Trivias de inicio

Bienvenido sonido: la llegada del fonógrafo Primera doctora Temblores

Del más allá llegó la noticia: se había inventado un aparato que era capaz de reproducir sonidos; que de esa máquina llamada ‘Fonógrafo’ brotaban música, sonidos o hasta voces capturados previamente. La noticia despertó el apetito por poseerla y alguien envió a la capital a un empleado que gestionara la presentación de la fabulosa máquina en la ciudad. Y del México capitalino llegó a Guadalajara un tal Mr. Peterson quien en el mismo hotel donde se hospedó ofreció una demostración a selecto grupo. Se dedujo que aquello era digno de ser apreciado por el gran público, para lo cual se propuso hacer una exhibición en la misma Plaza de Armas. Imposible: el aparato era audible solo en espacios cerrados. Así el 2 de enero de 1879 con el teatro Degollado a tope –los boletos costaron de $0.50 a $1.50–, el público pudo ver pero no oír el prodigioso invento. Cuando lo llevaban al escenario se les cayó y no funcionó. Días después, reparada y con entrada gratis, en el Colegio de San Juan Bautista los habitantes de la ciudad pudieron verificar que sí era cierto: el sonido había sido atrapado por el mago de Menlo Park.

María Jacinta de la Luz Curiel fue la primera mujer que ejerció como médico en la ciudad de Guadalajara. Desafiando las ideas de la época que consideraban a la medicina como una profesión exclusiva de varones, ingresó a la Universidad de Guadalajara en 1924 y obtuvo su título en 1931 –antes se había graduado de maestra. María Teresa Fernández Aceves, quien hizo una investigación sobre las primeras mujeres egresadas de la Universidad de Guadalajara, afirma que la primera mujer en completar los estudios de medicina fue Juana Navarro, pero al terminar la carrera se marchó de Guadalajara. Jacinta sufrió discriminación como estudiante y como doctora. Nunca le permitieron hacer una cirugía en el Hospital Civil y sólo la dejaban trabajar como auxiliar. Sin embargo, se mantuvo firme y logró ganarse la confianza de los pacientes. En 1955 inauguró el Centro de Diagnóstico Precoz del Cáncer en las Mujeres, el primero en Guadalajara, donde trabajó hasta 1978. La decana de las doctoras en Guadalajara murió el 27 de noviembre de 2002.

El 8 de mayo de 1912 se inició en Guadalajara una serie de temblores que concluyeron el primero de septiembre –aunque siguió temblando levemente hasta finales del año. Estos acontecimientos hicieron populares a los presbíteros Severo Díaz, encargado del Observatorio Meteorológico y Astronómico del Seminario, y José María Arreola. El primero, por sus interesantes estudios sobre estos fenómenos telúricos; y el segundo, que también era profesor del Seminario, por sus pronósticos de los mismos fenómenos dados a conocer por la prensa diariamente. Afortunadamente, no se cumplieron los pronósticos catastrofistas que estos científicos tapatíos habían anunciado.

Álvaro González de Mendoza Juan Carlos Núñez Bustillos Hugo Torres Salazar
Las garitas de la ciudad Viajes en diligencia Muerte de Enrique Díaz de León

La ciudad nació a horcajadas entre una Edad Media caducante y un Renacimiento apenas emergente. La usanza medieval era la de amurallar pueblos o ciudades apenas en simiente (más de nombre que de hecho). Así, aquella primera Guadalajara –la de Nochistlán– fue pensada como ciudad amurallada y la idea caminó hasta el Valle de Atemajac. Si bien la intención no fue cabalmente cumplida, ello no obstó para que la pequeña población tuviera puertas (o sea, garitas; derivado del francés gare: puerta). Y tuvo cuatro, correspondientes a los respectivos puntos cardinales: hacia el Norte, la de Piedras Negras, rumbo al viento barranqueño de Zacatecas; hacia el Sur, la del Tepopote, de cara a Colima; hacia el Poniente, la de Leal, inicio del camino al Nayar, y hacia el Oriente –la más importante de todas–, la de San Pedro, vinculación con la soberbia Mesa Central. Por ésta última, aparte de mercaderías saliendo o entrando a la ciudad, la Historia Nacional transitó copiosamente. Por ese punto pasaron misioneros, aventureros y descubridores encaminados hacia el enorme e incógnito Norte. Por allí llegaron las noticias del Grito de Dolores y, meses después, el propio Hidalgo con sus huestes insurgentes; por ella entró un Juárez perseguido a la ciudad. Puertas de control que tuvo una ciudad compacta, a través de las cuales se vinculó con el más allá geográfico de los caminos reales –incipiente red carretera de antaño.

“Los sonoros cascabeles, colgados de los collares de las mulas y el ruido de los balancines, enganchados con cadenas, lo oyeron el 25 de febrero de 1864 los habitantes de Guadalajara”.

Ese día llegó por primera vez a nuestra ciudad la diligencia procedente de León. Más tarde, un aviso colocado en las oficinas de la compañía anunció a los tapatíos que los viajes en diligencia saldrían de ambas ciudades los martes y viernes y costarían veinte pesos. Se debía llevar solamente una maleta. El elevado costo del transporte reducía el número de viajeros, porque “un caballo de buen andar se conseguía por la mitad de la tarifa”. Sin embargo, el recorrido acelerado, las relativas comodidades y las prevenciones para el camino, de las que el viajero se desentendía –y que ofrecía el viaje en diligencia–, eran factores compensatorios. Poco a poco las tarifas bajaron y se ajustaron a las distancias recorridas. También se ofrecieron nuevas rutas por todo el país y el número de viajeros aumentó. Las compañías de diligencias formaron verdaderos monopolios y fueron quienes empezaron a construir las fondas, mesones y posadas por donde transitaban. Estos monopolios del transporte también controlaron el correo y la recaudación de los derechos de peaje y el llamado alfojarifazco o alcabalas de las garitas. 

El martes 28 de diciembre de 1937 murió en la Ciudad de México, Enrique Díaz de León, a la sazón presidente del Consejo Nacional de la Educación Superior y la Investigación Científica, es decir, la máxima autoridad educativa en la república. Su talento honró a Jalisco. Fue director de la Biblioteca Pública del Estado, diputado al Congreso local y al de la Unión, y primer rector de la Universidad de Guadalajara en su refundación de 1925. Se constató la muerte del ilustre jalisciense por los medios oficiales, ya que tiempo atrás sus amigos habían anunciando su muerte en juego.

Álvaro González de Mendoza Cecilia López Hugo Torres Salazar
Juegos prohibidos Chapala Cronistas de cine

Por el año de 1823, las casas de familias ricas en Guadalajara solían ser sede de reuniones donde se organizaban partidas del juego de naipes o se jugaba a “La manilla”. Los juegos relacionados con el azar estaban prohibidos, aunque en algunos lugares, como El Mesón de San Felipe, se organizaban partidas de “Imperial” sin consentimiento de las autoridades. “La Ruleta” o “Roleta” se introdujo en Guadalajara con gran aceptación a partir del mismo año de 1823. “Por 1860 se instalaron puestos para jugar cartas, a los dados, al reloj, al imperial, a la lotería de cartones o a las tres cartitas”. En estos juegos se gozaba de la convivencia entre tapatíos quienes bromeaban y hacían versificaciones agudas durante el tiempo de juego. El inicio del siglo XX acentuó las prohibiciones: no se podía jugar en la calle, o plazas, a la rayuela, al palmo o cualquier otro juego de dados; tampoco al cubilete o la baraja.

Chapala, considerado como uno de los centros de veraneo para ricos en Guadalajara, era un paseo familiar digno de recordarse. Pasar las tardes frente a la laguna de Chapala o en los pueblecitos de la ribera era todo un deleite. Frente al lago se ponían mesas con sombrillas de colores para ver el paisaje de agua acompañado de varias canoas de remos y motor. Por unas monedas ofrecían un recorrido a Jocotepec o a través del lago, hasta las Islas de los Alacranes. Muchos nadadores y turistas se metían al lago cual si fuera una mezcla entre mar y alberca. El Beer Garden era un restaurante con música en vivo donde se reunían montón de tapatíos a disfrutar de sus vacaciones. El restaurante La Viuda era de los más aclientados. Después de comer algún aperitivo, los paseos por el malecón eran muy comunes pese a la ausencia del kiosco y su faro solitario erguido. Después de recorrer los poblados ribereños más cercanos de Ajijic, San Juan Cosalá, El Chante, El Manglar de San Antonio y Jocotepec se emprendía el regreso del viaje por la peligrosa carretera vieja formada por dos angostos carriles.

El Informador y Las Noticias fueron los únicos diarios locales que le dieron un espacio a la crónica del cine mexicano, así como algunas revistas enfocadas al espectáculo: Aurora, Variedades, Respetable Público, Actualidades, Pantallas y Escenarios. Los primeros ensayos de crónica cinematográfica que aparecieron, del año 1917 a la década de los treinta, dan testimonio del cambio de las reseñas teatrales a las del cine. Carlos Infante, Carlos Arturo Pierre, Javier Enciso, Xavier Lambera, Agustín Plascencia, Rubén Lomelí y Carlos López asumieron este nuevo género periodístico para ser la voz de las cintas, explicándole al lector por qué debían verlas –o evitarlas–. Narraban varios aspectos, desde los estéticos hasta los técnicos, incluso sin alguna previa formación al respecto. Unos escribían la reseña, mientras que otros llenaban de adjetivos las cintas para animar o desanimar al público a verlas. Los cronistas tapatíos de los años veinte no daban crédito a los directores sino que centraban su atención en el trabajo del guionista o actor y clasificaban las películas como de serie o de arte. Convertidos en parte del aparato publicitario, los cronistas tenían que justificar su trabajo usando a veces un tono demasiado complaciente y a veces muy exigente.

Cecilia López Cecilia López Cecilia López

Triviario tapatío segunda edición

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