Trivias de inicio

Fernández y Mishima Clases sociales Mano Negra en el Roxy

En la primera formación de El Personal, el mítico y ecléctico grupo tapatío desintegrado a principios de los noventa, el baterista se llamaba Alejandro López Portillo. Sin embargo, no lo fue por mucho tiempo pues llegó Pedro Fernández –nada que ver con el cantante vernáculo y precoz actor cinematográfico–, quien tocaba antes con el compositor Gerardo Enciso. Una noche de 1988, durante un concierto en el Patio Mayor del Cabañas, se sentó a palomear con el grupo y ya no se levantó sino hasta aquella confusa y convulsa noche en la que el grupo tocó por última vez en “el lugar de sus éxitos”, la hoy extinta Peña Cuicacalli. Después de un concierto particularmente intenso, el público, eufórico, pedía más, pero Pedro dejó los tambores y con expresión dolorida dijo que no, que estaba cansado, que algo le había caído mal en el estómago y terminó esa noche en el hospital. Es curioso que, a pesar de ser un virtuoso baterista, Pedro no haya tocado su instrumento en el famoso disco No me hallo, pues las condiciones técnicas del estudio de grabación lo impidieron. En cambio, programó una máquina de percusiones similar a la que el grupo utilizaba en el escenario y que había sido bautizada, por su origen japonés, como Mishima.

Hasta la década de los cuarenta, Guadalajara conformó una sociedad bien definida, hermética a los extraños, con grupos que se nutrían de referencias. La ciudad estaba delimitada por clases sociales, por rumbos y por barrios.

Éstos tuvieron una fuerte connotación de identificación social. El centro y sus barrios inmediatos alojaban a “los pudientes” o “la gente conocida”: industriales, comerciantes, prósperos profesionistas, que acostumbraban reunirse en el famoso Casino Jalisciense. Sus casas conservaban el concepto colonial de la casa española en la que se desarrollaba la edificación alrededor de un patio florido lleno de macetas y plantas. La gente considerada como “bien acomodada” también vivía al poniente del Centro, en los barrios de Santa Mónica, San Felipe, San Diego, La Capilla, El Carmen, La Trinidad, El Expiatorio y Los Ángeles; habitados en su mayoría por profesionistas y estudiantes, en ellos se alternaban las casas de una y dos plantas que se hacían cada vez más pequeñas a las orillas, aunque con diseños similares a las del Centro. En los barrios localizados hacia el oriente del centro vivía “la gente desconocida”: los artesanos, asalariados y obreros. Las casas eran también de adobe, pero mucho más chicas. En ellas al abrir la puerta se pasaba prácticamente a las habitaciones y de éstas al corral donde solía haber un pequeño huerto.

Rogelio Flores Manríquez, activo promotor cultural de Guadalajara, llegó del Distrito Federal a fines de los setenta. Comenzó la nueva década en la XEJB con un programa de nombre rebuscado y singular: Jazz: Antropología y Estética. Abrió una efímera tienda de discos importados en la recién inaugurada Plaza México: Beat Gallery. Después fundó con Paco Barreda la galería de arte Magritte y organizó conciertos con la asociación Jazz Guadalajara. Pero su proyecto más recordado fue la rehabilitación del viejo y abandonado cine Roxy, lugar alternativo por excelencia. En ese viejo galerón ubicado en Mezquitán 80, frecuentemente asediado por las autoridades municipales, se presentaron muchísimos conciertos memorables. Uno de los más, fue el mano a mano entre Café Tacuba –aún no muy populares entonces– y Mano Negra –la célebre banda dirigida por el músico hispanofrancés Manu Chao. Un día antes del concierto, en el mismo Roxy hubo una conferencia de prensa con pocos medios locales y la presencia de Chao y Rubén Albarrán, vocalista de los Tacubos. Este último, que después se convirtió en gran estrella nacional, apenas fue tomado en cuenta por los representantes de los medios, deslumbrados por la implacable retórica de Chao. El concierto, eso sí, y gracias a los dos grupos, fue uno de los de mayor intensidad que recuerde Guadalajara.

Alfredo Sánchez Cecilia López Alfredo Sánchez
San Miguel: patrón espiritual Penitenciaría de Escobedo Dionisio Rodríguez: impresor y filántropo

La población de Guadalajara establecida en su cuarto asentamiento, el Valle de Atemajac, erigió su primera iglesia, cuyo titular sería el arcángel San Miguel, patrono de la ciudad, en reconocimiento a su ayuda por la victoria que obtuvieron, el 28 de septiembre de 1541, contra los indígenas en la Guadalajara de Tlacotán. Sirvió esta iglesia de parroquia y más tarde, cuando la cabecera del obispado de la Nueva Galicia se estableció en Guadalajara, sirvió también de catedral. El lugar donde se construyó corresponde a la parte norte de la plazuela donde de encuentra el Teatro Degollado, considerando calle de por medio.

A un lado de dicha capilla se fundó un hospital que también fue puesto bajo la protección de San Miguel y así se le reconocería como el Hospital de San Miguel. De esta manera, la ciudad se ponía “en cuerpo y alma” bajo la tutela del arcángel San Miguel: en cuerpo, por medio de la salud; y en alma, por medio de la religión.

Hay dos tipos de ciudadanos que –vaya redundancia– las ciudades difícilmente encuentran dónde ubicar: los que fallecen y los que se pasan de vivos. Así, panteones y cárceles son discrecionalmente colocados en sitios remotos al casco urbano. Que con el paso del tiempo esos sitios sean alcanzados por la urbanización es problema aparte. En el siglo XIX, el arruinado y extenso convento del Carmen cumplía con ese requisito: quedaba lo suficientemente alejado del centro como para que sus terrenos fueran ocupados por una prisión. El entonces gobernador Escobedo (José Antonio y originario de Etzatlán, y no Mariano, el que derrotara a Maximiliano en Querétaro) procedió a construir, en mayo de 1845, una moderna penitenciaría apegada en su hechura al más depurado estilo de época. Por donde hoy transita apretadamente la antes holgada avenida Juárez y donde se encuentra un parque con revolucionario nombre, estaba la fachada o entrada a la cárcel que era una calca del mismísimo teatro Degollado. En tono neoclásico puro y con su columnata y pórtico fabricados de cantera, la elegancia del pórtico –diseñado por el arquitecto español José Ramón Cuevas– disfrazaba su lúgubre interior carcelario, herméticamente cerrado por murallas que corrían por lo que son las calles de Pedro Moreno y López Cotilla y hasta Tolsa (así, sin acento). Pero la ciudad llegó hasta la penitenciaría de Escobedo, la envolvió, y en 1933 fue demolida. De nuevo, los que se pasaron de vivos estorbaban.

El 1º de mayo de 1877 murió en Guadalajara el señor Dionisio Rodríguez, hombre caritativo y progresista, que editó en su imprenta el famoso Calendario de Rodríguez, así como centenares de libros y títulos importantes. Fue, además, el primer director de la Escuela de Artes y Oficios. Desempeñó cargos públicos –como secretario del ayuntamiento y diputado local–, procurando siempre obras de beneficio social. Su labor filantrópica a favor de la Iglesia católica lo convirtió en un hombre muy estimado por la sociedad tapatía. Cuentan las crónicas que a su sepelio asistieron más de 15 mil personas. La ciudad dio su nombre a la que ahora es calle 9 del Sector Libertad, y que antes se llamó De la Horca y De la Borrasca.

Hugo Torres Salazar Álvaro González de Mendoza Hugo Torres Salazar
Ojo de caballo Cronistas de cine Un poeta: Manuel M. González

El nombre de Luis González Durán Vázquez quizás no diga mucho. Es el verdadero nombre de quien, desde sus años juveniles, fue conocido por el apodo que él mismo adoptó como seña de identidad: Caballo. Luego de estudiar en el Instituto de Ciencias, su indecisión vocacional lo llevó a la carrera de Relaciones Industriales del ITESO donde duró muy poco. Se cambió a Ciencias de la Comunicación en 1975 donde la inspiración de maestros como José Luis Pardo, Jorge Paredes y Laura Magaña le abrió la puerta a lo que sería su modo de vida: la fotografía. También ahí empezó su interés por la otra mitad de su labor profesional: la enseñanza, principalmente para niños. Fundó Papalote, un singular local donde se impartían talleres de creatividad infantil; años después inició con Mónica Cárdenas y Cuitláhuac Correa –fotógrafos también– el taller visual Rendija y siguió afinando el ojo fotográfico hasta consolidarse como uno de los más notables artistas de la lente en Guadalajara. Mitad fotógrafo y mitad maestro o, más bien dicho, maestro fotógrafo de tiempo completo, la imagen de Luis Caballo se completa con sus infaltables huaraches, su larga barba entrecana y su pelo recogido en una cola de…de qué más, de caballo.

El Informador y Las Noticias fueron los únicos diarios locales que le dieron un espacio a la crónica del cine mexicano, así como algunas revistas enfocadas al espectáculo: Aurora, Variedades, Respetable Público, Actualidades, Pantallas y Escenarios. Los primeros ensayos de crónica cinematográfica que aparecieron, del año 1917 a la década de los treinta, dan testimonio del cambio de las reseñas teatrales a las del cine. Carlos Infante, Carlos Arturo Pierre, Javier Enciso, Xavier Lambera, Agustín Plascencia, Rubén Lomelí y Carlos López asumieron este nuevo género periodístico para ser la voz de las cintas, explicándole al lector por qué debían verlas –o evitarlas–. Narraban varios aspectos, desde los estéticos hasta los técnicos, incluso sin alguna previa formación al respecto. Unos escribían la reseña, mientras que otros llenaban de adjetivos las cintas para animar o desanimar al público a verlas. Los cronistas tapatíos de los años veinte no daban crédito a los directores sino que centraban su atención en el trabajo del guionista o actor y clasificaban las películas como de serie o de arte. Convertidos en parte del aparato publicitario, los cronistas tenían que justificar su trabajo usando a veces un tono demasiado complaciente y a veces muy exigente.

Nacido en La Barca, Jalisco, en 1854, Manuel M. González fue uno de los poetas más destacados de su época. Autodidacta y con vocación de pulir su pluma con medios propios hasta llegar a formar obras y poemas dignos de despertar la admiración de sus contemporáneos. Se distinguió por enaltecer temas relacionados con la vida campestre y amorosa. “Su Primavera es una bellísima composición de antología; La golondrina tiene un carácter y un sabor jamás igualados”. También tejió con sus letras algunos cuentos como: La tumba de Magdalena y La última tentativa. Fue empleado en la imprenta del Gobierno del Estado desde muy joven y un periodista de prestigio que colaboró en publicaciones como El Cascabel, El Clarín, El Día de la Patria y otros. En 1885 formó parte de la Primera Convención de Periodistas de Guadalajara, y fue fundador, junto con Victoriano Salado Álvarez, del diario de la tarde El Correo de Jalisco, en 1895. El 11 de abril de 1897 Guadalajara despidió para siempre a un poeta que es hoy poco recordado.

Alfredo Sánchez Cecilia López Cecilia López

Triviario tapatío segunda edición

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