Trivias de inicio

Periodismo en tiempos de guerra José Trinidad Laris, importante regionalista El asesinato de Ramón Corona

Durante la Guerra de Reforma (también llamada Guerra de los Tres Años), se verificaron diversas formas de combate ideológico, en donde uno y otro bando (liberales y conservadores) utilizaron distintos modos para atraer adeptos. En Guadalajara, los conservadores distribuían un periodiquito que se llamaba La Tarántula, que se imprimía clandestinamente en el Convento de Zapopan y se distribuía de mano en mano. En él se incitaba a exterminar herejes, judíos e impíos –ya que todos estos epítetos se endilgaban a los liberales. Se instaba a los católicos a alistarse en la cruzada contra los “constitucionalistas”. Adicionalmente, los conservadores editaban otra publicación llamada El Soldado de Dios, donde narraban los progresos y triunfos del día. Por las noches, con cohetes, lanzaban al bando contrario los periódicos. Obviamente, en esa guerra informativa, los liberales también daban a conocer sus avances. El órgano de tubos del convento de Santo Domingo (calles Alcalde y Reforma) fue utilizado por los liberales para tocar melodías como Los Cangrejos y otras que ridiculizaban a los conservadores e inflamaban a la tropa.

Uno de los autores más prolíficos en temas regionales de Guadalajara ha sido el presbítero e historiador José Trinidad Laris. Nació en Teocaltiche el 4 de septiembre de 1882. Estudió en el Seminario Mayor de Guadalajara, ordenándose el 11 de marzo de 1906. Fue maestro de historia en el Seminario y de derecho romano en la Universidad Autónoma. Durante muchos años colaboró para los periódicos Restauración, Las Noticias y El Informador, así como para las revistas Labor y Cúspide. Entre sus obras encontramos: Refranes de Jalisco, Guía de Guadalajara, Temas neogallegos, Tradiciones de Jalisco y Guadalajara de Indias. Habitó y murió en una casa que estaba ubicada en el número 573 de la calle Reforma. Él la describe de la siguiente manera: “... del tipo de casas pueblerinas, vetusta y ulcerada por el moho de los siglos, cuatro piezas largas y oscuras; puertas carcomidas y olorosas a azafrán, techos de tejamanil con tantas madres [vigas de refuerzo], que más que techumbres eran verdaderos árboles genealógicos; un amplio y rústico corral, arcaica sala y anciano comedor con típica cocina, nido de hollín de frituras de muchas generaciones...”. Murió el 13 de enero de 1963.

Aquella tarde del domingo 10 de noviembre de 1889 estaba anunciada en el Teatro Degollado la obra Treinta años o la vida de un jugador, y en el Teatro Principal la representación del drama Los Mártires de Tacubaya. Por razones que se desconocen, el gobernador Ramón Corona prefirió ir al Teatro Principal. Habiendo salido de Palacio minutos después de las cuatro de la tarde, el general Corona, acompañado de su esposa y su pequeño hijo Carlos, así como de su sirvienta, caminaba por la calle Degollado; y antes de dar vuelta al oriente y tomar la calle del Carmen (Juárez), fue atacado intempestivamente por Primitivo Ron, quien lo había estado acechando. El agresor asestó una puñalada en el cuello, otra en un brazo y, al voltear el general, una tercera en el abdomen, así como también una ligera a la señora de Corona –quien se vio protegida por la varilla de corsé como coraza. El general, ya herido, repelió a bastonazos la sorpresiva agresión, regresando por su pie a un costado de Palacio, de cuyo lugar se le condujo a sus habitaciones y falleció la mañana siguiente. En cuanto a Ron, corrió algunos metros por la calle Degollado y, una vez que hubo cruzado la del Carmen, se suicidó clavándose varias veces el puñal en el pecho. El historiador Pérez Verdía, nos cuenta que el general Corona, ya herido de muerte, le gritó a su agresor cuando lo veía que se estaba suicidando: “¿Qué haces desgraciado? ¡Te perdono!”

Adolfo Ochoa Adolfo Ochoa Adolfo Ochoa
Lulú y el Teatro Obrero Pompeyazo y Degollado Mascarilla mortuoria de Napoleón

El Teatro Obrero se convirtió en el lugar de los tapatíos para conocer a las bellas mujeres, llamadas “exóticas”, que mostraban sin pudor ni culpa sus voluptuosos cuerpos, agregando a ello sus atributos –cuando los había– en el canto y en el baile. Fueron muchas las “bellas” que con sus actuaciones les permitieron a los hombres de Guadalajara manifestar sus pasiones retenidas por la moral religiosa. Alrededor de 1929 y 1930 se recuerda a María González, Lulú, a Julia González y a Flora Barragán. De todas, sin duda la más memorable fue la Lulú, quien conocedora de sus atributos y del lugar privilegiado que tenía entre su público, llegó a levantarse la ropa, mostrar sus piernas, quedarse en “paños menores” y, provocando el paroxismo sensual, mostrarse completamente desnuda. Estos actos fueron los que popularizaron la frase de “¡da puerta, Lulú!”, que entusiastas y lujuriosos asistentes le demandaban a la bella “exótica”.

La erupción del Vesubio, en el año 79 sepultó en vida a Pompeya. Los trabajos arqueológicos iniciados un par de siglos antes ya para el XIX permitían admirar el esplendor de la ciudad. Y esa muestra viva de la fastuosa arquitectura grecorromana, hizo a su vez erupción y procreó un estilo constructivo en el mundo occidental. Guadalajara no podía permanecer ajena al ¡pompeyazo! y a la formulación del llamado neoclásico. En 1855, el goberenturno convocó a concurso para dotar con un teatro digno a la ciudad; triunfó el proyecto del tapatío Jacobo Gálvez, pintor y arquitecto cuya formación le había llevado a viajar por Europa y en abril de 1856 comenzó la obra. Luego de quedar interrumpida durante 14 meses por los vaivenes políticos, en 1859 se colocó la clave de la bóveda. Originalmente el teatro se llamaría Juan Ruiz de Alarcón, o Alarcón simplemente, pero en 1861 al morir víctima de la Guerra de Tres años quien había autorizado e impulsado la obra arquitectónica, el nuevo goberenturno Pedro Ogazón determinó ponerle el nombre de su predecesor. El teatro Degollado, así en homenaje a Santos Degollado, abrió sus puertas el 13 de septiembre de 1866. Junto al templo del Carmen, en 1882, en la callejuela que lleva su nombre y donde estuvo su casa, murió Jacobo Gálvez el buen arquitecto que hizo resonar el pompeyazo en la ciudad.

Francesco Antommarchi nació en Córcega, en 1789. Estudió en Liorna, Pisa y Florencia y se recibió de médico. Fue alumno del afamado anatomista italiano Mascagni. En 1819, se le llamó para atender a Napoleón Bonaparte, recluido en Santa Elena. Lo asistió hasta su muerte el 5 de mayo de 1821; le practicó la autopsia y tomó mascarillas mortuorias, hoy famosísimas en el mundo. Regresó a Italia y estuvo en Varsovia y París, donde se le creyó un bandido famoso de nombre Galochio y tuvo que escapar de la policía. Sin ser bien visto en Europa por su atención a Bonaparte, viajó a América. Estuvo en Durango, y en Guadalajara se hospedó en la casa de don Manuel Ocampo, frente al templo de Santa Teresa. Trajo algunas mascarillas mortuorias de su ilustre paciente y una de ellas estuvo en venta en la librería de Fortino Jaime y se conserva otra en casa de una distinguida familia tapatía. Aquí llevó a cabo famosas operaciones. Según su biógrafo Félix Martí, Antommarchi murió en 1838 en Cuba; pero según testimonio de José R. Benítez, murió víctima del cólera morbus en 1833 en Guadalajara y se le sepultó en el panteón de Los Ángeles, como constaba en la lápida de su sepultura.

Hugo Torres Salazar Álvaro González de Mendoza Adolfo Ochoa
Imberbe baterista (Maná) Diligencia México-Guadalajara Primera hidroeléctrica de aguas negras

Antes de que el grupo pop Maná alcanzara la fama suficiente para llenar estadios europeos y sudamericanos, tuvo otros nombres con los cuales sus integrantes ensayaban en la por entonces no muy poblada colonia zapopana de Ciudad del Sol: Sombrero Verde y antes, en inglés: Green Hat Show. Esta joven versión del grupo destacaba por dos cosas: la primera, su fanatismo por los Rolling Stones que los llevaba a tocar versiones –hoy se les dice covers– de canciones de aquel grupo inglés; la segunda, la presencia de un niño baterista que cuando no estaba detrás de los tambores se plantaba al frente personificando, con voz y gestos, al mismísimo Mick Jagger. Abraham Calleros había fundado el grupo junto a sus hermanos Juan y Ulises y a Fernando Olvera –hoy conocido como Fher. Era común verlo cantar con voz infantil, y adultas intenciones, Brown Sugar o It´s Only Rock and Roll. Sin embargo, a él no le tocó la gloria pues abandonó el grupo antes de la conversión en Maná y se marchó a tamborilear a Estados Unidos. ¿Sino de bateristas? Uno podría pensar –toda proporción guardada– en Pete Best, aquel que dejó a Ringo Starr su sitio en Los Beatles.

El sábado 1 de marzo de 1794 quedó establecida la comunicación periódica entre Guadalajara y la Ciudad de México por medio de un coche o diligencia que hacía el camino en doce días, saliendo de México los días primero de cada mes, y de Guadalajara, los 16. El camino, además de tortuoso, podía ofrecer sorpresas a sus viajeros, desde un puente roto, un río crecido o un asaltante emboscado.

Aprovechando un desnivel de más de 500 metros en la barranca del río Santiago, se producen diariamente 240 megawatts en seis horas, lo que representa una tercera parte de la demanda de Guadalajara durante el horario de las 16.00 a las 22.00 horas, denominado “horas pico”. El Sistema Hidroeléctrico Valentín Gómez Farías o “Agua Prieta” se inicia en el entronque del Periférico Norte y los desfogues de aguas residuales del río San Juan de Dios y el Arroyo Atemajac. Aprovecha 12 metros cúbicos por segundo que conforman la descarga, conduciéndolos mediante más de seis kilómetros de túneles hasta un tanque de almacenamiento con capacidad para un millón y cuarto de metros cúbicos. Las aguas se almacenan durante dieciocho horas, para ser descargadas en sólo seis, en una caída hasta las turbinas situadas al fondo de la barranca. La electricidad que se genera se envía a la Subestación Guadalajara Norte, donde se realiza la distribución del fluido. Esta hidroeléctrica que funciona desde octubre de 1991 a base de aguas negras, es la primera en su tipo en México –la segunda es la de Zimapán en el estado de Hidalgo. Se le estima una vida útil máxima de ochenta años, de los cuales se requieren quince para amortizar la inversión.

Alfredo Sánchez Hugo Torres Salazar Adolfo Ochoa

Triviario tapatío segunda edición

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