Trivias de inicio

Primer anuncio espectacular Chapala Un rey en el Degollado

Un charro y una china poblana bailaban cada noche el jarabe tapatío. Sus figuras, elaboradas con tubos de vidrio llenos de gas neón, en seis capas superpuestas, se encendían y apagaban consecutivamente para lograr un efecto visual –a manera de rústica animación–, y formaban parte, según la revista Pensamiento, del primer anuncio “realmente” espectacular que existió en la ciudad. “Era un anuncio de Pepsi construido en 1954, pedido por don Salvador Padilla Aldrete a los hermanos Javier y Jorge Gutiérrez Casillas, propietarios de Neón de Guadalajara. Estuvo situado en Dionisio Rodríguez y General Salazar”. El diámetro era de 18 metros y sus cimientos tenían cinco metros de profundidad. “Se emplearon cuatro kilómetros de tubo fluorescente. Era en verdad hermoso”. Lamenta el autor del texto que sólo haya funcionado diez años.

Chapala, considerado como uno de los centros de veraneo para ricos en Guadalajara, era un paseo familiar digno de recordarse. Pasar las tardes frente a la laguna de Chapala o en los pueblecitos de la ribera era todo un deleite. Frente al lago se ponían mesas con sombrillas de colores para ver el paisaje de agua acompañado de varias canoas de remos y motor. Por unas monedas ofrecían un recorrido a Jocotepec o a través del lago, hasta las Islas de los Alacranes. Muchos nadadores y turistas se metían al lago cual si fuera una mezcla entre mar y alberca. El Beer Garden era un restaurante con música en vivo donde se reunían montón de tapatíos a disfrutar de sus vacaciones. El restaurante La Viuda era de los más aclientados. Después de comer algún aperitivo, los paseos por el malecón eran muy comunes pese a la ausencia del kiosco y su faro solitario erguido. Después de recorrer los poblados ribereños más cercanos de Ajijic, San Juan Cosalá, El Chante, El Manglar de San Antonio y Jocotepec se emprendía el regreso del viaje por la peligrosa carretera vieja formada por dos angostos carriles.

Es sabido que el blues como género musical ha conseguido hogar adoptivo en Guadalajara desde hace mucho tiempo, pero cuando se anunció que B.B. King estaría en el Teatro Degollado los blueseros tapatíos no lo podían creer. En una tierra baldía en espectáculos internacionales a fines de los setenta, un lujo como ese era francamente inconcebible. Pero era cierto. Y ante un Degollado a reventar, el maestro hizo sonar a Lucille, su famosa guitarra, como sólo él sabía. La conectó a dos amplificadores Fender Twin Reverb y lo demás fue puro gozo. No hubo grupo abridor –ni falta hizo. Un rey como ese no requería más súbditos que los asombrados asistentes a un concierto memorable.

Juan Carlos Núñez Bustillos Cecilia López Alfredo Sánchez
A contracorriente Francachela El apellido Rulfo

Gerardo Enciso era un jovencito de ojos asombrados que tocaba canciones de otros en cafecitos de la ciudad. Poco a poco fue encontrando su propia voz a través de composiciones que al principio eran larguísimas. Sus temas urbanos y amorosos le fueron acercando público sensible que le exigía que grabara un disco ya. Como no había dinero, a Gerardo se le ocurrió pedir a amigos pintores que donaran algún trabajo para hacer una subasta con las obras reunidas. De la subasta salió lo suficiente para grabar y el resultado fue un disco que desde su título hablaba de las dificultades de los artistas en la Guadalajara de los ochenta: A Contracorriente, donde venían algunas de sus canciones clásicas como Corredor callejero, Parada Suprimida y Amo a mi país. Esta última, junto con la que le daba nombre al disco, resume los sentimientos de Enciso en esa época, especialmente en una frase: “Amo a mi país pero él no me ama a mí”. Poco después Gerardo se dio cuenta de que el principal problema no era grabar un disco y editarlo, sino promoverlo y distribuirlo.

Tlajomulcazo fue el nombre con el que se denominó vulgarmente a la multitudinaria fiesta con música electrónica que las autoridades jaliscienses detuvieron súbitamente en el municipio conurbado de Tlajomulco. En efecto, las autoridades encabezadas por el gobernador Francisco Ramírez Acuña acabaron de golpe con el evento aquel 4 de mayo de 2002, y detuvieron a no pocos jóvenes argumentando que estabam consumiendo drogas. De ser una manifestación underground, el tema ocupó las primeras planas de los diarios durante semanas. Las madres de los chicos que acudieron a esa fiesta rave, artistas, intelectuales, investigadores, productores y jóvenes que se identificaban con el movimiento electrónico como medio de expresión, iniciaron reuniones en La Nopalera (la casa del colectivo Nopal Beat, nacido en Guadalajara). El grupo creció. Algo cambiaba en la ciudad. El domingo 12 de mayo, desde las cuatro de la tarde, los pincha-discos se instalaron en la Plaza Liberación. Las mamás exigían la liberación de los muchachos; renombrados investigadores apoyaron al movimiento que denominaron Arte Libre. Ahora lo actual no es la música electrónica, pues los chicos volvieron a la guitarra, el bajo y la batería. Pero la música electrónica ya hizo algo de historia en la ciudad.

Juan Nepomuceno Carlos Pérez Vizcaíno es el autor de los libros Pedro Páramo y El Llano en llamas. La adopción del apellido Rulfo fue a petición de su abuela paterna María Rulfo, pues en su familia sólo fueron siete hermanas y un varón que murió soltero y sin descendencia; y para no perder el apellido pidió a sus nietos que adoptaran el de Rulfo. Severiano, Francisco y Eva –hermanos de Juan– lo hicieron jurídicamente, no así Juan quien sólo lo adoptó sin mecanismos legales al publicar sus escritos. Los Pérez Vizcaíno son conocidos en Sayula pero Juan Rulfo casi es un desconocido; la encargada del kínder de Sayula recuerda muy bien a dos tíos de Juan pero no a él –a pesar de haber nacido ahí–, y esto debido a que a corta edad se lo llevaron a Guadalajara al orfanato Luis Silva en septiembre de 1927. Su misma madre lo llevó y no volvió a verlo, pues ella murió en noviembre de ese mismo año. Cuando Juan salía de vacaciones, iba a San Gabriel (antes Venustiano Carranza) con sus abuelos maternos, y no vivió más en Sayula.

Alfredo Sánchez Angélica Íñiguez Nuria Blanchart
El pintor Bartolomé Esteban Murillo José Castañeda, precursor del cine sonoro La Pacificadora de Zapopan

En 1670, dos siglos antes de que se proclamara el dogma de la Inmaculada Concepción (8 de diciembre de 1854), un pintor sevillano, Bartolomé Esteban Murillo, le había dado ya ese título. Resulta que a principios del siglo XIX, durante la invasión napoleónica a España, el cabildo de la catedral de Guadalajara envió una fuerte cantidad de dinero, recaudado gracias a las limosnas de los tapatíos, al rey Carlos IV de España como apoyo para que los españoles pudieran expulsar a los invasores galos. Algún tiempo después, el monarca ibérico envió a nuestra ciudad, en gratitud, un gran óleo de la asunción de la Virgen María, pintada por Murillo y que se encuentra en la sacristía de la catedral. Una escena que muestra a la Virgen en una nube, ofrendada por lirios y rosas.

El cine nunca fue totalmente mudo pues siempre se hizo acompañar de sonidos incidentales o de un piano en vivo. Ejemplo de ello fue el cine exhibido en el Salón Azul, que abrió el empresario tapatío José A. Castañeda el año de 1908, ubicado en la calle de Pedro Moreno. A Castañeda puede considerársele como uno de los precursores del cine sonoro ya que en las exhibiciones de sus cintas simulaba los ruidos de los pocos carros que transitaban en las películas con un saco lleno de botellas quebradas. También hacía que se escucharan las patadas de los caballos con unas cáscaras de coco y lograba que su sonido, creado por él mismo, sincronizara con las imágenes que el público veía. Por si fuera poco, don José también se esmeró en darles una voz a los actores y hablaba por ellos. Don José logró, definitivamente, que sus cintas tuvieran un toque mucho más completo donde las imágenes, aunque no de muy buena calidad, tenían un sentido más realista y muy simpático puesto que era humanamente imposible darle un sonido a todo lo que aparecía en la pantalla.

El padre fray Antonio de Segovia, durante sus trabajos de evangelización en el occidente del territorio, solía llevar desde 1530 una pequeña figura de la virgen de La Inmaculada Concepción –hecha en Pátzcuaro con pasta de caña de maíz y adherentes resinosos–, que impresionaba y apaciguaba a los indígenas de ciertas localidades. De esta manera, los españoles comenzaron a utilizar la imagen como instrumento de sometimiento sin violencia. Por eso, a la virgen se le conocía desde un origen como La Pacificadora. A fines de 1541, Francisco Bobadilla decidió establecer a sus indios encomendados en Zapopan, adonde Segovia fue a regalar la imagen, la cual encargó en una pobre ermita. Los incipientes habitantes indígenas iniciaron casi de inmediato danzas rituales en honor a la figura de la virgen recién llegada. Así nació una de las más poderosas tradiciones de sincretismo religioso en nuestro país, que se seguiría desarrollando a través de nuevos episodios durante el virreinato y la época independiente.

Mario Z. Puglisi Cecilia López Angélica Íñiguez

Triviario tapatío segunda edición

De venta en librerias Gonvill. Entregas a domicilio enviando email a: envios@tediumvitae.com

Costo: $350.00 pesos.