Trivias de inicio

Fotógrafos pioneros Corrección historiográfica de la batalla de Calderón José María Narváez: navegante excepcional

Con posterioridad a las primeras fotografías de Jacobo Gálvez, el oficio del fotógrafo se fue extendiendo conforme a una mayor demanda de los tapatíos. Todos ellos hacían, sobre todo, retrato y paisaje. Por ejemplo, en el portal de los Agustinos, don Justo Ibarra estableció –junto con “un señor Contreras” – el primer taller formal de fotografía en 1864. Y había otro fotógrafo –Carlos Barriere– que se dedicaba a retratar señoras guapas en ambientes llenos de glamour. Mención especial merece Octaviano de la Mora, quien abrió su estudio en el portal Matamoros durante la década de 1870. De la Mora fue el único fotógrafo de la república premiado con medalla en la Exposición Universal de París en 1878 y además se colgó siete medallas de primera clase de oro y plata en las distintas exposiciones del país. De Europa trajo gran parte de su aprendizaje, como el manejo adecuado de la iluminación y los efectos que causaba en la fotografía. En 1872, instaló un “salón de posiciones” que era una especie de teatro lleno de escenografías y el sello que llevaba su trabajo tenía un lema contundente: “verdad y belleza”. Hasta bien pasada la segunda mitad del siglo XX, nadie imaginaba que la fotografía estaría, con mayor o menor arte, al alcance de todos.

El plano de la batalla de Calderón, efectuada el 17 de enero de 1811 en las cercanías de Guadalajara, presenta un error de orientación recientemente descubierto. Consiste en que el Norte anotado señala hacia el Poniente. En la obra México a través de los siglos, podemos encontrarlo en el tomo tercero. El autor del error debió ser un militar realista a las órdenes de los generales Emparán, Flon, Ortega o Calleja. Es lógico suponerlo, por aquello de que la historia la escriben los vencedores –y en la batalla de Calderón, quien perdió fue precisamente el ejército insurgente a las órdenes de Ignacio Allende. El error fue corregido por la historiadora Alma María Bárcenas, quien al consultar diversos textos, encontró profundas discordancias, tanto en la descripción del puente como en la topografía y el nombre del río. Al sobreponer una pantalla a escala con los datos esenciales del plano de la batalla, con una fotografía aérea y una carta topográfica, encontró que la configuración y dirección del Camino Real de Guadalajara, le daba la pauta para girar el plano 90 grados. Una vez realizando el giro, la información topográfica coincidió.

“Lo importante no es vivir, sino navegar”, solían decir los insignes fenicios. Tal vez ese axioma normó la vida de José María Narváez, quien en la indigencia, olvidado y sin reconocimiento alguno, falleció en Guadalajara en 1840. Marino, originario de Cádiz, recorrió el Golfo de México realizando trabajos de cartografía entre Veracruz, La Habana y Nueva Orleáns. Por la vertiente del Pacífico fue desde San Blas hasta Alaska, y hacia el oriente recorrió hasta las Filipinas y Macao. Hizo grandes aportaciones modernas a la cartografía de Jalisco ya que levantó un plano de la laguna de Chapala también realizó planos de extensas zonas de Zacatecas, Aguascalientes, Nayarit y Colima, los cuales se publicaron póstumamente. Cuando uno se asoma a la historia de México en el siglo XIX, y se advierten hechos como el nombramiento de primer capitán general de la Marina Nacional del México republicano dado a un norteamericano (el capitán Porter), se advierte que la negación de la capacidad nacional para generar talento data de los mismos orígenes de la nación independiente. El México colonial produjo marinos excepcionales que, como Narváez, bien pudieron haber redescubierto la vocación marítima de un país con miles de kilómetros de litoral y que, pese a ello, ¡perdió de vista al mar!

Angélica Íñiguez Adolfo Ochoa Álvaro González de Mendoza
Rock progresivo Televisión independiente Ars Antiqua y su mecenas

A finales de los setenta empezó a desarrollarse en el mundo del rock una tendencia más o menos pretenciosa que incorporaba elementos de la naciente electrónica y de la música sinfónica a través de larguísimas composiciones llenas de secciones diferentes, frecuentemente de carácter conceptual. Grupos como Yes, King Crimson, Emerson Lake and Palmer, Genesis o Pink Floyd sonaban en las tornamesas de los iniciados y, a principios de los ochenta, también en un programa de radio transmitido en Guadalajara a través de la XEJB, y que se especializaba en el Rock Progresivo. Ahí también se solían escuchar materiales de artistas menos conocidos aún, como Gentle Giant o grupos italianos de nombres rimbombantes como Banco del Mutuo Socorso y Premiata Forneria Marconi. El productor del insólito programa pionero, llamado Al Otro Lado de la Línea, era Avelino Sordo Vilchis, años después, bien conocido como promotor de artes plásticas, diseñador gráfico y editor de libros, además de conversador inagotable sobre casi todos los temas posibles. Con el paso del tiempo Avelino cambió su gusto musical y del progresivo viró a Beethoven, aunque todavía se le alcanzó a ver en el concierto que Pink Floyd ofreció en la Ciudad de México en los noventa.

Las primeras imágenes televisivas se recibieron en Jalisco en 1956. Cuando las condiciones atmosféricas eran adecuadas, los escasos hogares que contaban con receptor y altísimas antenas captaban el canal 2 de la Ciudad de México. Ese año se estableció la empresa Televisión Tapatía para fortalecer la regionalización televisiva. Entonces Telesistema Mexicano de Emilio Azcárraga decidió fortalecer su presencia en la entidad, construyendo en 1960 Televicentro de Guadalajara que trasmitiría a 13,390 televisiones existentes en Jalisco. Alejandro Díaz Guerra y Salvador López Chávez, junto con un grupo de empresarios tapatíos, no se amedrentaron ante la feroz competencia y consiguieron la exclusiva de servicios americanos; pero Azcárraga bloqueó a todo artista que trabajara para el canal 6. Los presupuestos publicitarios se destinaron a la empresa que les garantizara una difusión nacional “de frontera a frontera y de costa a costa”, lo que sólo podía ofrecer Telesistema Mexicano, provocando el hundimiento de la televisora independiente tapatía. Así, la fascinación del programa inaugural de ésta, La realidad de un sueño, se convirtió en una fatal pesadilla.

A la mitad de los ochenta, el grupo de música medieval y renacentista dirigido por Eduardo Arámbula, Ars Antiqua, ofreció un concierto en el Museo Regional de Guadalajara. Al final se acercó un personaje y, dirigiéndose al director, preguntó: “¿Y no tienen discos?”. “No”, respondió Arámbula. “¿Y por qué no?”. “Porque no tenemos dinero para grabar uno”. El personaje extendió una tarjeta y, sin más trámite, dijo: “Váyame a ver”. Se trataba de Oscar García Manzano, industrial zapatero que años después se hizo famoso por el proyecto de Las Cien Manzanas, la célebre y fallida remodelación de la zona de las Nueve Esquinas. También se habló mucho de él más adelante, cuando trabajó en la administración municipal panista. Eduardo lo buscó, lo visitó en su casa del Club de Golf Santa Anita junto con los demás integrantes del grupo, quienes escucharon un sermón en el que el empresario insistía en que él nunca regalaba nada, pero al final salieron con la promesa de financiamiento para el ansiado primer disco. El proyecto finalmente se cristalizó bajo el nombre de Cantos y Danzas de la Edad Media y el Renacimiento. Hasta donde se sabe, ahí terminó la carrera de mecenas musical del empresario.

Alfredo Sánchez Nuria Blanchart Alfredo Sánchez
Las calles Abolidas, las corridas de toros Arrastrarse, ¿eso es danza?

Como en toda población de la extensa república, los nombres de las calles de Guadalajara han estado sujetos a los vaivenes de la política. A principios del siglo XX, la ciudad presentaba algunas avenidas, calles y callejones, con nombres tan diversos que muchos de ellos parecían ingenuos o tomados de hechos curiosos. Los nombres se registraban en placas de ladrillo elaboradas en San Pedro Tlaquepaque, y se podía leer: la Acequia, el Oso, la Joya, los Gachupines, Polvorilla, Rastrillo, Chocolate, Olas Altas, el Encanto, etcétera. Por los barrios de Mexicaltzingo, Analco, el Santuario y la Capilla de Jesús, el transeúnte se encontraba con callejones cuyos nombres podían ser: el Cuerno, Agua Escondida, la Compañía, la Mala Hora, el Molino, los Pericos, la Nalgada, Salsipuedes, las Ventanitas, etcétera. Después del triunfo de la revolución maderista de 1910, se procedió a cambiar los nombres para dar un reconocimiento a personajes o hechos de la historia nacional. Así, la calle de San Francisco fue luego avenida 16 de Septiembre; la del Santuario, avenida Pedro Loza; la del Carmen, avenida Juárez; la del Palacio, avenida Corona, la de Santa Teresa, calle Morelos; el Paseo Porfirio Díaz, Calzada Independencia; las Capuchinas, Contreras Medellín; la Borrasca, Dionisio Rodríguez; la del Tequesquite, avenida Libertad, y así otras. Esta costumbre permanece y en nuestros días hemos presenciado el mismo fenómeno: otras calles han visto borrar sus nombres y adquirir nueva personalidad con los de hombres ilustres o hechos trascendentales para la comunidad tapatía.

Corría el año 1897, se acababa de construir una importante plaza de toros en las Barranquitas de Alcalde y se suponía que sería inaugurada por el afamado torero español El Boticario. Se mandó hacer mucha propaganda y el día de su estreno estuvieron los tendidos llenos de bote a bote. La cuadrilla salió a desfilar pero el torero español no estaba entre ellos. Cuando el público se dio cuenta que los toreros estelares habían sido cambiados por aficionados, se armó la bronca y echaron la plaza abajo. Cuando las tropas de seguridad llegaron a imponer el orden no encontraron rastro de la plaza: el pueblo se había llevado la madera, tablas y vigas con que estaba hecha, y a los toros los traían de paseo por el barrio de la Capilla. Este suceso provocó que las autoridades abolieran las corridas de toros en el estado. Como consta en actas, el presidente de la legislatura interrogó a los representantes populares: “El C. Presidente: ¿Las corridas de toros deben abolirse? El diputado por La Barca: —Que se abuelan. El diputado por Lagos: —Que se abulan. El diputado por Sayula: —Que se abuendan. El diputado por Ameca: —Que se abundan.” No quedó nadie de acuerdo con la conjugación del verbo, pero las corridas fueron abolidas.

El final de los años cincuenta fue el principio de un movimiento distinto para la danza en la llamada Perla Tapatía. Las maestras de ballet y los bailarines de folclórico miraban atónitos cómo estos muchachos, alentados por su coreógrafa, Celina López, hacían movimientos extraños, a veces en el suelo, y se desplazaban en el escenario sin zapateado, ni puntas, ni tutú; descalzos. “Eso de arrastrarse por el piso no puede ser danza”, decían. Por si fuera poco despojarse de los elementos convencionales, la maestra López Gálvez, que dirigía el Grupo de Danza Moderna del IMSS, compuso una obra llamada Zapata y subió a escena un caballo –rentado en el parque Agua Azul– que uno de los bailarines montaba con miedo de que se fuera a desbocar sobre el público. En otra ocasión, se abrió el telón y apareció un coche deportivo en el escenario; la maestra también compuso Alucinaciones, luego de haber visitado la sierra huichola. Eran los inicios incipientes de la danza moderna tapatía, pero años tendrían que pasar para que “las clásicas” y “los folclóricos” se dieran cuenta de que, aunque no les gustara, eso y más podía ser la danza.

Hugo Torres Salazar Mario Z. Puglisi Angélica Íñiguez

Triviario tapatío segunda edición

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