Trivias de inicio

Combate de flores El cine sonoro llega a Guadalajara La Cámara de Comercio

Por los años treinta, se desarrolló una joven tradición en la que participaban las colonias extranjeras de Guadalajara, adornando carros con flores y desde luego con motivos típicos de su país. En cierta ocasión, la colonia española formó un patio andaluz; la alemana, el Graff Zepelin; la francesa, una réplica de la Bastilla. En este desfile también hacían acto de presencia la Compañía de Petróleos, la Lotería Nacional, la cigarrera El Águila, etcétera. Participaban también bicicletas adornadas y, orquestando el desfile con sus cornetas, se premiaban las diferentes categorías. María Félix engalanó uno de los carros florales. Pero el evento se dio por cancelado definitivamente cuando varios estudiantes empezaron a participar en el “combate de flores” hasta acabar con el orden, pues la competencia se convirtió en baldes de agua, hielazos, manojos de santamaría bien apretados que dolían como pedradas y, en más de una ocasión, abordaje de un camión a otro buscando pleitos.

Lo que verdaderamente revolucionaría al cine sería la llegada del vitáfono, un sistema de discos acoplados al proyector. En 1929 llegó, en inglés, The Jazz Singer, la primera película con sonido. Fue exhibida en el Cine Lux (en el segundo piso de un edificio en la esquina de Morelos y 16 de Septiembre) propiedad de José Montes y de Carlos Pérez. Y a fines de 1930 se exhibieron también este tipo de nuevas películas en el cine Tobaré, aunque el sistema de discos acoplados al proyector se desincronizaba con mucha frecuencia, al grado de perder el sentido a la historia. Pese a estos inconvenientes, con la llegada del cine sonoro el séptimo arte dio un gran paso. La mala noticia fue para los músicos que ambientaban las películas, ya que fueron desplazados. Más tarde, cuando llegó el sistema de fotocelda –que consiste en fotografiar el sonido al margen de las imágenes–, desaparecieron las comunes desincronizaciones. Este sistema fue utilizado por primera vez en el Teatro Degollado y patrocinado por el gobernador José Guadalupe Zuno. Se colocaron doce bocinas atrás de la pantalla y por primera vez los tapatíos vieron y oyeron la llegada de una locomotora de vapor.

En 1888 los comerciantes tapatíos se reunían para hacer vida social –y uno que otro negocio– en el Círculo Mercantil: una especie de club que funcionaba por la calle de San Francisco, a una cuadra de la Plaza de Armas. Entre copa y copa, y entre sopa y sopa, los hombres de negocios más prominentes de Guadalajara comentaban el acontecimiento de actualidad: la llegada del ferrocarril a la capital de Jalisco. En el propio Círculo Mercantil, los empresarios tapatíos dieron forma y fondo a la Cámara de Comercio, fundada el 20 de junio del mismo 1888. Así las cosas, don Juan Somellera fue el primer presidente de una cámara inicial de 37 fundadores, quienes pensaron además en la necesidad de un órgano informativo. Así, el 7 de abril de 1889 nació el periódico El Mercurio Occidental, de corta vida debido a diferencias de criterio con su director Manuel Caballero, quien tenía un estilo animoso de hacer periodismo y una actitud firme en defensa de la libertad de expresión. Se elaboró entonces un nuevo boletín, el cual nació el 18 de agosto de 1889 bajo el nombre de Gaceta Mercantil, y su primer redactor, administrador y director fue el licenciado Tomás V. Gómez, gramático de reconocida capacidad.

Nuria Blanchart Cecilia López Adolfo Ochoa
Clasificación rigurosa Los hombres de danza Mariano Bárcena: talabartero, científico y gobernador

En la década de los cuarenta y principios de los cincuenta –la época de oro del cine mexicano–, asistir al cine era una diversión obligada para los tapatíos que abarrotaban sus taquillas a la función de las cuatro. Los cines de primera vestían unas salas muy lujosas; algunos eran teatros, donde se proyectaban dos estrenos –a diferencia de los cines de segunda que sólo proyectaban cintas viejas. El teatro Alameda –cuyo techo simulaba un cielo estrellado con nubes desgarradas– y el cine Avenida, ambos en la Calzada Independencia, eran de primera. Su decoración consistía en réplicas a escala de iglesias, fuentes y casas de cantera estilo barroco. También los cines: Colón, Variedades, Rex y Reforma eran prestigiados. De segunda eran los cines: Juárez, Obregón, Park, Roíz, Orfeón, Lux, Edén, Cuauhtémoc y Jalisco. La tabla impuesta por la liga de la decencia impedía que los ojos ansiosos del público transitaran por todas las cintas, pues tenían que apegarse a la clasificación que les correspondía: A: Para todo el público; B1: Para niños y adultos; B2: Para niños mayores de 12 años; B3: Para adolescentes y adultos; C1: Para mayores de edad; C2: Para mayores con ciertas reservas; D: Fuera de clasificación por indecentes.

Hay más mujeres que hombres en la danza y eso todo el mundo lo sabe. Por ello no sorprende que una vez, en los años setenta, el grupo Integración saltara a la fama en el Distrito Federal y en el país entero por su cantidad de varones. Integración fue un grupo de danza contemporánea de la Universidad de Guadalajara, nacido en 1972. Braulio Ruiz, Ramón López, Miguel Pérez, Federico Íñiguez, Carlos Hoeflich, Enrique Calatayud, Carlos Íñiguez y Onésimo González –su director–, viajaron al Distrito Federal a tomar cursos en la escuela de Amalia Hernández y a dar algunas presentaciones. Fue allí donde los expertos e interesados en danza pusieron sus ojos en el talento de Guadalajara, en particular en el de sus varones. Entonces se vio que no sólo habían salido de Jalisco grandes escritores, músicos, pintores y arquitectos, sino gente de danza –y bailarines no sólo de folclórico, que es donde se les encuentra más comúnmente–. Un caso como aquél no se ha repetido en danza contemporánea en esta ciudad.

En la era del plástico y del automóvil, cuesta trabajo comprender lo indispensables que eran los talabarteros: hábiles artesanos que fabricaban toda clase de aparejos y artículos de cuero necesarios no solamente para equipar las bestias de trabajo y de carga, sino también para facilitar la vida cotidiana. Mariano comenzó en Ameca con ese oficio y luego se trasladó a Guadalajara para iniciar su formación académica como músico; posteriormente, se marchó a la capital del país donde se graduó de ingeniero. Sus intereses profesionales abarcaron la estadística, mineralogía, geología, vulcanología, antropología y botánica. Observador y analista minucioso, no sólo de lo terrestre como las erupciones del Ceboruco y de minerales novedosos –realizó un nuevo mapa geológico e identificó una variante del mercurio, lo que le valió el reconocimiento del presidente Lerdo–, sino de lo celeste también: fue fundador y primer director del Observatorio Meteorológico Nacional. Filadelfia, Nuevo Orleáns y el rey de España –éste al nombrarlo Comendador de la Real Orden de Isabel la Católica–, reconocieron sus trabajos científicos. Fue diputado y senador por Jalisco y en 1889 ocupó la gubernatura de su estado natal. Mariano Bárcena, el joven que en Ameca comenzara aprendiendo talabartería, alcanzó en sus breves 57 años de vida notables alturas. Mariano Bárcena, no Bárcenas ni de la Bárcena –como dicen erróneamente las placas de su calle.

Cecilia López Angélica Íñiguez Álvaro González de Mendoza
Los trabajos del agua Epitafio de López Cotilla Gloria y tragedia del capitán Azzalí

En el año de 1600, el gobernador Santiago de Vera ordenó al ingeniero Martín Casillas las obras para hacer llegar el agua de los veneros de los Colomos, en Zapopan, a la fuente de la Plaza de Armas. Después de hacer sus cálculos, Martín Casillas opinó que el agua entraría a la Plaza Mayor a “una vara y cinco dedos más abajo de su piso”. La obra se inició equivocadamente bordeando el entonces pueblo de Mezquitán hasta la parte posterior del Convento de Santo Domingo. Después de este fracaso hidráulico, la población de Guadalajara carecería del vital líquido hasta 1740, año en que las obras dirigidas por fray Pedro Buzeta surtieron a las fuentes principales de la ciudad.

Al morir, el 27 de octubre del año 1861, el reconocido profesor Manuel López Cotilla dejó escrito entre sus papeles lo siguiente: “Mi epitafio. Los restos mortales de un pecador arrepentido, esperan aquí la resurrección de la carne. Como creo perjudicial a los vivos el entierro de los muertos en gavetas, encargo que el entierro de mi cadáver sea en la tierra, es decir, un verdadero entierro”.

La música de las famosas noches de serenata en el kiosco de la Plaza de Armas de Guadalajara era interpretada por la Banda de la Gendarmería del Estado, fundada en 1851 por Clemente Aguirre, autor de la pieza ahora desconocida Ecos de México. Esta misma banda llegó a ser llamada tiempo después simplemente como la Banda del Estado y alcanzó su momento de mayor fama mundial a principios del siglo XX, cuando estuvo a cargo del capitán Augusto Azzalí –proveniente de una conocida compañía musical italiana. Azzalí quedó tan enamorado de Guadalajara que tomó la decisión de quedarse a residir aquí, y fue tanta la disciplina y el amor por los tapatíos que en 1905 ganó con su banda el concurso musical de bandas que se llevó a cabo en Búfalo, Nueva York, donde hubo más de 300 participantes. La pieza del concurso con la que se ganó fue una obertura de Wagner y a elección libre e improvisada se interpretó la obertura de Lucia de Lammermoor. Al día siguiente de ganar el concurso, el capitán Azzalí tomó un baño de mar con el subdirector Nicolás González. De ese baño de mar el director de la banda jamás volvió a salir pues pereció ahogado.

Mario Z. Puglisi Cecilia López Mario Z. Puglisi

Triviario tapatío segunda edición

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