Trivias de inicio

El Mercurio Clavigero en Chapalita Ravi Shankar de visita

Manuel Romo de Alba se consideraba a sí mismo un “espíritu quijotesco”. A principios de los treinta, fundó Las Legiones: el primer grupo religioso secreto del que se tiene noticia en Jalisco y –al menos oficialmente– repudiado por la iglesia católica. Originario de San Juan de los Lagos y educado en el seminario de su pueblo, Romo participó en la Unión Popular, al lado de Anacleto González Flores y encabezó la Liga Nacional Defensora de la Libertad Religiosa. Más por su inclinación empresarial que periodística fundó El Mercurio en 1929, un diario que proclamaba los ideales de ultraderecha de su propietario, lo que provocó denuncias de la Compañía Periodística de Occidente ante el presidente Pascual Ortiz Rubio, en el sentido de que El Mercurio recibía subsidio o lo que en la jerga periodística se conoce como “chayote”, es decir, dinero u otro tipo de bienes, para controlar el contenido del diario conforme a intereses y tendencias muy particulares. Si bien nunca hubo pruebas al respecto, al poco tiempo de la denuncia El Mercurio desapareció.

El nombre de Francisco Javier Clavijero ha sonado mucho en Guadalajara por varias razones: fue uno de los jesuitas más apreciados por la Compañía de Jesús; con su nombre fue bautizado el centro cultural que el ITESO fundó en una hermosa finca construida por el arquitecto Luis Barragán y que fue propiedad de la familia González Luna, la Casa Iteso Clavigero; y una calle de la colonia Chapalita también se llama como él. Pero en la década de los setenta esa calle era famosa por razones ajenas al célebre sacerdote: era la sede de una de las pandillas más temidas del poniente tapatío. Era la época en que Guadalajara tenía triste fama nacional por la violencia callejera que intranquilizaba a las familias. Exagerada o no la mala fama de estos chavos de Chapalita, se decía que pasar por ahí a ciertas horas de la noche era exponerse a una madriza y en las fiestas de la colonia o de otras aledañas era común la huída generalizada cuando alguien pasaba la voz: “aguas, ya llegaron los de Clavigero…”.

Cuando se anunció en la década de los setenta que estaría en el Teatro Degollado el compositor de la India, Ravi Shankar, para interpretar su famoso Concierto para Sitar y Orquesta, el músico Eduardo Arámbula, quien había conseguido un sitar y comenzaba a tocarlo con cierta habilidad, no cabía de emoción. Gran admirador de Shankar, Eduardo buscó la forma de que el famoso músico le autografiara su instrumento. Así pues, se armó de valor y llegó al teatro el día señalado pocas horas antes de que comenzara el concierto. Cargaba el enorme estuche en cuyo interior venía el preciado sitar. Decidió no intentarlo por la puerta principal sino por la lateral, sobre la calle de Hidalgo, que era el acceso de los artistas. Cuando el responsable de la puerta lo vio llegar con el estuche y viendo su aspecto moreno y bajito, no sólo no le impidió el acceso sino que le dio la bienvenida con un “pase usted, maestro”, gracias a lo cual Arámbula ingresó al área de camerinos como si fuera uno de los músicos o el mismísimo Ravi y consiguió el ansiado autógrafo en la calabaza de resonancia de su propio sitar.

Angélica Íñiguez Alfredo Sánchez Alfredo Sánchez
Mathías Goeritz, artista Laboratorios Julio La Perla de Occidente y otros epítetos

Nacido en Danzig, Alemania, en 1915, Mathias Goeritz fue el primero de los varios profesores europeos que emigraron a Guadalajara para dar clases en la recién formada escuela de arquitectura de la Universidad de Guadalajara en 1947. Aunque se había formado bajo las ideas de la vanguardia artística alemana de principios del siglo XX, Goeritz era una especie de monje dadá que repetía incesantemente a sus alumnos: “¡Menos inteligencia y más fe!”. En 1953 construyó en la ciudad de México el mejor ejemplo de lo que él llamó arquitectura emocional: el Museo Experimental El Eco. Dos años después, en 1955, terminó en Guadalajara el Pájaro amarillo, símbolo de acceso al fraccionamiento Jardines del Bosque. Es en 1957 cuando realiza –junto con el arquitecto Luis Barragán– la que sin duda sería su obra más significativa y la que, paradójicamente, le dio los mayores dolores de cabeza. Se trata del conjunto escultórico de las Torres Satélite en la ciudad de México. Una plaza con cinco prismas triangulares que servía como puerta de ingreso a la entonces naciente Ciudad Satélite. El haber omitido a Luis Barragán en los créditos de autoría de la obra para alguna publicación extranjera, le valió una enemistad vitalicia con el arquitecto. El affaire de las también llamadas “torres de la discordia” se aclaró en 1987 (sólo un año antes de la muerte de Barragán y tres de la de Goeritz) por mediación del arquitecto Díaz Morales –el mismo que 40 años atrás había invitado a Goeritz a enseñar arquitectura en Guadalajara. La carta (firmada por ambos) dice: “Según tu sugestión te manifestamos de común acuerdo, que el crédito sobre la paternidad de Las Torres de la Plaza Satélite de esta ciudad es de nosotros dos. Lo que te participamos para que hagas de esta manifestación el uso discreto que consideres”.

Blanco y negro eran los únicos contrastes que los tapatíos podían ver en sus fotografías. El revelado era un proceso complicado por el tipo de rollo utilizado, de manera que era necesario que la gente mandara su película a Estados Unidos para poder ver sus imágenes impresas. Esto requería de una larga espera, incluso de más de dos meses. Más tarde, se instaló en la capital del país un laboratorio para efectuar este tipo de procesos, gracias a los cuales el tiempo de entrega se acortó, aunque de todos modos los aficionados a la fotografía radicados en Jalisco tenían que esperar un mínimo de cuatro semanas. En la década de los cincuenta, la fotografía en color se puso al alcance de la mayoría de las personas, gracias a un nuevo tipo de rollo. En el año de 1959, Julio estableció en Guadalajara el primer laboratorio para revelar las fotografías en color, lo cual representó un gran triunfo para la empresa, ya que este avance se propagó y en poco tiempo empezó a recibir películas de toda la república para procesar.

Muchos nombres se han utilizado para designar a la ciudad y dar testimonio de las características de su vida cotidiana y del impacto que ella ha causado en varios poetas, escritores, políticos y viajeros que han pasado por aquí. El poeta Juan de Dios Peza la llama “la ciudad de las gardenias”, mientras que el cronista Caballero le dice “la ciudad de los jardines”. José López Portillo y Rojas, en su novela Los precursores, llama a Guadalajara: “Fópoli”, que significa ciudad de luz, argumentando que las cualidades de su población pueden sólo atribuirse a la luz del cielo. Muchas comparaciones con las ciudades europeas nacen de las entrañas de los viajeros que llegan a finales del siglo XIX. Mencionan su parecido con Sevilla, “teniendo sobre ésta la enorme ventaja de ser sus calles muy anchas y tiradas a cordel”. Por su parte, Adolfo Dollero la llama “La Andalucía de México” y “La Perla de Occidente”, designación que prevaleció durante mucho tiempo. El periodista y escritor Eduardo Gibbon, por su parte la nombra “La Florencia Mexicana”. “La Sultana de Occidente” y “La Ciudad Real” fueron otros epítetos que algunos visitantes concedieron a nuestra ciudad. No hace mucho que por decreto municipal se le llamó “La Ciudad de las Rosas”.

Sergio Ortiz Cecilia López Cecilia López
Valle Inclán y las “cinturas de avispa” La tercera edad en el siglo XXI La abolición de la esclavitud

Desde siempre, Guadalajara ha experimentado la tendencia a imitar; y ese proceso imitativo en nada se manifiesta tanto como en la moda femenina que ha llegado primero de Europa y después también de Estados Unidos. Así, empezando el siglo XX el patrón imitativo fue la llamada cintura de avispa, que se hacía mediante un corsé de cintas que se amarraban por la espalda y que en muchas ocasiones los ayudantes de cámara tenían que ajustar poniendo la rodilla en la espalda para tirar con más fuerza de la prenda. Aparte de las cinturas de avispa, esta costumbre hacía que las caderas se vieran más prominentes con la ayuda de una especie de tubo de tela relleno que se colocaba a la altura de la región lumbar y se ataba por adelante elevando la región glútea. Pero sobre todo, el corsé levantaba y hacía parecer más grandes los senos que se lucían con pronunciados escotes. Esta forma en el vestir fue motivo para una anécdota del intelectual y poeta español Ramón del Valle-Inclán en una de sus visitas a la ciudad –en 1921–, cuando en un café del centro le dijo a una mesera que vestía de ese modo: “¿Me ofrece usted café… o me ofrece los senos?”

El concepto demográfico de “esperanza de vida” refiere la edad máxima a que el promedio de la población puede aspirar. En los últimos años esta edad se ha venido incrementando, como signo inequívoco de los avances médicos y de salubridad. Este innegable beneficio conlleva una serie de novedosas circunstancias y problemas. La señora Elva Guerrero, Reina de la tercera edad 2007 y poseedora también del título Señora Simpatía 2007, por el DIF Guadalajara, visitó al presidente municipal a quien platicó de sus noviazgos y cómo fue que su marido le pidió matrimonio. Le presentó algunas propuestas para mantener ocupados a quienes atraviesan por la tercera edad y se han quedado en sus viviendas. Incluso propuso la constitución de un Club de amigos y novios de la tercera edad. Cabe aquí aclarar que para merecer la membresía del grupo sería requisito rebasar los sesenta años; edad que hace décadas muy pocas personas alcanzaban.

La vieja creencia de que un país puede hacerse por decreto, data de los albores de la Independencia. Decretos que en no pocas ocasiones están llenos de buena voluntad pero que resultan inoperantes ante la realidad contundente e imposibles de cumplir. En 1953, Guadalajara estrenó una plaza monumental, oficialmente llamada Plaza de la Liberación, en la que se instaló una escultura –no tan bien lograda pues luego se reemplazó–, que muestra a Miguel Hidalgo rompiendo una cadena con la fuerza de sus brazos (improbable a sus 56 años cumplidos…). Estatua símbolo de aquel decreto que emitió el 6 de diciembre de 1810 en el que exigía u obligaba a los dueños de esclavos a ponerlos en libertad. Magnífica intención que adelantaba por mucho a países como los mismos Estados Unidos o Brasil, campeones de la esclavitud en el continente. Todo bien, sólo que el plazo de “diez días” –so pena de muerte– que daba a los esclavistas novohispanos era una aspiración imposible de cumplir; maravillosa pero tan irreal como el hecho de que sólo el viaje entre Guadalajara y México tomaba a lo menos 12 días, en buen caballo y con buen tiempo.

Mario Z. Puglisi Adolfo Ochoa Álvaro González de Mendoza

Triviario tapatío segunda edición

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