Trivias de inicio

Guadalajara en “decadencia mortal” El polisón José López Portillo y Rojas

José López Portillo y Rojas publicó La parcela en 1898, hoy considerada una de las novelas mexicanas más importantes, y Luis Pérez Verdía sacó a la luz tres tomos de su Historia particular del Estado de Jalisco, por última vez en 1911. Sin embargo, el joven pintor y escritor José Guadalupe Zuno expresa en su Anecdotario del Centro Bohemio (publicado en 1964) que al principio del siglo XX “Guadalajara moría de una decadencia mortal”. Al parecer, y según refieren los investigadores Wolfgang Voght y Celia del Palacio, dicha decadencia se debía a la nula relación entre las generaciones de artistas viejos y los jóvenes; o sea, un patrón de conducta repetido en Guadalajara a lo largo de la historia.

El polisón era una prenda de vestir que usaban las mujeres de Guadalajara para adornar sus trajes, dándoles una forma más perfecta y haciendo crecer la zona de los glúteos. Se usaron muchos años hasta que comenzaron a perder poco a poco su frecuencia y utilidad. En una de las clásicas serenatas de la Plaza de Armas, en el año de 1888, a una de las señoritas asistentes se le cayó el polisón y éste anduvo dando vueltas por la plaza; durante el resto de la serenata, la gente lo izó en los bastones y paraguas como bandera. Don Pedro Puig, dueño de una camisería de los portales de enfrente, finalmente lo recogió. Este pequeño incidente sirvió para que los ociosos comentaran durante semanas, tratando de averiguar quién sería la dueña, cosa que no se supo. Pero sirvió para que don Ramón G. Fuentes hiciera un anuncio en El Telégrafo que decía: “Persona perdió polisón Plaza, Patente Pantoja, puede pasar pedirlo Pedro Puig”. Muchísimos años después, una encantadora viejecita que se decía poetisa y escritora comentó en plática con un amigo: “por cierto, fue en el año en que se me cayó mi polisón en la Plaza de Armas”.

Nadie imaginaría que detrás de un abogado de profesión con diversos cargos políticos de diputado, de senador, de magistrado, de Subsecretario de Instrucción Pública, de Secretario de Relaciones Exteriores y de Gobernador de Jalisco en 1911, se labrara una vocación de poeta y de escritor destacado como lo fue José López Portillo y Rojas nacido en 1850. A fines del siglo XIX ya había fundado, junto con Esther Tapia de Castellanos y Manuel Álvarez del Castillo, la revista La República Literaria que durante cuatro años se propagó con excelente calidad literaria. Llegó a cultivar diversos géneros literarios como el ensayo, la poesía, el periodismo, el cuento y la novela. Sus letras transitaron por temas jurídicos, políticos, religiosos e incluso filosóficos. Perteneció a todas las asociaciones culturales de su entorno y escribió constantemente en todas las publicaciones tapatías de su época. En 1916 lo nombraron Director de la Academia Mexicana de la Lengua, cargo que desempeñó hasta su muerte en 1923.

Angélica Íñiguez Mario Z. Puglisi Cecilia López
Tarifas del telégrafo Cañerías Cenobio el tequilero

El telégrafo llegó a Jalisco el 10 de abril de 1868. La extensión total de las líneas era de 1,872 kilómetros y el cobro de los mensajes se hacía conforme a la siguiente tarifa: de Guadalajara a Aguascalientes, diez palabras, 75 centavos, y por cada palabra excedente, seis centavos. De Guadalajara a Colima, diez palabras, un peso 37 centavos, y por cada palabra excedente, 11 centavos. De Guadalajara a Guanajuato, diez palabras, un peso, y por cada palabra excedente, 8 centavos. De Guadalajara a México, diez palabras, dos pesos, y por cada palabra excedente, 16 centavos. De Guadalajara a San Blas, diez palabras, un peso, y por cada palabra excedente, 8 centavos. Los lugares a los que comunicaba el telégrafo eran además de los señalados otros dentro del estado y también a diferentes partes del país.

“¡Agua va!”, gritaban desde las ventanas en el siglo XVIII para avisar a los transeúntes sobre el peligro que corrían al proceder a descargar las aguas de las bacinicas. En aquel siglo, los tapatíos hacían sus necesidades fisiológicas en las calles, y a pesar de que los capellanes pintaban “la Santísima Cruz” en las paredes de las iglesias que daban a la calle, los infractores seguían haciendo sus fechorías. En 1808 se ordenó la construcción de caños subterráneos para que “esta ciudad se desahogue de tantas suciedades, como multitud de caños hediondos”. Paralelamente, a fines del siglo XVIII empezó a usarse el carretón de la basura arrastrado por mulas y en el XIX se daba el contrato de recolección de basura a quien dispusiera de “seis carretones o los que fuera necesarios”, se encargara de la compostura de los empedrados y desbordara los basureros. Los carretones debían pasar cada tercer día y tenían la obligación de reportar a quien tirara en la calle estiércol o escombros. Si el contratista no cumplía, era multado por los jueces de policías. Con la modernidad los camiones sustituyeron a las mulas pero la costumbre de llamarlos “carretones” de basura aún persiste.

Lo que son las cosas: Cenobio nació en Teocuitatlán, Jalisco, tierra en donde si acaso los magueyales que crecen son de pulque. Pero su olfato empresarial seguro le hizo advertir que la fábrica ‘La Antigua Cruz’ –con ese nombre y muy distante de su pueblo natal– podría convertirse en su gran fortuna, y a esa cruz le apostó en 1873 y le cambió de nombre a la tahona luego de comprarla y la llamó La Perseverancia. Don Cenobio, intuitivo conocedor del márquetin, cambió de nombre al bebistrajo conocido ya desde hacía mucho como vino mezcal y etiquetó las botellas con el nombre de la población en donde su perseverancia fabril producía el licor de agave: tequila. Durante los siglos coloniales y hasta el siglo XX, el vino mezcal producido en la región de Tequila era considerado como algo destinado al consumo de las clases populares, y don Cenobio Sauza Madrigal –quien convirtiera su apellido en marca registrada– inició el proceso que llevó al rebautizado destilado a ubicarlo en mesas y cantinas alcurnes. También el teocuitatlense fue quien advirtió el potencial mercado extranjero para el tequila: “seis botijas y tres barriles”, registrados así, son testimonio del primer envío tequilero a Estados Unidos.

Hugo Torres Salazar Nuria Blanchart Álvaro González de Mendoza
¡No rompían ni un plato! La Perla de Occidente y otros epítetos El deporte en Guadalajara

En 2004, el drenaje de la Presidencia Municipal requirió de una reparación. Llamaron a los plomeros. Cavaron y encontraron dañado el cárcamo: había que construir uno nuevo. Cuando derribaron un muro encontraron vasijas virreinales de cerámica vidriada y huesos probablemente de animales. La obra se detuvo por orden del INAH para que las tazas, cajetes y vasijas fueran estudiados. La arqueóloga Lorenza López Mestas planteó la posibilidad de que se tratase de un basurero antiguo, quizá perteneciente al Palacio Episcopal del Virreinato (demolido en 1948), pues en esa época no existía el servicio de recolección de basura. El contexto en que fueron sepultados los restos y los propios huesos animales hace pensar que el hallazgo, valioso para el hombre de hoy, no es más que un montón de desperdicios virreinales.

Muchos nombres se han utilizado para designar a la ciudad y dar testimonio de las características de su vida cotidiana y del impacto que ella ha causado en varios poetas, escritores, políticos y viajeros que han pasado por aquí. El poeta Juan de Dios Peza la llama “la ciudad de las gardenias”, mientras que el cronista Caballero le dice “la ciudad de los jardines”. José López Portillo y Rojas, en su novela Los precursores, llama a Guadalajara: “Fópoli”, que significa ciudad de luz, argumentando que las cualidades de su población pueden sólo atribuirse a la luz del cielo. Muchas comparaciones con las ciudades europeas nacen de las entrañas de los viajeros que llegan a finales del siglo XIX. Mencionan su parecido con Sevilla, “teniendo sobre ésta la enorme ventaja de ser sus calles muy anchas y tiradas a cordel”. Por su parte, Adolfo Dollero la llama “La Andalucía de México” y “La Perla de Occidente”, designación que prevaleció durante mucho tiempo. El periodista y escritor Eduardo Gibbon, por su parte la nombra “La Florencia Mexicana”. “La Sultana de Occidente” y “La Ciudad Real” fueron otros epítetos que algunos visitantes concedieron a nuestra ciudad. No hace mucho que por decreto municipal se le llamó “La Ciudad de las Rosas”.

La sociedad tapatía inició sus hábitos deportivos hacia 1861, dándole valor al desarrollo físico a base de ejercicios sistemáticos. Así, en el Liceo de Varones se impartían clases de esgrima, gimnasia, equitación y natación, mientras que en las secundarias públicas del estado se impartían la gimnasia y la esgrima en 1868. En 1922 se hizo obligatoria la Educación Física en las primarias y secundarias. El gobernador Sebastián Allende, en 1933, promovió la organización de las actividades deportivas con Las Olimpiadas Regionales. En 1935, Miss Cuca organizó tablas gimnásticas para señoritas en los desfiles deportivos y Miss Bell (Amelia Bell) presentó –en 1959–, con 150 niñas, el primer mosaico en Guadalajara que ella había observado en los juegos universitarios de Estados Unidos. En 1967, Leoncio Lorenzo –marista del Colegio Jalisco– organizaba bandas de guerra y grupos de boy scouts y fundó un centro recreativo para fomentar el deporte en los alumnos. En 1968 se construyeron las unidades deportivas Revolución y López Mateos.

Angélica Íñiguez Cecilia López Nuria Blanchart

Triviario tapatío segunda edición

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