Trivias de inicio

A Palillo le disgustaba la escuela El blanco de Chapala Clemencia, de Altamirano

Al cómico Jesús Martínez Rentería, Palillo, nacido en el barrio del Santuario de Guadalajara, nunca le gustó la escuela. En el colegio Luis Silva, que en ese tiempo funcionaba como internado, pasó muchos domingos castigado, sin ir a casa, por ponerle apodos a los maestros y por algunas otras ocurrencias. Su padre, Jesús Martínez, era músico y quería que sus hijos aprendieran a tocar algún instrumento, pero la muerte se lo llevó antes de que pudiera enseñarlos y su mujer, que daba clases de catecismo, vendió el piano para solventar los gastos. Cuando corrieron a Palillo del Luis Silva, su madre lo envió a reformarse a un plantel militar en la ciudad de México, la Escuela Industrial, y como si fuera argumento de película cómica mexicana, el pelotón al que pertenecía el futuro actor y pionero de la crítica política en las carpas de México, estaba comandado por Mario García Vargas, Harapos, que luego participó en películas como Capulina corazón de león, La mujer del carnicero y Tívoli.

El pescado blanco de Chapala fue, desde la época prehispánica y hasta la segunda mitad del siglo XX, uno de los platillos emblemáticos de Jalisco. En 1606, Alonso Mota y Escobar, obispo de Guadalajara, escribió que el lago “cría entre otros peces unos que los indios llaman en su lengua mexicana amilotes y el español le llama pescado blanco; es mayor de media vara, su carne excede en blancura a una leche cuajada, el gusto como de carne tan delicada, no es apetitoso si no se ayuda de condimentos; es sumamente sano, que se da a cualquier enfermo; cómense de una vez muchos sin recelo que dañe. No me acuerdo de haber comido en Castilla pez que se le parezca... Hay mucha cantidad a su tiempo y corrómpese muy en breve”. El gusto por este platillo y la abundancia del pez se perpetuaron durante tres siglos más. En el recetario Cocina Regional Jalisciense que Josefina Velázquez publicó en 1952, la autora señala: “El pescado blanco que se cría con más abundancia en el lago de Chapala tiene un exquisito sabor”. Con la degradación de Chapala, el pez empezó a escasear, sobre todo a mediados de los años 70. En la actualidad es una especie prácticamente desaparecida.

El destacado escritor liberal Ignacio Manuel Altamirano, hijo de padres indígenas del estado de Guerrero, comenzó la redacción de su novela Clemencia en la ciudad de Guadalajara, alrededor del año de 1867. Arrastrado por los acontecimientos históricos de su siglo, se improvisó militar en la revolución de Ayutla y después combatió en la Guerra de Reforma y en contra de la invasión francesa en México. Fue diputado en tres ocasiones al Congreso de la Unión, desde donde se pronunció en 1882 por la educación primaria laica, gratuita y obligatoria; fue literato de muchos géneros. Clemencia es considerada la primera novela moderna mexicana por su concepción, su estructura y cualidades formales. Altamirano, de paso por Guadalajara, contrajo feroz diarrea disentérica. Su lento reestablecimiento posibilitó que se pusiera a escribir en estas tierras.

Angélica Íñiguez Juan Carlos Núñez Bustillos Marco Antonio Martínez Negrete
Salmonelosis en el sitio de Guadalajara Muere Don Ferruco Un charro percudido

Las epidemias de cólera de 1833 y 1850 hicieron patentes las condiciones insalubres en Guadalajara y su directa relación con la higiene personal y la ausencia de medidas sanitarias en la ciudad. El 29 de octubre de 1860, las tropas liberales vencieron al general Severo del Castillo (a la sazón gobernador) en el sitio de Guadalajara. Fue una batalla sangrienta y dramática. Ese día hubo ciento sesenta y nueve heridos, los cuales fueron atendidos en el Hospital de Belén, donde el ejército liberal instaló su cuartel general de operaciones. Es de tomar en cuenta que también participó otro factor que causó innumerables bajas: la salmonella. En efecto, durante todo el sitio, ingresaron al hospital setecientos cuarenta y siete enfermos de salmonelosis; pero esta misma bacteria también se encargó de los conservadores. No tenía bando aborrecido. Los combatientes tuvieron que alternar sus actividades de cargar y disparar sus armas de fuego con frecuentes visitas al retrete.

Era mudo, y fue personaje de entresiglos: del XIX al XX. En una Guadalajara dimensionada en una escala mucho más humana, desempeñaba con toda propiedad el papel de “bobo del pueblo”, impensable en una ciudad despersonalizada, masificada y, por ello, incapaz de adoptar con cierto cariño a individuos peculiares. Se sabe que llegó del sur del estado, que nació en Atenquique y creció en Tonila. Que se llamó Alejandro Jazo y que su sordomudez era tara familiar. Que en la hacienda de Santa Cruz, a donde se fue a trabajar, el dueño le regaló un levitón y un sombrero de copa y su atuendo –obsequiado por diversión–, le acomodó tanto que así vestido llegó a la ciudad allá por 1888. ¿A hacer qué? Nada sino a sobrevivir, aprovechando que caía bien, que tenía cierto “don de gentes”, pues no hacía mal a nadie y no se molestaba por causar risas con su estrafalaria vestimenta. Deambulaba por el centro tratando –según él– de conquistar a las mocetonas que le gustaban, y hambres no pasaba pues en restaurantes y cajones del portal no faltaba quién le obsequiara provisiones de boca. Los muchachos ociosos le colgaban monos de papel del levitón bien pasado de moda, y él se defendía a bastonazos y aun los provocaba picándoles con su “elegante” bastón. Murió en 1918 y algún periódico publicó su deceso en la sección de sociales.

A principio de la década de los setenta la cultura del estado de Jalisco estaba en manos del Departamento de Bellas Artes y su cabeza era Juan Francisco González, quien contaba entre sus colaboradores con Pedro Matute en el área de cine. Pedro organizaba ciclos que fueron muy formativos para los cinéfilos de entonces: Bergman, Wells, Visconti, Antonioni y otros directores fundamentales eran exhibidos en el no muy cómodo auditorio de la Casa de la Cultura Jalisciense, allá por el rumbo del parque Agua Azul. Entre los proyectos de Matute también hay que mencionar un taller de realización cinematográfica al que se inscribieron muchos jóvenes ansiosos por practicar el séptimo arte. Fueron maestros en esa aventura don Carlos López Cabello, productor, y su hijo el periodista Carlos Cabello Wallace; también el director teatral Daniel Salazar y, por supuesto, el propio Matute. La culminación de ese taller fue el intento de realización de una película satírica en 16 milímetros que llevaría por nombre El Charro Percudido y donde, entre otros, participaba en la producción uno de los alumnos aventajados, Daniel Varela, más adelante fundador del Centro de Arte Audiovisual. No se sabe qué fin tuvo el charro cinematográfico perpetrado por Matute y discípulos.

Adolfo Ochoa Álvaro González de Mendoza Alfredo Sánchez
Primer hospital Bailarines de origen chambelán Pitaya radiofónica

Cerca de 1557, cuando la capital del Nuevo Reino de Galicia era aún Compostela, el rey quería fundar un hospital con la finalidad de curar a los indios enfermos. Su deseo se vio cumplido ya en Guadalajara: un edificio de adobe, de apariencia pobre y con apenas unos cuantos cuartos fue el primer hospital de la nueva ciudad, llamado Hospital de la Santa Cruz. Estaba ubicado a un costado de la capilla de la cofradía (templo de San Juan de Dios). En un principio, el cuidado del hospital estuvo bajo la vigilancia de un grupo de cofrades, quienes pidieron la ayuda económica del rey para construir un cuarto grande donde cabrían 16 camas en tiempos normales y hasta 25 en casos de epidemias o urgencias. A principios de 1606, el hospital pasó a manos de los religiosos juaninos, cuyo primer Hermano Superior fue fray Andrés de Alcarás. Los juaninos le cambiaron de nombre al hospital y, haciendo honor al santo de su orden, lo llamaron San Juan de Dios. De todos modos, el servicio hospitalario no mejoró mucho, ya que la botica contaba con pocos medicamentos y los cuartos siguieron siendo insuficientes.

A quien fuera la primera maestra de danza moderna de esta ciudad le encantaban las fiestas de quince años, y no precisamente por el pastel o el convivio. Lo que deveras ella disfrutaba era el vals, sobre todo si la quinceañera debía ser acompañada por quince chambelanes. Celina López hacía un casting silencioso, mientras miraba a todos y a cada uno de los muchachos, de arriba abajo, por el frente y por atrás, para elegir al más talentoso y después integrarlo a su grupo. Hoy en día es difícil conseguir bailarines hombres, por diversos prejuicios sociales, pero con el trabajo de Celina en los años cincuenta, el primer grupo de danza moderna de la ciudad, el del IMSS, tenía igual número de mujeres que de varones. Y todos eran bailarines de origen ¡chambelán!

En 1993 aparecían, a la una de la tarde en Radio Universidad de Guadalajara, tres personajes que provocaron una verdadera conmoción en el cuadrante. Trinidad Camacho –mejor conocido como Trino-, Luis Usabiaga y Octavio Limón iniciaron un programa radiofónico irreverente en el que no dejaban títere con cabeza. La Pitaya Ye Ye, nombre de la emisión, convocaba lunes, miércoles y viernes, a una nutrida legión de radioescuchas atentos a sus ocurrencias. El programa era una continuación lógica de una emisión nocturna que tiempo atrás se transmitía en la misma emisora: El Festín de los Marranos, donde participaban Julio Haro, el propio Trino, Paco Navarrete, el Che Bañuelos y otros. En la efímera Pitaya… se burlaban de todo y de todos: de la conservadora moral tapatía, de los funcionarios gubernamentales del momento, de las mismísimas autoridades universitarias. Todo ello a través de hilarantes scketches, entre otros: El Matacursis, Provocando a la Censura o Los Cuentos del Tío Guayabito. Aunque parezca paradójico, el fin del programa no fue provocado por la censura externa sino por los desacuerdos y conflictos internos entre los tres conductores del programa. A pesar de lo fugaz de La Pitaya…, años después muchísimos radioescuchas seguían recordando al desquiciado trío de conductores.

Cecilia López Angélica Íñiguez Alfredo Sánchez

Triviario tapatío segunda edición

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