Trivias de inicio

La campanita del correo Célebre balazo Los niños son Todos los Santos

Un objeto insigne de Guadalajara es la campanita del correo en la torre izquierda de Catedral. Está después de subir los 98 escalones de la torre, y se encuentra entreverada con las otras campanas y esquilas; cada una con su nombre e historia. Destacan la de Asunción que es la mayor, y la Inmaculada con su herida hecha por un cañonazo desde el Hospicio durante uno de los sitios a la ciudad. Pero la más famosa es la campanita del correo que nació en el taller del fundidor Rivera en 1759; pesa 230 kilos y está dedicada a San Fernando Rey. Se dice que tiene un sonido agradable que se puede escuchar hasta a cuatro kilómetros de distancia. Los escritores Manuel Gutiérrez Nájera y José Juan Tablada cantaron en su nombre; los viajeros Gibbon y Geiger la mencionan y la dieron a conocer en otras partes del mundo, y el historiador Dávila Garibi elaboró su biografía. La campanita anunció en 1810 la llegada de Miguel Hidalgo, en 1821 la Independencia, en 1848 repicó en actitud de mofa y desafío la salida de los americanos de nuestro territorio; en 1862 el triunfo sobre los franceses en Puebla, y en 1888 la llegada del primer tren a Guadalajara.

En la carátula del reloj de Palacio de Gobierno, es posible apreciar la perforación ocasionada por un disparo de pistola efectuado la madrugada del 30 de enero de 1915. Aconteció que cuando los carrancistas habían instalado su gobierno en Guadalajara y creían haber sacado a los villistas, un grupo encabezado por el general villista Julián Medina irrumpió aquella madrugada intempestivamente en la ciudad; en un acto de valentía casi suicida, llegaron echando bala hasta la Plaza de Armas, la cual estaba ocupada por las fuerzas del general carrancista Manuel M. Diéguez. En dicha incursión, un soldado anónimo le dio un balazo al apreciado reloj. Quedó así constancia de que las fuerzas de un general villista habían estado allí. Estos actos de “machura” solían costar muchas vidas, pero contribuían al prestigio y a la leyenda de los hombres de la División del Norte.

En 1940, la fiesta de Todos los Santos era en realidad una fiesta para los niños. Había que ir a la feria que se ponía a espaldas de la Universidad de Guadalajara a lo largo de la calle Galeana –de Morelos a Madero–, donde a dos cuadras de distancia olía a pegadura de cola de carpintero y de rigor había que comprar un casco, un caballito y una grotesca máscara –por supuesto todo de cartón. Pero no faltaban los juguetes de hojalata, soldaditos de a centavo, alcancías, flautas, que traían los alfareros de Tonalá. El dos de noviembre los papás llevaban invariablemente a los niños a la calle de Pedro Moreno a comprarles fruta cubierta, charamuscas, calaveras de dulce, piloncillos de azúcar con jamaica y chía, hasta que llegó la nueva sensación: una máquina de hacer quequis (cakes), es decir, los pancakes de Estados Unidos. Cuando el urbanismo obligó que saliera la feria de las calles de Galeana, mandaron los puestos al jardín de San José de Gracia y luego al parque Morelos donde todavía sobreviven pero sin olor a cartón y a cola.

Mario Z. Puglisi Adolfo Ochoa Nuria Blanchart
Revistas femeninas Funeral de El Barón Ornelas Las muelas caídas de San Isidro

La revista Aurora –publicada entre 1919 y 1923 y considerada por los investigadores Celia del Palacio y Wolfgang Vogt como la más importante publicación para mujeres de principios del siglo XX– seguía básicamente el concepto –hoy arcaico– de que la literatura, y en particular la poesía, había sido hecha por y para el “sexo débil”. Sin embargo, también incluía autores de calidad, como el ultraísta Jesús Aguilar Villaseñor. Algunos años adelante, apareció en Guadalajara una publicación que no respondía a las convenciones de una revista para mujeres de la época: Iconoclasta (1935), hecha asimismo por mujeres y que exhortaba a la emancipación femenina y al rechazo de cualquier ideología religiosa con tintes de fanatismo.

Santiago El Barón Ornelas, vecino del barrio del Santuario, era bastante conocido en su época por ser medio poeta, descarado e imprudente hasta reír. En una ocasión tuvo la extraña idea de hacerse pasar por muerto en su barrio. Compró un cajón de no muy bajo precio, alquiló algunos cargadores que ya estaban avisados, rentó unas calandrias para hacer más solemne el cortejo fúnebre y con su “bandera amarilla” significando que eran de transporte proletario. Reunidos los elementos, El Barón se dispuso a representar su escena mortuoria: dentro del ataúd recorrió las calles de Guadalajara seguido de una charanga que sonaba tristemente y que daba un aire de grandeza a la caravana. Cuando don Santiago pasaba por el jardín del Santuario, que tenía una pila con cuatro tortugas que vomitaban agua, abrió la caja, se levantó y al punto dijo: “¡Un momento, señores!”, y cuando la comitiva se detuvo el supuesto difunto se dirigió a la pila y a voz en cuello dijo: “Adiós pila del Santuario con tus cuatro tortuguitas. Adiós, viejas del rosario. Adiós, muchachas bonitas”. Esto lo hizo en el momento en que la gente salía del rosario hacia el jardín del Santuario, causando gran alboroto y diversión entre todos los presentes.

Antes de llegar al Bosque Centinela, uno puede tomar una desviación hacia el poblado Río Blanco donde se encontrarán unas formaciones rocosas tan poco comunes que se podrían escuchar acordes que rebotan desde los ángulos más escondidos de estas creaciones naturales de equilibrio excepcional. El lugar es conocido popularmente como El Diente y es favorito de familias enteras, escaladores y parejas de jóvenes para pasar un día domingo de esparcimiento. Perteneciente a la Sierra de San Esteban, esta zona tiene varias piedras que han sido nombradas por los miembros de la comunidad de Río Blanco; por ejemplo, La Muela, El Colmillo y La Calavera. Son nombres conocidos por generaciones de ayer y de hoy que conocieron El Diente en sus mejores épocas, cuando todavía estaba “en las afueras” y no en medio de tanto condominio y fraccionamiento.

Angélica Íñiguez Mario Z. Puglisi Mariana V. Gómez
El cólera chico Enrique González Martínez Otra muestra de la rivalidad México-Guadalajara

Pablo Gutiérrez había logrado una merecida fama y respeto como médico del Hospital de Belén. Tanta, que sus dictados eran obedecidos al pie de la letra por sus colaboradores. En 1853 se declaró en Guadalajara la terrible epidemia denominada del cólera chico, la cual una vez contraída significaba estar al pie de la tumba. Las docenas de enfermos de cólera que eran auscultados diariamente por el médico Gutiérrez, recibían un diagnóstico nada halagador, que al cabo de poco tiempo se cumplía irremediablemente; bueno, casi. José Elizalde, admirador y ayudante del médico Gutiérrez, tenía por cometido trasladar a los pacientes al descanso, una vez que dieran señales de muerte. Elizalde había tomado práctica de sujetar de las muñecas y cargar en su espalda a los desahuciados. Aconteció que al llevar a cuestas a un infortunado, éste le dijo con voz lastimera: “¡Quiero un atolito!” A lo que Elizalde replicó “Cállate, tú ya estás muerto”. Metros adelante, el paciente volvió a clamar: “¡Quieeero un atoliiito!” A lo que Elizalde con molestia le increpó: “¡Qué!, ¿vas a saber tú más que el doctor Gutiérrez?”.

El 13 de abril de 1871, Guadalajara vio nacer a uno de los poetas más destacados del siglo XIX. Enrique González Martínez estaba destinado a dejar sus letras impresas al lado de un sinfín de reconocimientos internacionales. A temprana edad inició su educación literaria y sus poemas pronto fueron publicados. Colaboró y fundó revistas en la Ciudad de México y en varias partes del país. Se recibió de médico en 1893, profesión que combinó con su vocación de poeta. La familia emigró a Sinaloa donde se casó con Luisa Rojo –quien murió en la década de los treinta a causa de una picadura de víbora. En esa misma década muere también su hijo poeta Enrique González Rojo. Muchos de sus poemas llevan inmerso el dolor de ambas muertes prematuras e inesperadas. Publicó varias obras; entre ellas, Los senderos ocultos (1911), poemario que lo colocó en un lugar importante dentro de la literatura mexicana, quizá debido a la crítica de los sentimentalismos parnasianos tan en boga. Fue nombrado ministro plenipotenciario en Chile, Argentina, España y Portugal. A decir de Octavio Paz, González Martínez “fue en realidad el único poeta modernista” de México, debido a que dotó a este movimiento poético hispanoamericano de una conciencia moral de su propia falsedad. Una calle en el centro de la ciudad lleva su nombre.

En 1884, las autoridades de la Ciudad de México dispusieron que el Distrito Militar de Tepic (7° Cantón) pasara a ser Territorio de la Federación, despojándosele a Guadalajara, de manera definitiva, la posibilidad de desarrollarse mediante las comunicaciones marítimas por el puerto de San Blas. El denominado Son de la Negra conserva y atestigua una remembranza de las mercaderías de las naos de China que llegaban a Jalisco por esta vía, al referir: “...cuándo me traes a mi negra, que la quiero ver aquí, con su rebozo de seda que le traje de Tepic.”

Adolfo Ochoa Cecilia López Adolfo Ochoa

Triviario tapatío segunda edición

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Costo: $350.00 pesos.