Trivias de inicio

Romeo y Julieta locales Plaza del Sol Gloria y tragedia del capitán Azzalí

Se cuenta de boca en boca, que también Jalisco tuvo una historia sentimental similar a la de Romeo y Julieta. Fueron encarnados en las familias tequileras Sauza y Cuervo, aunque sin el desenlace trágico que caracteriza a la historia de Shakespeare. Durante una generación, estas empresas tequileras vivieron en competencia constante, al grado de que los niños Cuervo y los niños Sauza tenían estrictamente prohibido relacionarse o hacer algún tipo de amistad. El azar del destino envío al joven Francisco Javier Sauza a la Universidad de Chicago, donde se encontró con María Elena Gutiérrez Cuervo. Allá cupido hizo su labor. Las circunstancias adversas los llevaron a casarse en secreto. Cuando el padre de Javier Sauza se enteró de tal atrevimiento, desheredó a su primogénito; sin embargo, momentos antes de morir le perdonó lo que había considerado durante muchos años como una traición. Finalmente, Francisco Javier Sauza se hizo cargo de la empresa tequilera de la familia en 1943.

Para facilitar a los tapatíos la adquisición de todo tipo de artículos sin que tuvieran que recurrir a “la tienda de la esquina” o ir “hasta el Centro”, varios empresarios concretaron la idea de construir una plaza comercial para Guadalajara. Pretendían un centro comercial que fuera el mayor y el más moderno de América Latina, llamado Plaza del Sol. Según la opinión de mucha gente, el terreno que se adquirió en Mariano Otero y López Mateos “estaba muy lejos”, pese a ello, la primera piedra que se colocó para dar vida al nuevo centro comercial fue el 10 de enero de 1969. En un lapso de diez meses fue inaugurada para ofrecer a los tapatíos un gran repertorio de comercios. Fueron ciento cuarenta tiendas rodeadas de áreas comunes que incluyeron calles interiores y un estacionamiento para dos mil carros. El inicio no fue fácil, debido a que el éxito de Plaza del Sol dependía de un radical cambio de hábitos de compra en los tapatíos. Pero finalmente, Plaza del Sol tuvo una influencia positiva en la economía de Guadalajara, porque muchos empleos fueron creados. Esta plaza fue el comienzo de la modernización del comercio en Guadalajara.

La música de las famosas noches de serenata en el kiosco de la Plaza de Armas de Guadalajara era interpretada por la Banda de la Gendarmería del Estado, fundada en 1851 por Clemente Aguirre, autor de la pieza ahora desconocida Ecos de México. Esta misma banda llegó a ser llamada tiempo después simplemente como la Banda del Estado y alcanzó su momento de mayor fama mundial a principios del siglo XX, cuando estuvo a cargo del capitán Augusto Azzalí –proveniente de una conocida compañía musical italiana. Azzalí quedó tan enamorado de Guadalajara que tomó la decisión de quedarse a residir aquí, y fue tanta la disciplina y el amor por los tapatíos que en 1905 ganó con su banda el concurso musical de bandas que se llevó a cabo en Búfalo, Nueva York, donde hubo más de 300 participantes. La pieza del concurso con la que se ganó fue una obertura de Wagner y a elección libre e improvisada se interpretó la obertura de Lucia de Lammermoor. Al día siguiente de ganar el concurso, el capitán Azzalí tomó un baño de mar con el subdirector Nicolás González. De ese baño de mar el director de la banda jamás volvió a salir pues pereció ahogado.

Cecilia López Cecilia López Mario Z. Puglisi
Los cuicos y un palacio de 140 años de construcción De compras Fundación del club Atlas

A quienes se quejan de la tardanza en la ejecución de la obra pública actualmente, habría que recordarles que la ciudad tiene larga tradición en ello. Si se toma en cuenta que el Palacio de Gobierno fue comenzado a edificar en 1650 y su construcción se concluyó en 1790, con sus 76 metros por lado, eso es una clara muestra de la minuciosidad o lentitud local. Claro que la construcción original ha sufrido cientomuchas modificaciones –adaptaciones–, y una de ellas en la fachada poniente o principal fue la supresión de dos torreones, uno en cada esquina y sobresalientes del paño puestos allí para fines de vigilancia o defensa del palacio, con troneras aptas para disparar desde cubierto. Lo que no ha desaparecido a pesar del fervor laico del republicanismo emanado en el XIX, fue una inscripción puesta en una cenefa antes del remate de la fachada, y que es un fragmento del salmo 126 en latín: “Nisi Dominus Custodierit Civitatem Frustra Vigilat Qui Custodit Eam” lo que significa que “si el Señor no custodia a la ciudad, en vano la vigilan sus centinelas”. Sobre el torreón del sur en el quiebre de la esquina se lee eso del ‘Qui Cus…’, que al quedar sobre el guardia apostado allí dio origen al término ‘cuico’ como sinónimo de policía.

Cuando las plazas comerciales brillaban por su ausencia, ir de compras al centro era una tarea cotidiana y casi obligada para los tapatíos. En el cruce de las avenidas Juárez y 16 de Septiembre se encontraban las tiendas principales. La mayoría eran grandes almacenes de ropa como: El Nuevo París, Fábricas de Francia, Woolworth y otras tiendas que esperaban ansiosas la llegada de cientos de compradores tapatíos. También estaban los llamados Portales con sus alacenas de madera repletas de dulces mexicanos para deleitar el paladar de los tapatíos: naranjas, limones, duraznos e higos cubiertos; borrachitos y botellitas de azúcar en colores pastel llenas de jarabe envinado. En los Portales había también varias tiendas donde vendían gran variedad de artículos como joyería, ropa y accesorios. Tiendas muy grandes del centro cerraron sus puertas para siempre como: El Progreso, La Ciudad de México, Almacenes Favier, La Ciudad de Bruselas, la Cadena y otras. Las tiendas empezaban a apagar la luz a las ocho de la noche y por lo general la gente regresaba caminando a sus casas –o por lo menos un gran tramo del camino– para seguir el paseo por el Centro a la luz de la luna.

Jóvenes provenientes de las familias más encumbradas habían salido a estudiar a Inglaterra; allí aprendieron a jugar el fútbol representando a sus respectivas universidades. Al regresar a Guadalajara, en 1916, formaron un club para demostrar cómo se jugaba este deporte, en franca oposición al Club Guadalajara. Juan José Lico Cortina le puso el nombre de Atlas, porque –según mencionó– “nos sentíamos el sostén del mundo”. El escudo creado por el dibujante Carlos Stahl, en recuerdo de los colores de la Universidad de Ampleforth, reflejaba la nostalgia europea. Aquel Atlas de niños “fifís” puso de cabeza a sus rivales tapatíos jugando un fútbol basado en una técnica depurada y un juego de triangulaciones. La arrogancia rojinegra quedaría incorporada en el santo y seña de la institución. Apenas se vieron las caras, el hermano rico y el hermano pobre supieron que su destino sería la rivalidad.

Álvaro González de Mendoza Cecilia López Nuria Blanchart
La Casa de los Perros Hoteles cómodos Yáñez y Arreola en Ciudad Guzmán

El edificio del Museo del Periodismo y las Artes Gráficas, mejor conocido como La Casa de los Perros por los dos enormes mastines que la resguardan en la parte superior, ha desatado diversas incursiones de saqueadores en busca de un tesoro –que al parecer no existe. La construcción del edificio empezó en 1792 y su primer dueño fue Mariano Valdés Téllez Girón. A principios del siglo XIX perteneció a José Fruto Romero. La Casa de los Perros, sede de la primera imprenta, fue comprada a finales de aquel siglo por José Flores, quien mandó construir un segundo piso. El arquitecto que la concluyó en 1896, Arnulfo Villaseñor, fue quien sugirió a los dueños traer dos perros pointer fabricados por la casa J. L. Mott Iron Works de Nueva York. A la casa le cercenaron catorce metros cuando se realizó la ampliación de la calle San Francisco convertida en la avenida Alcalde en el siglo XX. La fachada se conservó, y luego de ser abandonada durante varios años el gobierno de la ciudad la adquirió en 1994. Los arquitectos encargados de la restauración encontraron muchas excavaciones clandestinas, que dan cuenta de la leyenda del tesoro bajo la construcción.

La ciudad para 1880 ofrecía a sus visitantes y viajeros cuatro hoteles con las comodidades propias de la época. El Hotel Hidalgo, de tres pisos. En el primero estaban situados 4 baños de regadera y 3 de tina, y habitaciones de empleados; en el segundo, 25 cuartos, sencillos o dobles, así como el comedor y la cocina; en el tercero, 27 cuartos. En este hotel se ubicaba la administración general de diligencias. El Hotel del Nuevo Mundo tenía 24 cuartos en el piso bajo, bodegas y caballerizas; en el segundo piso, 16 cuartos, comedor y habitaciones para empleados. El Hotel del Museo, en los bajos tuvo 9 cuartos, 3 bodegas, corrales y caballerizas, y en los altos 10 cuartos, comedor y habitaciones de empleados. Y el Hotel del Progreso (antes Mesón de Santa María de Gracia), en el piso bajo 26 cuartos, caballerizas muy amplias, 2 fuentes y 2 bodegas; en los altos, 14 cuartos y comedor.

En 1953, el novelista Agustín Yáñez, de 49 años y siendo gobernador de Jalisco, visitó Ciudad Guzmán, donde el destacado escritor Juan José Arreola, de 35 años, le dio la bienvenida a su ciudad natal con lo que él sabía hacer muy bien: con la palabra. Agustín Yáñez lo escuchó atentamente y, lejos de conmoverse con el discurso, al acercarse Juan José Arreola a saludarlo, el gobernador le dijo: “yo no le creo nada si no se arrodilla ante mí”. Arreola, fingiendo que se tropezaba con una silla, cayó arrodillado ante el gobernador ante la mirada atónita de los ahí presentes. A partir de entonces, un Arreola arrodillado y un Yáñez convencido, formaron una amistad llena de complicidades jocosas que pusieron en dilema, en más de una ocasión, a quienes los rodeaban en los diferentes actos públicos.

Cecilia López Hugo Torres Salazar Nuria Blanchart

Triviario tapatío segunda edición

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