Trivias de inicio

Ojo de caballo El cólera y la vieja central camionera Teatro en El Anglo

El nombre de Luis González Durán Vázquez quizás no diga mucho. Es el verdadero nombre de quien, desde sus años juveniles, fue conocido por el apodo que él mismo adoptó como seña de identidad: Caballo. Luego de estudiar en el Instituto de Ciencias, su indecisión vocacional lo llevó a la carrera de Relaciones Industriales del ITESO donde duró muy poco. Se cambió a Ciencias de la Comunicación en 1975 donde la inspiración de maestros como José Luis Pardo, Jorge Paredes y Laura Magaña le abrió la puerta a lo que sería su modo de vida: la fotografía. También ahí empezó su interés por la otra mitad de su labor profesional: la enseñanza, principalmente para niños. Fundó Papalote, un singular local donde se impartían talleres de creatividad infantil; años después inició con Mónica Cárdenas y Cuitláhuac Correa –fotógrafos también– el taller visual Rendija y siguió afinando el ojo fotográfico hasta consolidarse como uno de los más notables artistas de la lente en Guadalajara. Mitad fotógrafo y mitad maestro o, más bien dicho, maestro fotógrafo de tiempo completo, la imagen de Luis Caballo se completa con sus infaltables huaraches, su larga barba entrecana y su pelo recogido en una cola de…de qué más, de caballo.

En Guadalajara se agotaron las lágrimas y así lo dicen las crónicas de época: tantos fueron los muertos que ya no había forma de llorarlos; macabros carretones transitaban temprano por las calles para recoger de las casas a los difuntos del día. Fue el año del cólera: 1833. Era imposible depositar a miles de difuntos en los camposantos adjuntos a las iglesias. Así, fue preciso habilitar un panteón más lejano y un fraile lego franciscano, fray Sebastián de Aparicio, fue el primer ocupante del llamado Cementerio de Santa María de Los Ángeles en la rivera oriental del río de San Juan de Dios. Casi 30 años antes del primer panteón civil, el de Belén, el de Los Ángeles estuvo en funciones largo tiempo, hasta que en el siglo XX el municipio determinó construir en el lugar un espantoso estadio deportivo en 1930. Luego –en 1950–, el estadio cayó y en su lugar apareció lo que hoy es la vieja central camionera.

En la calle de Tomás V. Gómez se encontraba el más famoso instituto de enseñanza del inglés en Guadalajara de la clase media-alta: el Anglo, como se le conocía popularmente. Por ahí circulaba una inquieta directora de teatro, norteamericana ella, llamada Paty Ballinger, quien con frecuencia montaba obras en las que participaban los maestros del instituto (gringos, casi todos). Uno de sus montajes más célebres fue Godspell, una obra musical pop basada en los evangelios, para la cual echó mano de algunos mexicanos que cantaban, actuaban y hablaban inglés, como Jaime Dipp, quien hizo el papel de Jesucristo. La dirección musical de esa obra estuvo a cargo de Susan Garza, talentosa pianista norteamericana que pasó fugazmente por la ciudad y que se acompañaba de muy jóvenes músicos mexicanos: Gustavo Orozco, Juan Carlos Ramírez y Alfredo Sánchez. Las obras se presentaban en el pequeño teatro con el que contaba el Anglo y que cumplía satisfactoriamente las modestas necesidades de los montajes. Aunque hay que decir que quizá lo más famoso del Anglo no eran sus clases ni sus obras de teatro sino los mangos verdes con chile que se vendían en la esquina y que eran saboreados diariamente por los alumnos.

Alfredo Sánchez Álvaro González de Mendoza Alfredo Sánchez
Actividades recreativas El nuevo panteón de Mezquitán Plaza del Sol

En los años cuarenta, bajo las pinceladas del sol que anunciaban la tarde, la Plaza de Armas esperaba la llegada de las familias tapatías que, mientras disfrutaban del sabor de algodones de azúcar y manzanas bañadas en caramelo, escuchaban las marchas y música clásica que tocaba la banda municipal dentro del kiosco. En la misma época, la sede de los enamorados tapatíos era el Parque de la Revolución, lugar de reencuentros casuales que se daban gracias a las vueltas opuestas que daban los varones de las jovencitas. Muñequita Linda, Quiéreme Mucho, Morenita Mía y Aquellos Ojos Verdes, eran las canciones de moda que provenían del tocadiscos de una camioneta que se ponía justo en medio del parque para que todos se deleitaran con la música. Los jóvenes llegaban a solicitar alguna canción para dedicarla a alguna muchacha. También compraban gardenias, las únicas flores que vendían ahí, para dar muestras de afecto. Estas veladas románticas, de 8:00 a 11:00 pm, se repetían cada jueves y domingo. Hoy nadie imaginaría que detrás de cada banca del Parque de la Revolución se esconde una historia de amor que quizá perduró y que seamos, después de algunas generaciones, una de sus secuelas.

“Vamos a Guadalajara”, decían los habitantes de un poblado indígena llamado San Miguel de Mezquitán –situado al noroeste de la Plaza de Armas–, todavía a principios del siglo XX. Y es que aunque Analco y Mexicaltzingo ya eran barrios en toda forma y Mezquitán pertenecía al décimo cuartel de Guadalajara, el sitio seguía siendo una población aparte. Pero la democracia de la muerte fue la que finalmente insertó a Mezquitán en la ciudad, pues el panteón civil –ubicado donde hoy es el mercado Corona– comenzaba a carecer de espacio y se necesitó trasladarlo a un sitio más grande y alejado de la urbanización por cuestiones de salubridad. El 2 de noviembre de 1896 se abrió el nuevo panteón en lo que eran las orillas de la ciudad –hoy Enrique Díaz de León y avenida de Los Maestros–, y aunque los habitantes de San Miguel de Mezquitán se resistían a formar parte de una realidad que no era la suya, la necesidad urbana de enterrar a sus muertos no les dejó otra salida. Por cierto que el primer enterrado no fue mezquitense ni tapatío sino alemán, pues con el cuerpo del señor Juan Jaaks –farmacéutico dueño de la Farmacia Alemana– se inauguró el panteón.

Para facilitar a los tapatíos la adquisición de todo tipo de artículos sin que tuvieran que recurrir a “la tienda de la esquina” o ir “hasta el Centro”, varios empresarios concretaron la idea de construir una plaza comercial para Guadalajara. Pretendían un centro comercial que fuera el mayor y el más moderno de América Latina, llamado Plaza del Sol. Según la opinión de mucha gente, el terreno que se adquirió en Mariano Otero y López Mateos “estaba muy lejos”, pese a ello, la primera piedra que se colocó para dar vida al nuevo centro comercial fue el 10 de enero de 1969. En un lapso de diez meses fue inaugurada para ofrecer a los tapatíos un gran repertorio de comercios. Fueron ciento cuarenta tiendas rodeadas de áreas comunes que incluyeron calles interiores y un estacionamiento para dos mil carros. El inicio no fue fácil, debido a que el éxito de Plaza del Sol dependía de un radical cambio de hábitos de compra en los tapatíos. Pero finalmente, Plaza del Sol tuvo una influencia positiva en la economía de Guadalajara, porque muchos empleos fueron creados. Esta plaza fue el comienzo de la modernización del comercio en Guadalajara.

Cecilia López Angélica Íñiguez Cecilia López
Bancos en Guadalajara Prisciliano Sánchez Padilla Ballet: nadie es profeta en su tierra

A comienzos de la época independiente, la escasez de medios de pago y su limitada circulación hacían necesarias algunas formas de crédito en las que intervenía la Iglesia otorgando préstamos a particulares o al gobierno para solventar el gasto público, siempre y cuando fuera a cambio de una garantía. Los primeros pasos para la fundación de bancos con capital jalisciense se dieron en 1833 bajo la gubernatura de Francisco Tolentino. También bajo su gobierno, el ministerio público y el registro público hicieron su llegada triunfal a Guadalajara, elevando el valor de la propiedad rústica y urbana del estado en más del ochenta por ciento. A fines de la década de los ochenta es fundado el Banco de Jalisco y se establece en la capital tapatía la primera sucursal del Banco Nacional de México.

Las aportaciones de Prisciliano Sánchez Padilla (1783-1826) a la República, al federalismo y a la democracia, lo convierten en uno de los hombres más valiosos de la historia regional y de la historia nacional. Su obra, en muchos aspectos sigue vigente. Escribió el Pacto Federal de Anáhuac, que resume el sentir de la nación en aquella época y que contempla la organización de los tres poderes de la federación y de los estados. Como diputado al Primer Congreso Nacional firmó el Acta Constitutiva de la Federación el 31 de enero de 1824. Fue el primer gobernador constitucional de Jalisco, a partir del 8 de enero de 1825. Elaboró programas educativos, electorales y de administración pública. Entre sus logros, destacan la transformación de la Universidad en Instituto de Ciencias y la construcción del pórtico en el ex Templo de Santo Tomás. Continuó además con la construcción del Hospicio Cabañas y mejoró el Hospital de Belén. A consecuencia de un padrastro infectado en un dedo y después de 24 días de postración, murió en 1826. Sus restos descansan hoy en la Rotonda de los Jaliscienses Ilustres.

Todo comenzó con un pequeño grupo de ballet clásico que la maestra Guadalupe Leyva formó con niñas principiantes en el municipio de Zapotlán El Grande. Las chicas trabajaron algún tiempo bajo el nombre de Ballet de Zapotlán y llegaron a presentarse en colonias de Guadalajara y en dos o tres teatros con poca respuesta del público y escaso apoyo institucional –al fin y al cabo no era más que un grupito procedente de uno de tantos municipios estatales. Cuando Leyva tuvo que regresar a vivir a Guadalajara, algunas niñas la siguieron: venían desde Zapotlán a tomar clases con ella, y otras tapatías se agregaron. En 2006, la profesora renombró al grupo como Balanz y se lo llevó a dos concursos mundiales, uno en Italia y otro en Polonia, donde arrasaron con los premios más destacados: medallas de oro, plata, reconocimientos como mejores futuras bailarinas, el Grand Prix. De regreso a Guadalajara siguen bailando en teatros tan vacíos como siempre, mientras los grupos extranjeros –sean buenos, malos o verdaderos fraudes– vienen de vez en cuando y abarrotaban los teatros.

Cecilia López Adolfo Ochoa Angélica Íñiguez

Triviario tapatío segunda edición

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