cuestión social y política que se agita en la Republica Mexicana, como una triste descripción –así llamada por él– de un país arruinado económica, moral y políticamente. Licenciado precoz –se tituló a los 18 años– y dotado orador, Otero analizó y anticipó la agresión de Estados Unidos hacia nuestro país y, siendo diputado, se opuso a lograr la paz mediante los tratados de Guadalupe-Hidalgo con los que México perdió en 1848 la mitad de su territorio. En minoría política propuso, con fundamento en sus ideas liberales, que México fuese una “república popular, representativa y federal”. Coparticipó en la creación del juicio de amparo como protección a los ciudadanos frente a los abusos de poder, juicios que aún se mantiene en la actualidad. Como si el sentimiento que le envenenaba el alma lo persiguiera, murió de cólera a los treinta y tres años, en 1850.

El bosque Agua Azul, al sur de la ciudad, ha pasado por grandes cambios con el paso del tiempo. Lo que antes eran manantiales de los que se derivaba el río San Juan de Dios, se convirtieron en un parque en 1890, donde podía admirarse el nado de los cisnes. En el lago había dos islitas; una de ellas, fue sede de las tertulias populares donde los tapatíos se reunían en un restaurante acompañados de una banda cada domingo. Durante el gobierno de José Guadalupe Zuno, se construyó dentro del parque un zoológico muy extenso de variadas especies que fueron la admiración de aquel lugar hasta que se sustituyó por instalaciones deportivas. También se edificó un teatro al aire. Al final de los años treinta, el presidente Lázaro Cárdenas alojó a los refugiados españoles en la Casa del Campesino que se encontraba en este parque. El paisaje se fue diluyendo. Fue mermando el bosque, desecaron el lago y se erigieron varias construcciones como: la Estación del Ferrocarril, la clínica uno del imss, el Teatro Guadalajara, la Biblioteca Pública, la Casa de la Cultura, el Teatro Experimental y la Casa de las Artesanías. Este lugar fue sede de las Fiestas de Octubre durante las décadas de los sesenta y setenta.

A finales del siglo XIX, el hijo del general Galván –gobernador de Jalisco– trajo un raro armatoste, llamado biciclo, que fue el padre, abuelo o simple antecesor de la actual bicicleta. Tenía una enorme rueda delantera y otra muy pequeña en la parte de atrás que la hacía lucir muy desproporcionada. El señor Galván sorprendió con su biciclo y se convirtió en un verdadero equilibrista: se paseaba por las calles tapatías dando sesiones de pericia con repetidas vueltas alrededor de la fuente del jardín de San Francisco, lo cual resultaba de gran atracción para los espectadores transeúntes. Por la misma época, era costumbre que los jóvenes de clase alta, después de misa de 10, tomaran sus patines a la salida del templo para gastar sus llantas en el patinaje matutino acostumbrado, pero al admirar el nuevo biciclo empezaron a utilizar este artefacto.

Nuria Blanchart Cecilia López Cecilia López
El Doctor Atl testigo de un magnicidio La campanita del correo Escuela Normal

El asesinato del gobernador Ramón Corona en 1889 y el posterior suicidio de su victimario –el joven maestro de primaria Primitivo Ron–, se discutieron en diferentes crónicas policiales. En ellas, los elementos del crimen varían según la estructura de cada relato. Para Pérez Verdía en Historia particular de Jalisco (1911), el asesino era un loco; el periódico El abate benigno (en una nota aparecida cuatro días después del asesinato) coincide con esta versión. En cambio, el pintor tapatío Gerardo Murillo, popularmente conocido como el Doctor Atl y testigo presencial del hecho, destaca en su libro Cuentos de todos colores (1933) que la locura sólo contribuyó parcialmente, pues “dos hombres misteriosos” dirigieron el suceso fatal. Según Pérez Verdía, el asesino se suicidó con cuatro puñaladas en el corazón; el Doctor Atl asegura que el hombre fue asesinado precisamente por dichos “hombres misteriosos”. Los hechos, a decir de Pérez Verdía, sucedieron así: “Por Pedro Moreno, [el gobernador] anduvo dos cuadras y dio vuelta en Degollado y cuando casi llegaba a la del Carmen fue apuñalado”. El Dr.Atl dio dos versiones. La primera, oral, a Guadalupe Zuno: “Estando yo en un balcón en la calle del Carmen se veía la de Degollado donde sucedieron los hechos”. La segunda, escrita: “vi al gobernador desde el balcón de Maestranza, y casi al llegar a la esquina fue apuñalado”. Finalmente, para el periódico El abate benigno, el gobernador fue asesinado en la calle del Carmen. La única verdad que quedaba era el brazo de Primitivo Ron que se exhibió en el Museo Regional de la ciudad, hasta que misteriosamente desapareció.

Un objeto insigne de Guadalajara es la campanita del correo en la torre izquierda de Catedral. Está después de subir los 98 escalones de la torre, y se encuentra entreverada con las otras campanas y esquilas; cada una con su nombre e historia. Destacan la de Asunción que es la mayor, y la Inmaculada con su herida hecha por un cañonazo desde el Hospicio durante uno de los sitios a la ciudad. Pero la más famosa es la campanita del correo que nació en el taller del fundidor Rivera en 1759; pesa 230 kilos y está dedicada a San Fernando Rey. Se dice que tiene un sonido agradable que se puede escuchar hasta a cuatro kilómetros de distancia. Los escritores Manuel Gutiérrez Nájera y José Juan Tablada cantaron en su nombre; los viajeros Gibbon y Geiger la mencionan y la dieron a conocer en otras partes del mundo, y el historiador Dávila Garibi elaboró su biografía. La campanita anunció en 1810 la llegada de Miguel Hidalgo, en 1821 la Independencia, en 1848 repicó en actitud de mofa y desafío la salida de los americanos de nuestro territorio; en 1862 el triunfo sobre los franceses en Puebla, y en 1888 la llegada del primer tren a Guadalajara.

En 1892 se coronaron los múltiples esfuerzos realizados a lo largo de muchos años para ver operando una Escuela Normal en Guadalajara. Una preocupación constante para las autoridades de Jalisco fue buscar la manera de capacitar maestros para abatir el analfabetismo y lograr el anhelado progreso. Se emprendió una lucha ardua con muchos resultados fallidos. Primero, la corta vida que tuvo la Escuela Normal Lancasteriana, luego siguieron las peticiones de Manuel López Cotilla –el gran educador jalisciense– para que los maestros contaran con una escuela, pero las circunstancias no le favorecieron y no obtuvo respuesta –aunque gracias a él se llegó a implementar una capacitación de profesores en las escuelas municipales. Más tarde, la guerra civil repercutió en un grave estancamiento en la educación jalisciense. En ausencia de escuelas normales, se habilitaban los Liceos de Varones y Niñas donde se incluyeron cátedras de pedagogía. Fue hasta el período de Ramón Corona cuando se dio gran impulso a la educación pública, pero con su asesinato se vieron frustrados muchos de sus planes. Al fin, la Escuela Normal se consolidó gracias a los esfuerzos de Luis Pérez Verdía, quien convenció al gobernador en turno para que el presidente Porfirio Díaz interviniera en esta causa.

Nuria Blanchart Mario Z. Puglisi Cecilia López

Triviario tapatío segunda edición

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