Trivias de inicio

Breve columna imperial Las calles Marlboro

Cuando los tapatíos se enteraron de la coronación de Agustín de Iturbide como emperador de México en 1822, rápidamente se organizaron y dispusieron levantar una columna hecha de cantera, si bien de modesto tamaño, en la Plaza de Armas, acompañada de una placa que llevaba impresa la significativa frase: “Viva Agustín I, viva la Independencia de México”. Extraña celebración de la independencia de un país, por cierto, proclamando a un emperador. Pero cerca de doce años después, en 1834, la misma sociedad que había erigido aquella columna imperial la destruyó, furiosa, ahora a tono con el reciente fusilamiento del ya ex emperador Iturbide. La vida da vueltas.

Como en toda población de la extensa república, los nombres de las calles de Guadalajara han estado sujetos a los vaivenes de la política. A principios del siglo XX, la ciudad presentaba algunas avenidas, calles y callejones, con nombres tan diversos que muchos de ellos parecían ingenuos o tomados de hechos curiosos. Los nombres se registraban en placas de ladrillo elaboradas en San Pedro Tlaquepaque, y se podía leer: la Acequia, el Oso, la Joya, los Gachupines, Polvorilla, Rastrillo, Chocolate, Olas Altas, el Encanto, etcétera. Por los barrios de Mexicaltzingo, Analco, el Santuario y la Capilla de Jesús, el transeúnte se encontraba con callejones cuyos nombres podían ser: el Cuerno, Agua Escondida, la Compañía, la Mala Hora, el Molino, los Pericos, la Nalgada, Salsipuedes, las Ventanitas, etcétera. Después del triunfo de la revolución maderista de 1910, se procedió a cambiar los nombres para dar un reconocimiento a personajes o hechos de la historia nacional. Así, la calle de San Francisco fue luego avenida 16 de Septiembre; la del Santuario, avenida Pedro Loza; la del Carmen, avenida Juárez; la del Palacio, avenida Corona, la de Santa Teresa, calle Morelos; el Paseo Porfirio Díaz, Calzada Independencia; las Capuchinas, Contreras Medellín; la Borrasca, Dionisio Rodríguez; la del Tequesquite, avenida Libertad, y así otras. Esta costumbre permanece y en nuestros días hemos presenciado el mismo fenómeno: otras calles han visto borrar sus nombres y adquirir nueva personalidad con los de hombres ilustres o hechos trascendentales para la comunidad tapatía.

Años después de ser dueño de Cigarrera Bayolán y dirigente nacional de la Coparmex, José María Basagoiti –nieto de un empresario español, productor de los cigarros Delicados y Faros– estableció en Guadalajara su Compañía Tabacalera Mexicana (Cigatam), a partir de 1976. Actualmente, con una pequeña ayuda de la firma extranjera Phillip Morris y de Carlos Slim –que produce las cajetillas–, la empresa de Basagoiti genera el 80% de la marca de cigarros de mayor demanda en todo México: Marlboro. La planta de Basagoiti da a fumar al país un millón de cajetillas diarias. La maquinara es de importación –alemana, inglesa y estadounidense– y los números conservadores indican que cada año su producción aumenta entre un 20 y un 25%. Por lo pronto, Cigatam convierte en cigarros 17 toneladas diarias de tabaco, provenientes de la paraestatal Tabamex.

Mario Z. Puglisi Hugo Torres Salazar Angélica Íñiguez
Las explosiones del 22 de abril de 1992 Industria sericícola Benavente y Polidor

El 22 de abril de 1992 se registró una explosión en la red de drenajes que abrió una herida de cerca de ocho kilómetros en el Sector Reforma de Guadalajara, especialmente en la calle de Gante. El estallido –causado por una fuga de gasolina– provocó, además de un paisaje dantesco nunca antes visto en la ciudad, la muerte de 203 personas –según el registro oficial. Esta cifra de horror fue cuestionada por testigos y familiares de las víctimas, quienes vieron que los cadáveres que se encontraban en el domo del CODE, utilizado como anfiteatro, estaban marcados con números superiores a mil. Y era verdad. La doctora Norma Leticia Valencia, entonces subdirectora del Servicio Médico Forense (SEMEFO), explicó diez años después: “Mucha gente se confunde porque vio que los cadáveres tenían un número mayor a 200, y es cierto que lo tenían, yo misma se los pinté con un marcador en el pecho, pero esa cifra correspondía al número de cadáver del año en el registro del SEMEFO y no de los hechos del 22 de abril”. Hasta ahora, ninguna investigación independiente ha podido comprobar que el número de muertos fue mayor. El descontento ciudadano ante la insuficiente respuesta gubernamental provocó la caída del gobernador Guillermo Cosío Vidaurri y del presidente municipal Alfonso Dau Flores.

Por iniciativa del Mariano Bárcena, el gobernador Corona hizo venir al señor Hipólito Chambón para establecer en Jalisco la industria sericícola. Se plantaron innumerables moreras en el Agua Azul, Plazuela de Jesús, Cementerio de los Ángeles y en otros lugares. Se trajo gran cantidad de semilla de gusano de seda y en el Hospicio Cabañas se puso la cría de tan útiles productores, estableciéndose además un taller de filatura, y la enseñanza de su cultivo a más de cien niñas. El cambio de personal del gobierno hizo que a los dos años se abandonara por completo este proyecto; en el período del general Galván, se vio tal desprecio por la sericultura que no sólo se suprimió la inspección establecida para cuidar el proceso, sino que aun se introdujo la caballada de la gendarmería a destruir las tiernas moreras del Agua Azul. De esta manera, se liquidó un proyecto que promovería fuentes de trabajo e ingresos al estado.

Cualquiera con ralos conocimientos de literatura, sabrá que al dramaturgo español Jacinto Benavente le dieron el premio Nobel en 1922. Lo que no es muy sabido es la desafortunada presencia de la compañía de teatro del laureado autor en la ciudad –después de recibir el premio. A no ser por el lleno registrado la noche de la presentación de Los intereses creados, las demás funciones fueron desairadas por el culto público local; a tal punto que la compañía teatral se fue de la ciudad sigilosamente, sin despedirse. No tuvo éxito a pesar de que fue encargado de la publicidad un “experto” José Francisco López, alias Polidor, analfabeta pero con una memoria excepcional que, en las esquinas y entonces vestido elegantemente y con una bocina de lámina, recitaba párrafos enteros de las obras de Benavente. Ese fue el comienzo de la carrera del protopublicista tapatío –sinaloense de origen–, Polidor quien durante muchos y meritorios años fue parte del equipamiento urbano de aquella ciudad compacta. A pesar de la llegada de equipos de sonido, y de las burlas a que era sujeto por la muchachada, aquel ya desarrapado y viejo voceador de gangas y ofertas se ponía en la puerta de las tiendas para convocar a la clientela.

Juan Carlos Núñez Bustillos Hugo Torres Salazar Álvaro González de Mendoza
Primeros automóviles Monumento sin bandera Mascarilla mortuoria de Napoleón

Por la Garita de San Pedro hacia el centro de la ciudad llegó el primer automóvil en 1898, conducido por Manuel Cuesta Gallardo. Su velocidad máxima era de veinte kilómetros por hora, la cual impactó a los tapatíos. Pronto empezaron a llegar más automóviles de diversas marcas como: Renault, Dione-Boutton, Protos, Isota-Frashine, Oldsmobile, Packard, Maxwell, Itala, Pope-Hartford, Pierce-Arrow, Fiat, Mercedes y un White de vapor. Los primeros automovilistas tapatíos, como don Severo Díaz y el Padre Arreola, dejan testimonio de lo que representaba tener carro por el año de 1905. Casi era una curiosidad científica y un transporte de mucha precaución ya que al bajar del coche se tenían que fijar con cautela que no viniera otro carro, porque “era peligroso con su carromato asustar a los troncos de caballos que conducían las aristocráticas carrozas de Guadalajara.”

Garita de San Pedro, puerta de entrada y salida hacia el Oriente; portón urbano principalísimo y llamado así: de San Pedro. Lo de “Tlaquepaque” sustituyendo al sampetrino nombre, fue cosa de la modernidad del siglo XX y por el toque indigenista tan republicano y tan atractivo para fines turísticos. La garita estuvo donde estuvo “viendo pasar el tiempo” y a la historia, hasta que una honorable dama de la sociedad tapatía –su nombre, Chila (sic)–, tuvo a mal más que a bien chocar con su automóvil y acabar sus días allí. Corrían como el auto de Chila, los años cuarenta, y el goberenturno decidió condenar a muerte el estorbo urbano causante de la tragedia. Brillante idea secundada por un no menos brillante arquitecto –profesión incipiente en aquel entonces en estas tierras– y se procedió a demoler el monumento histórico. Nada mejor que poner en el sitio al emblema nacional: el águila. Tan bien realizada quedó esa águila de cantera que el populacho irreverente la bautizó de inmediato como “el zopilote mojado”, en una muestra de insensibilidad artística colectiva. Y junto a la supuesta y modernista águila, un asta para izar allí la enseña patria. ¿El nombre del conjunto escultórico urbano? ¡Monumento a la Bandera! El asta, está, pero la bandera nunca. Y la garita fue aniquilada por los abanderados del progreso.

Francesco Antommarchi nació en Córcega, en 1789. Estudió en Liorna, Pisa y Florencia y se recibió de médico. Fue alumno del afamado anatomista italiano Mascagni. En 1819, se le llamó para atender a Napoleón Bonaparte, recluido en Santa Elena. Lo asistió hasta su muerte el 5 de mayo de 1821; le practicó la autopsia y tomó mascarillas mortuorias, hoy famosísimas en el mundo. Regresó a Italia y estuvo en Varsovia y París, donde se le creyó un bandido famoso de nombre Galochio y tuvo que escapar de la policía. Sin ser bien visto en Europa por su atención a Bonaparte, viajó a América. Estuvo en Durango, y en Guadalajara se hospedó en la casa de don Manuel Ocampo, frente al templo de Santa Teresa. Trajo algunas mascarillas mortuorias de su ilustre paciente y una de ellas estuvo en venta en la librería de Fortino Jaime y se conserva otra en casa de una distinguida familia tapatía. Aquí llevó a cabo famosas operaciones. Según su biógrafo Félix Martí, Antommarchi murió en 1838 en Cuba; pero según testimonio de José R. Benítez, murió víctima del cólera morbus en 1833 en Guadalajara y se le sepultó en el panteón de Los Ángeles, como constaba en la lápida de su sepultura.

Cecilia López Álvaro González de Mendoza Adolfo Ochoa

Triviario tapatío segunda edición

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