Trivias de inicio

La Peregrina Mariano Valdés, impresor Cuicos cantadores

Para el siglo XVII, los poderes milagrosos de la virgen de Zapopan habían llegado a manifestarse en respuesta a problemas ocasionados por inundaciones o sequías y, posteriormente, al enfrentar otro tipo de desastres. A partir de que la Iglesia la declarara oficialmente milagrosa en 1653, la credibilidad entre la población que recurría a su protección fue creciendo a grados tales que surgió la necesidad de su desdoblamiento. Así, a partir de 1734 apareció una segunda versión de sí misma, conocida como La Peregrina, aunque con atuendo diferente –sombrero y rebozo– al de la original, concebida para viajar a otros templos del rumbo que solicitaban su sagrada presencia. Actualmente, durante la época de lluvias (junio a octubre) visita cada una de las 172 parroquias de Guadalajara para prestar su ayuda en la prevención de inundaciones, problema permanente en las zonas bajas. Así pues, desde aquel 1734 hay dos figuras de la virgen: la original que permanece en la basílica del municipio de Zapopan, y La Peregrina que va de un lugar a otro. La deteriorada imagen original tiene 450 años.

Mariano Valdés Téllez Girón, impresor de la ciudad de México, en 1791 vio que la ciudad de Guadalajara carecía del beneficio público de la imprenta y decidió proporcionar a sus moradores “las utilidades que traen consigo y se siguen de semejantes inventos”, y le escribió al presidente de la Real Audiencia de Guadalajara para ofrecer el establecimiento de la imprenta –siempre y cuando se le concediera “el privilegio exclusivo perpetuo” para imprimir todo lo que se le pidiera “sin que otra alguna persona pueda ejecutarlo en la misma ciudad sin su permiso”. Valdés alegaba que el privilegio le permitiría “resarcirse” del cuantioso importe de la instalación de la imprenta, pero el rey era la única autoridad que podía concederlo por lo que la Real Audiencia de Guadalajara le señaló que disponía de tres años para solicitarlo y “persuadir el beneficio que resulta de las imprentas que son unos de los mejores inventos y los gravísimos perjuicios que no pueden dejar de originarse de su defecto”. El 7 de febrero de 1792, Mariano Valdés estableció la imprenta en la calle Cerrada de Loreto del Colegio de la Compañía de Jesús; poco después, en una casa frente a la plaza de Santo Domingo. El rey Carlos IV, en 1793, otorgó el privilegio solicitado –pero sólo por diez años. El primer texto en imprimirse fue una recopilación de los Elogios fúnebres del Ilustrísimo Sr. Alcalde, indudable aval para el establecimiento de la imprenta aquí y que no vio coronado su esfuerzo.

Cuicos se les llamaba a los serenos de Guadalajara del siglo XVI que anunciaban el estado del tiempo en un estribillo cantaleteado: “¡Ave María Purísima, las once y nublado!”. Los indios los llamabanc cuiones, que significa “cantadores”.

Desaparecieron los serenos y llegaron los gendarmes que ni cantaban ni gorgoreaban pero nadie se preocupó en cambiarles el mote: cuico se quedó.

Nuria Blanchart Nuria Blanchart Nuria Blanchart
Un poeta: Manuel M. González Los niños son Todos los Santos Carbonario hermano Garibaldi

Nacido en La Barca, Jalisco, en 1854, Manuel M. González fue uno de los poetas más destacados de su época. Autodidacta y con vocación de pulir su pluma con medios propios hasta llegar a formar obras y poemas dignos de despertar la admiración de sus contemporáneos. Se distinguió por enaltecer temas relacionados con la vida campestre y amorosa. “Su Primavera es una bellísima composición de antología; La golondrina tiene un carácter y un sabor jamás igualados”. También tejió con sus letras algunos cuentos como: La tumba de Magdalena y La última tentativa. Fue empleado en la imprenta del Gobierno del Estado desde muy joven y un periodista de prestigio que colaboró en publicaciones como El Cascabel, El Clarín, El Día de la Patria y otros. En 1885 formó parte de la Primera Convención de Periodistas de Guadalajara, y fue fundador, junto con Victoriano Salado Álvarez, del diario de la tarde El Correo de Jalisco, en 1895. El 11 de abril de 1897 Guadalajara despidió para siempre a un poeta que es hoy poco recordado.

En 1940, la fiesta de Todos los Santos era en realidad una fiesta para los niños. Había que ir a la feria que se ponía a espaldas de la Universidad de Guadalajara a lo largo de la calle Galeana –de Morelos a Madero–, donde a dos cuadras de distancia olía a pegadura de cola de carpintero y de rigor había que comprar un casco, un caballito y una grotesca máscara –por supuesto todo de cartón. Pero no faltaban los juguetes de hojalata, soldaditos de a centavo, alcancías, flautas, que traían los alfareros de Tonalá. El dos de noviembre los papás llevaban invariablemente a los niños a la calle de Pedro Moreno a comprarles fruta cubierta, charamuscas, calaveras de dulce, piloncillos de azúcar con jamaica y chía, hasta que llegó la nueva sensación: una máquina de hacer quequis (cakes), es decir, los pancakes de Estados Unidos. Cuando el urbanismo obligó que saliera la feria de las calles de Galeana, mandaron los puestos al jardín de San José de Gracia y luego al parque Morelos donde todavía sobreviven pero sin olor a cartón y a cola.

“Te felicito Beni porque fusilaste a Maxi. Firma Gari…” Claro que el mensaje no decía así, pero en esencia eso fue: la manifestación de apoyo solidario de un republicano que luchaba por la unificación de su país (Italia) y el firmante del mensaje era Giussepe Garibaldi, el gran carbonario. El receptor del mismo, y felicitado en términos tan elogiosos como rimbombantes, era –claro– Benito Juárez. La misiva fue el origen de una gran hermandad trasatlántica entre individuos identificados, además, por su amor al hermetismo –los “carbonarios” italianos eran un grupo exclusivo que, basado en juramentos y claves secretas, luchaba por sus metas nacionalistas. La filiación de Juárez a la masonería –grupo hermético tras el poder–, vinculó a ambos personajes a tal punto que Garibaldi se convirtió –a pesar de su lejanía geográfica– en figura nacional. En 1914, la hasta entonces calle de San Diego en Guadalajara, por decreto de los constitucionalistas-carrancistas-juaristas (todo eso) cambió de nombre y desde entonces es Garibaldi. Pero hay ejemplos más sorprendentes de la hermandad juarista-garibaldina-republicana. La plaza símbolo del quesque folclor nacional capitalino, epicentro mariachero, es ¡la plaza Garibaldi! Y la itálica admiración por don Benito, hizo que sus padres llamaran así a ese personaje funesto de la historia mundial: Benito Mussolini. Todo por una carta de hermanos: del carbonario al presidente Juárez.

Cecilia López Nuria Blanchart Álvaro González de Mendoza
Reducción de fiestas Feas estatuillas de barro Fiestas guadalupanas

En Guadalajara llegaron a celebrarse treinta y dos fiestas religiosas fijas en las que la ciudadanía fomentaba más bien un vicio por la ociosidad que un fervor sincero en la conmemoración de algún suceso importante. La ciudad se transformaba y quedaba prácticamente sumergida en los festejos durante días enteros. Esta situación molestó mucho a los gobernantes de España, así que ordenaron la reducción inmediata de todas aquellas celebraciones. Con esta restricción quedaron nueve fiestas oficiales al año. Algunas de éstas pertenecían a celebraciones de la vida personal de Carlos IV, como el festejo del “Feliz parto de la reina de nuestra señora”, “que se festejó tanto religiosa como profanamente con artistas en las calles principales, así como también corridas de toros y comedias en un improvisado redondel en la Plaza de Armas, con aguas, colaciones y chocolates”.

Dice Arturo Carreño en su Diario íntimo del panteón de Belén que en 1910 se hicieron diversas adecuaciones al recinto: se aislaron de la humedad algunas bóvedas, se compraron una mesa y seis sillas para la oficina administrativa, así como “seis sogas, cuatro canastos grandes, seis chiquihuites y algunos otros objetos indispensables para el servicio”. Además, en la calle que conduce de la entrada principal al mausoleo central se instalaron doce bases de cantera con igual número de esculturitas de barro. Juan Ixca Farías se las llevó al Museo Regional de Guadalajara que había fundado recientemente, donde más tarde el gobernador José Guadalupe Zuno se encargó de fusilar, según hubo de confesarlo cuando escribió sus memorias. Pero Zuno –artista también– tenía una razón estética: “(las estatuillas) eran muy feas, por cierto, y esa la razón de la cruel ejecución”.

Las fiestas guadalupanas de Guadalajara se hacían con el mayor esplendor. Ocho días antes del novenario se preparaban carros alegóricos donde niñas vestidas de ángeles repartían los programas a desarrollar. La procesión del día 12 de diciembre salía del Santuario para recorrer las calles de Santo Domingo, San Diego y el Santuario (hoy avenida Alcalde, y calles Garibaldi y Pedro Loza). Las calles se engalanaban con numerosos lazos de telas finas, flores y altares que se mezclaban con los rezos y cánticos de los fieles. Había danzas durante las nueve noches y las casas se iluminaban con faroles de rehilete.

Cecilia López Angélica Íñiguez Cecilia López

Triviario tapatío segunda edición

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