Trivias de inicio

López Cotilla y el sistema lancasteriano de educación Oratoria convincente de Villa A Palillo le disgustaba la escuela

Al lograr su independencia, México debió afrontar la dura realidad del analfabetismo: urgía la educación. En tiempos de Iturbide se pensó que podría funcionar, en el recién nacido país, el sistema creado por el inglés Joseph Lancaster. Básicamente consistía en utilizar a los alumnos de mayor edad y aplicación para que ellos se convirtieran en transmisores de conocimientos, en ‘monitores’ como se les denominaba. Ellos debían repetir las lecciones a grupos de entre 10 y 20 niños, habilitando como aulas espacios en los que pudieran sentarse en torno suyo los pupilos y con un sistema de inspectores que supervisarían a los improvisados maestros y les dotarían de material didáctico elemental, como carteles y mapas. En Guadalajara –muestra del déficit educativo–, sólo existían tres escuelas públicas en 1821; en 1834, y luego nombrar como encargado de la Comisión de Escuelas a Manuel López Cotilla, éste se dedicó a la creación de ellas, apoyándose en el sistema lancasteriano. López Cotilla, hijo de un comerciante español, no solamente abrió nuevas escuelas primarias en la ciudad sino que también lo hizo en los pueblos periféricos, como en Toluquilla, San Sebastián, Santa María, San Pedro y en Mezquitán. Una calle, que va desde la Minerva a la Calzada, recuerda a quien durante veinte años y hasta su muerte fuera un gran impulsor de la educación pública. Larga calle con buen nombre.

La oratoria es el arte de convencer con la palabra; eso lo conocía Francisco Villa. El 14 de febrero de 1915, después de haber hablado desde el balcón de Palacio en Guadalajara, obtuvo para la causa revolucionaria un millón de pesos de los tapatíos pudientes convocados en el salón de embajadores. El rico José Cuervo le proporcionó tres mil pesos, y Eladio Sauza quinientos. Villa les dijo: “... yo no soy político, pero voy a hablarles con el corazón... sé que como hombres honrados cooperarán con su granito de arena para el Estado... espero me contesten sí o no, porque yo no quiero para mí... ¿no hay quien responda?... yo no vengo a robarles... hablo con el mexicano de mi raza; si el extranjero tiene negocios y ha venido aquí, será porque ustedes lo habrán invitado, no porque lo haya invitado yo”. Los empresarios tapatíos quedaron muy convencidos, porque también Francisco Villa les habló de la Revolución... Francesa y de cómo en ella se usó la guillotina. Villa empleaba una oratoria convincente, y era congruente entre el decir y el hacer.

Al cómico Jesús Martínez Rentería, Palillo, nacido en el barrio del Santuario de Guadalajara, nunca le gustó la escuela. En el colegio Luis Silva, que en ese tiempo funcionaba como internado, pasó muchos domingos castigado, sin ir a casa, por ponerle apodos a los maestros y por algunas otras ocurrencias. Su padre, Jesús Martínez, era músico y quería que sus hijos aprendieran a tocar algún instrumento, pero la muerte se lo llevó antes de que pudiera enseñarlos y su mujer, que daba clases de catecismo, vendió el piano para solventar los gastos. Cuando corrieron a Palillo del Luis Silva, su madre lo envió a reformarse a un plantel militar en la ciudad de México, la Escuela Industrial, y como si fuera argumento de película cómica mexicana, el pelotón al que pertenecía el futuro actor y pionero de la crítica política en las carpas de México, estaba comandado por Mario García Vargas, Harapos, que luego participó en películas como Capulina corazón de león, La mujer del carnicero y Tívoli.

Álvaro González de Mendoza Adolfo Ochoa Angélica Íñiguez
El Lucifer El tiempo de los clubes Antes de la electricidad

En la calle de Maestranza, exactamente en los altos del famosísimo Panchos, pionero de los bares gay de Guadalajara, se encontraba en la década de los setenta un antro llamado Lucifer. Era la época de escasez de lugares donde los jóvenes pudieran escuchar rock en vivo y este lugar les ofrecía cada domingo la posibilidad. Grupos de Guadalajara, del Distrito Federal y de otros lugares, tocaban en esta versión tapatía de los llamados hoyos fonquis capitalinos: un galerón sin salidas de emergencia, donde hacía un calor impresionante y donde la gente se apretujaba para escuchar altos decibeles. Nada amedrentaba a los jóvenes que todas las semanas escuchaban atentos los promocionales que emitía la radio a través de la estación Canal 58 y que comenzaban siempre con el grito de un locutor que decía: “Lucifer…Proyecta!!!”.

Los puristas del lenguaje no dudan en robarse palabras en singular de otros idiomas y luego dizque castellanizarlas en plural. Es el caso de club y es el caso también de que dicha forma de organización convierte al ser individual en un ser colectivo; allí el ser tribal afirma su persona singular en una singular colectividad distintiva. De hecho los tales clubs se llamaban también casinos, centros o círculos, nombres alusivos a la exclusividad de los lugares de reunión. Tras ellos, razones étnicas, económicas, deportivas o aun políticas (contra Don Porfirio surgió el Club Antirreeleccionista). Así, el Casino o Centro Jalisciense, para genteconocida local, en principio estuvo en 16 de Septiembre y luego se mudó a Vallarta y Lafayette; el Club Alemán, en el Portal Bravo por Pedro Moreno; el Centro Español, en la calle Colón; el Círculo Francés, allí en López Cotilla. Con carácter más deportivo y uniendo a practicantes de determinadas actividades de esa índole, el Club Guadalajara se estableció en Bosque –hoy José Guadalupe Zuno– y Unión, ya en 1923; el Atlas, en el llamado Paradero, camino a San Pedro; el primitivo Country Club, para albergar a los primeros bastoneros pegapelotas tapatíos, en la extremidad occidental de Vallarta, donde ahora está el Centro Magno. De menos alcurnia, el Casino de la Mutualista de Empleados de Comercio. En todo caso, los clubs dan valor… tribal. ¿Trivial?

Antes de que la luz eléctrica iluminara las calles de Guadalajara, el sistema de iluminación pública era a base de cazoletas de barro llenas de sebo en el que se empapaba un trapo a guisa de mecha para que ardiera durante la noche en las cornisas y salientes de las casas. A las nueve de la noche, las calles lucían tenebrosamente oscuras puesto que los mecheros de petróleo que ardían eran simples puntos de referencia que apenas iluminaban los alrededores. Cuando obscurecía, recuerda López Portillo y Weber, “un atrabancado, incansable y paciente mozo recorría las cornisas con grave peligro de su vida, haciendo sentadillas y encendiendo las cazoletas con una antorcha que llevaba al efecto”.

Alfredo Sánchez Álvaro González de Mendoza Cecilia López
Las calles Pneumático Incendios en la Plaza de Armas

Como en toda población de la extensa república, los nombres de las calles de Guadalajara han estado sujetos a los vaivenes de la política. A principios del siglo XX, la ciudad presentaba algunas avenidas, calles y callejones, con nombres tan diversos que muchos de ellos parecían ingenuos o tomados de hechos curiosos. Los nombres se registraban en placas de ladrillo elaboradas en San Pedro Tlaquepaque, y se podía leer: la Acequia, el Oso, la Joya, los Gachupines, Polvorilla, Rastrillo, Chocolate, Olas Altas, el Encanto, etcétera. Por los barrios de Mexicaltzingo, Analco, el Santuario y la Capilla de Jesús, el transeúnte se encontraba con callejones cuyos nombres podían ser: el Cuerno, Agua Escondida, la Compañía, la Mala Hora, el Molino, los Pericos, la Nalgada, Salsipuedes, las Ventanitas, etcétera. Después del triunfo de la revolución maderista de 1910, se procedió a cambiar los nombres para dar un reconocimiento a personajes o hechos de la historia nacional. Así, la calle de San Francisco fue luego avenida 16 de Septiembre; la del Santuario, avenida Pedro Loza; la del Carmen, avenida Juárez; la del Palacio, avenida Corona, la de Santa Teresa, calle Morelos; el Paseo Porfirio Díaz, Calzada Independencia; las Capuchinas, Contreras Medellín; la Borrasca, Dionisio Rodríguez; la del Tequesquite, avenida Libertad, y así otras. Esta costumbre permanece y en nuestros días hemos presenciado el mismo fenómeno: otras calles han visto borrar sus nombres y adquirir nueva personalidad con los de hombres ilustres o hechos trascendentales para la comunidad tapatía.

Los chicos que bautizaron su grupo como Pneumus recogían de la calle o de las casas de sus amigos lo que otros consideraban basura. Lo llevaban a su taller denominado, claro, Pneumático. Allí ensayaban su música, al estilo de la orquesta de Goran Bregovik o Jan Tiersen, con bajo, flauta, saxofón, acordeón, silbatos diversos, arañas de hule pitador y cualquier otro cacharro. Adoptaron las maneras de los personajes del cine mudo: se vistieron en blanco y negro y enmudecieron, como en las películas de Chaplin, los Lumiére, George Méliès y Buster Keaton. Nadie entendía bien a bien lo que hacían, hasta que Helmut Köhl los invitó a presentarse en su galería, la Haus der Kunst. El grupo tapatío fue, lo que llaman los productores, una revelación. Desde entonces tocan en distintos foros y cada vez están más presentes en la escena local y nacional. Pneumus volvió a la manera antigua de sonorizar el cine, en vivo y con diversos elementos de la imaginación.

En tres ocasiones –una cada siglo– se incendió el portal Guerrero (contra esquina del Palacio de Gobierno). La primera vez en 1702 salió el fuego de una jarcería; la segunda, en 1845, de una tienda de telas, y la tercera en 1926 proveniente de una cantina y una pastelería. Las crónicas recuerdan que durante el siniestro de 1845 se presentó el gobernador del estado, don Antonio Escobedo, quien giró instrucciones para traer cientos de cántaros y formar una brigada de cubetas para transportar agua desde la fuente que se encontraba en la Plaza de Armas hasta los portales; se formaron dos filas de voluntarios, una para hacer llegar el agua y la otra para regresar los cántaros vacíos. Finalmente, fueron sofocadas las llamas. A causa de estos incendios se llamó al portal de Guerrero como el “portal quemado”.

Hugo Torres Salazar Angélica Íñiguez Nuria Blanchart

Triviario tapatío segunda edición

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