Trivias de inicio

Primera doctora Universidad Autónoma de Guadalajara El Doctor Atl testigo de un magnicidio

María Jacinta de la Luz Curiel fue la primera mujer que ejerció como médico en la ciudad de Guadalajara. Desafiando las ideas de la época que consideraban a la medicina como una profesión exclusiva de varones, ingresó a la Universidad de Guadalajara en 1924 y obtuvo su título en 1931 –antes se había graduado de maestra. María Teresa Fernández Aceves, quien hizo una investigación sobre las primeras mujeres egresadas de la Universidad de Guadalajara, afirma que la primera mujer en completar los estudios de medicina fue Juana Navarro, pero al terminar la carrera se marchó de Guadalajara. Jacinta sufrió discriminación como estudiante y como doctora. Nunca le permitieron hacer una cirugía en el Hospital Civil y sólo la dejaban trabajar como auxiliar. Sin embargo, se mantuvo firme y logró ganarse la confianza de los pacientes. En 1955 inauguró el Centro de Diagnóstico Precoz del Cáncer en las Mujeres, el primero en Guadalajara, donde trabajó hasta 1978. La decana de las doctoras en Guadalajara murió el 27 de noviembre de 2002.

En 1933, el rector de la Universidad de Guadalajara, Enrique Díaz de León, postuló la educación socialista en las universidades con esta frase dicha en el Congreso de Universitarios Mexicanos: “la universidad debe ser de izquierda para estar de acuerdo con la época en que vivimos y debe instituir el sistema socialista”. Indignados, parte del estudiantado y de la sociedad civil de Guadalajara reaccionaron con inusitado vigor a las disposiciones y leyes que establecían la enseñanza socialista desde la primaria a la universidad. El 23 de octubre, los estudiantes –conducidos por Carlos Cuesta Gallardo y los hermanos Angel y Antonio Leaño Álvarez del Castillo– declararon la huelga general y tomaron el edificio de la universidad como un intento por impedir la aplicación del artículo 3º de la Constitución. Al no lograrlo, conformaron la Federación de Estudiantes de Jalisco el 3 de marzo de 1935. Después de esta crisis política, el gobierno tomó la decisión de crear una universidad autónoma, la Universidad Autónoma de Guadalajara, lo que se hizo sin ningún apoyo estatal, a base de donaciones y con renuncia total de honorarios del profesorado. Su primera sede fue en la calle Silverio Nuñez 28, y desde entonces quedó incorporada a la Universidad Nacional Autónoma de México.

El asesinato del gobernador Ramón Corona en 1889 y el posterior suicidio de su victimario –el joven maestro de primaria Primitivo Ron–, se discutieron en diferentes crónicas policiales. En ellas, los elementos del crimen varían según la estructura de cada relato. Para Pérez Verdía en Historia particular de Jalisco (1911), el asesino era un loco; el periódico El abate benigno (en una nota aparecida cuatro días después del asesinato) coincide con esta versión. En cambio, el pintor tapatío Gerardo Murillo, popularmente conocido como el Doctor Atl y testigo presencial del hecho, destaca en su libro Cuentos de todos colores (1933) que la locura sólo contribuyó parcialmente, pues “dos hombres misteriosos” dirigieron el suceso fatal. Según Pérez Verdía, el asesino se suicidó con cuatro puñaladas en el corazón; el Doctor Atl asegura que el hombre fue asesinado precisamente por dichos “hombres misteriosos”. Los hechos, a decir de Pérez Verdía, sucedieron así: “Por Pedro Moreno, [el gobernador] anduvo dos cuadras y dio vuelta en Degollado y cuando casi llegaba a la del Carmen fue apuñalado”. El Dr.Atl dio dos versiones. La primera, oral, a Guadalupe Zuno: “Estando yo en un balcón en la calle del Carmen se veía la de Degollado donde sucedieron los hechos”. La segunda, escrita: “vi al gobernador desde el balcón de Maestranza, y casi al llegar a la esquina fue apuñalado”. Finalmente, para el periódico El abate benigno, el gobernador fue asesinado en la calle del Carmen. La única verdad que quedaba era el brazo de Primitivo Ron que se exhibió en el Museo Regional de la ciudad, hasta que misteriosamente desapareció.

Juan Carlos Núñez Bustillos Nuria Blanchart Nuria Blanchart
Monumento sin bandera Hoy ilustres, antes relapsos Basura y cencerro

Garita de San Pedro, puerta de entrada y salida hacia el Oriente; portón urbano principalísimo y llamado así: de San Pedro. Lo de “Tlaquepaque” sustituyendo al sampetrino nombre, fue cosa de la modernidad del siglo XX y por el toque indigenista tan republicano y tan atractivo para fines turísticos. La garita estuvo donde estuvo “viendo pasar el tiempo” y a la historia, hasta que una honorable dama de la sociedad tapatía –su nombre, Chila (sic)–, tuvo a mal más que a bien chocar con su automóvil y acabar sus días allí. Corrían como el auto de Chila, los años cuarenta, y el goberenturno decidió condenar a muerte el estorbo urbano causante de la tragedia. Brillante idea secundada por un no menos brillante arquitecto –profesión incipiente en aquel entonces en estas tierras– y se procedió a demoler el monumento histórico. Nada mejor que poner en el sitio al emblema nacional: el águila. Tan bien realizada quedó esa águila de cantera que el populacho irreverente la bautizó de inmediato como “el zopilote mojado”, en una muestra de insensibilidad artística colectiva. Y junto a la supuesta y modernista águila, un asta para izar allí la enseña patria. ¿El nombre del conjunto escultórico urbano? ¡Monumento a la Bandera! El asta, está, pero la bandera nunca. Y la garita fue aniquilada por los abanderados del progreso.

La Rotonda de los Jaliscienses Ilustres alberga los restos de personas consideradas ejemplares. Tiempo atrás, sin embargo, a quienes daba albergue este espacio, eran todo lo contrario de ilustres. Cuando la congregación del Colegio Seminario se extinguió en 1775, se utilizó el edificio para recluir a los sacerdotes “relapsos”, es decir, religiosos de actitudes poco ortodoxas y aun reprobables. El cabildo de la catedral decidió demoler el Seminario y construir la iglesia de la Soledad. Después de La Reforma ese edifició sirvió para oficinas del gobierno federal, y terminó siendo demolido en 1951 para formar uno de los brazos de la Cruz de Plazas; intervención urbana del arquitecto Ignacio Díaz Morales.

El distintivo sonido de los cencerros que utilizan los recolectores de basura para anunciar su proximidad tiene una historia ya centenaria. En las Ordenanzas para el ciudad, conservación y limpieza de las calles de la ciudad de Guadalaxara, de 1797, se establece: “Ninguna persona arrojará basuras en las Calles ni esquinas como se ha acostumbrado, sino que reservándolas dentro de sus Casas, las echarán en el Carretón que pasará por ellas de mañana cada segundo dia, con arreglo a la obligación del Asentista, avisando su llegada por medio de un Cencerro, en las esquinas, y en medio de cada quadra para recogerlas; bien entendido que si las vaciaren en la calle, se les exigirán doce reales por la primera vez, tres pesos por la segunda, y seis por la tercera, y si se verificase que el Carretonero no cumple en alguno de los dias señalados, se le impone la pena de seis pesos por cada vez, entendido, que deberá recoger las basuras todas la mañanas de Miércoles y Sábados para desembarazar también las Calles de sus barridos.”

Álvaro González de Mendoza Angélica Íñiguez Juan Carlos Núñez Bustillos
“La guerra es un azar” La voz de Villoro De relojes

Cuando Benito Juárez instaló su gobierno en Guadalajara en febrero de 1858, el gobernador era Jesús Camarena y jefe militar, el general Silverio Núñez, quienes eran incondicionales a la causa republicana. En el palacio de gobierno, Juárez consideró conveniente concentrar las fuerzas militares. Camarena redactó la orden mediante un mensaje que iniciaba diciendo: “La guerra es un azar; sin perder tiempo, reúnanse en esta ciudad (...)”. Pero el coronel Antonio Landa, con un grupo de sublevados, se rebeló contra su superior, el general Núñez y el gobierno de Juárez, y se dispuso a atacar Palacio. Núñez acudió el día 13 de febrero a identificar la postura de Landa, encontrándolo apostado en el edificio de la Universidad (Biblioteca Iberoamericana, Edificio Lutecia), y apuntando la artillería hacia Palacio. Núñez le pidió a Landa subordinarse, sujetándole de las solapas y llamándole traidor. Viendo el forcejeo, un soldado de Landa disparó a quemarropa. Pero debido a la buena suerte de Núñez, la bala se incrustó en su reloj de oro que traía en la bolsa del chaleco, aplastándole completamente la maquinaria y las dos tapas. Se salvó de la muerte, ese día, por azar.

Juan Villoro es un bien conocido cuentista, novelista, cronista y ensayista capitalino a quien la radio no le ha sido ajena. Muy joven, en su Distrito Federal natal, producía un programa de pinkfloydesco título: El Lado oscuro de la luna, donde hablaba de su pasión por el rock y ciertos discos. En Guadalajara se empezó a escuchar su voz en la radio en 1993 a través del programa Entrada Libre de Radio Universidad. Tres veces a la semana se escuchaban sus colaboraciones mañaneras musicalizadas por Bernardo Esquinca –también escritor, periodista y entonces muy joven productor de la radio– que versaban sobre muchos temas y tenían siempre un ánimo paradójicamente ligero y profundo a la vez. Cualquier asunto: fútbol, tecnología, literatura o nimiedades de la vida cotidiana era abordado por Villoro de manera desenfadada pero siempre rigurosamente informada. La sección se llamaba, igual que un cuento del propio Juan, Espejo retrovisor.

Eso de que los relojes llegaran a ser objeto de uso personal no fue posible sino hasta bien avanzado el siglo XIX. En cambio la necesidad de saber la hora del día en que se vive data del momento en que el humano cobró conciencia del tiempo. Así, durante al menos dos coloniales siglos, Guadalajara rigió sus compases con la complicidad del sol y con la menor que mayor precisión de relojes que marcaban la sombra horaria. Ejemplos: los que se encuentran en Palacio de Gobierno y en el Museo del Estado. Pero la tecnología europea que encontró fórmulas mecánicas para la cronometría –las pesas y la cuerda liberadora gradual de engranes– llegó al valle y permitió la instalación de relojes públicos precisos. La ciudad recibió en el siglo XVIII un real regalo: un reloj del propio rey Carlos IV que fue instalado con su carrillón de campanas vociferantes de la hora –día y noche– en la fachada de Catedral. En 1884, el gobernador Tolentino inauguró el reloj de Palacio que sigue con su pública función. Que en 1914 los villistas hayan tratado de “asesinarlo”, es cuento de otra trivia.

Adolfo Ochoa Alfredo Sánchez Álvaro González de Mendoza

Triviario tapatío segunda edición

De venta en librerias Gonvill. Entregas a domicilio enviando email a: envios@tediumvitae.com

Costo: $350.00 pesos.