Trivias de inicio

San Cristobalazo y San Cristobalito Bosque Santa Edwiges Barrios antiguos en retrospectiva

En la calle de Santa Mónica esquina con Reforma, existe desde hace más de doscientos años una colosal escultura de San Cristóbal. Antaño, cuando las mujeres anhelaban tener marido, le rezaban a este santo en palabras aumentativas y en términos de admiración las siguientes cuartetas: “San Cristobalazo patazas grandazas, manazas fierazas, ¿cuándo me casas?” Posteriormente, si la mujer llegaba al matrimonio por la supuesta intercesión del santo y no lograba la anhelada felicidad sino, por el contrario, era maltratada por el marido, entonces regresaba con San Cristóbal, y ahora le rezaba con cálidos diminutivos en las siguientes cuartetas: “San Cristobalito, patitas chiquitas, manitas bonitas, ¿cuándo me lo quitas?” Sin lugar a dudas, las circunstancias siguen siendo las mismas; o en todo caso, como afirmaba el sabio Salomón: “¿Qué es lo que fue? Lo mismo que será. ¿Qué es lo que se ha hecho? Lo mismo que se hará; y nada hay nuevo bajo el sol” (Eclesiastés 1:9).

Por los años cincuenta y sesenta, recorrer los alrededores de Guadalajara, circundada por bosques, representaba una excursión familiar acostumbrada los domingos. Albercas públicas económicas recibían en sus aguas a algunos tapatíos: Los baños de Ochoa, El Patito, la Quinta de las Rosas, El Batán. Para caminar y respirar aire puro: Los Colomos, La Nogalera, los bosques de La Primavera y de Santa Edwiges, el Agua Azul, el Parque de San Rafael, el Volcán del Colli, el Cerro del Cuatro, el del Tesoro y otros. Para llegar al bosque Santa Edwiges (actualmente fraccionamiento Jardines del Bosque), muchos transeúntes que venían del Centro, tomaban la avenida Vallarta –que estaba rodeada de árboles y casas señoriales cerradas con sus enormes bellos jardines. Al llegar al cruce con la avenida Lafayette (Chapultepec), seguían por esa calle hacia Niños Héroes. Ahí terminaba la mancha urbana donde se dirigían hacia el poniente en cuyo fondo se distinguía la línea de la floresta. El bosque era fresco, habitado por un sinfín de árboles, en su mayoría eucaliptos. La casita del guardabosque era el refugio de los hambrientos. Después de unos buenos tacos con chile y queso, los tapatíos emprendían el regreso a casa.

Analco quire decir “del otro lado del río”. En un principio vivían los indígenas, adonde los desplazaron. A pesar de que el río San Juan de Dios fue entubado en 1910, Analco no perdió ningún aspecto de su encanto: ni su parroquía de San José, ni sus vecindades de El Oso, El Charro y el As de Oro. Mexicaltzingo fue fundado en 1542 y poblado por los indios traídos del valle de México para luchar contra la guerra de los recios caxcanes; su gran festividad es el Jueves de la Ascensión del Señor. Allí les gustó el lugar como aposento porque el agua bajaba bien desde el cerro del Colli en dirección a la tranquilidad del Agua Azul. En el camino se llegaba a San Juan de Dios, barrio que también nació al pie del río que le da su nombre y que actualmente alberga los recintos más importantes de la memoria histórica de Guadalajara: el Hospicio Cabañas –ahora cultural, antes aposento de caridad– el mercado Libertad y la Plaza de los Mariachis. El barrio de la Capilla de Jesús es aún más antiguo que su propia parroquia; escenario de diferentes sucesos sorprendentes como la caída de un rayo que quemó parte del altar en el año de 1873; también ocurrió un fuerte terremoto en 1875 que sacudió y cuarteó la cúpula y los muros del aposento.

Adolfo Ochoa Cecilia López Mariana V. Gómez
Jarabe tapatío Tren ligero Lecciones de farmacología, del doctor Leonardo Oliva

El Jarabe tapatío, cuyo baile muestra el cortejo constante del hombre vestido de charro con su zapateado firme y constante rodeando a la mujer vestida de china poblana, a quien orgullosamente besa tras su sombrero, ha sido un orgullo mexicano que traspasó los límites de Guadalajara. En 1921, José Vasconcelos –entonces secretario de Educación Pública– proclamó a la pieza para ser la danza nacional de México y decretó que en todas las escuelas de México se enseñaría este bailable como símbolo de la identidad mexicana. Conocido también como “la danza del sombrero”, causó escándalo en la iglesia católica, la cual lo consideró como lujurioso por sus acercamientos constantes entre el hombre y la mujer. El popular Jarabe tapatío, compuesto por Jesús González Rubio e inspirado en las distintas regiones de Jalisco, es practicado en el centro y sur de Jalisco desde mediados del siglo XIX. La danza tapatía quedó plasmada en un vitral del Museo de la Luz, en la Sala de Discusiones Libres que instaló José Vasconcelos, quien encomendó a Roberto Montenegro y Guerrero la decoración de pilastras, arcos y bóvedas.

Las promesas para tener tren ligero fueron muy largas y parecía que nunca llegaría a la ciudad; hasta que por fin el uno de septiembre de 1989 se inauguró la primera fase de un sistema de transporte subterráneo de alta capacidad para 200 pasajeros que puede acoplar cuatro o cinco vagones adicionales. Es considerado ideal, debido a que representa el justo medio entre el metro y el auto individual. Costó alrededor de 5,000 millones de pesos. El trazo de la primera ruta fue el mismo que seguían los trolebuses por la avenida Federalismo-Colón.

En el Museo de Historia Natural de la Ciudad de México se encuentra un busto de un prestigioso científico jalisciense: el eminente médico Leonardo Oliva. Egresó de la universidad tapatía a mediados del siglo XIX y a partir de ahí comenzó a arrojar luz sobre la vida artística, científica y cultural del estado. Hombre cultísimo, de espíritu romántico, latinista a la altura de los mejores, amante apasionado del arte y la buena música, políglota y científico de incansable labor, comenzó a dar la cátedra de farmacología en la Escuela de Medicina de Guadalajara desde que se tituló y hasta el año de 1870. Su principal pasión fue la investigación: cultivó un magnífico jardín botánico en su propiedad donde estudió las propiedades medicinales de muchas plantas y flores, desconocidas en ese entonces. Publicó en Guadalajara, en 1853, su obra más notable: Lecciones de farmacología, libro que constituye la primera obra de investigación de este campo en toda la nación mexicana. Escribió la Historia de la medicina en México, que lamentablemente se extravió en su viaje a la Academia de Medicina de Paris. Murió en Guadalajara en 1872 y sus restos descansan en la Rotonda de los Jaliscienses Ilustres.

Cecilia López Cecilia López Mario Z. Puglisi
Seminaristas traviesos Fotógrafos pioneros Clausura de los salones de baile

Don Pedro Espinosa y Dávalos fue rector del Seminario (1834-1852) y obispo . De su gestión como rector, se conoce la siguiente anécdota. Había una limosnera llamada Martina Mendiola que solía pedir ayuda afuera del Seminario. Los seminaristas, quienes gustaban jugar bromas, le dieron un escrito, haciéndole creer que con él recibiría del rector Espinosa un importante remedio a sus males. Distrajeron al portero, para que ella ingresara al claustro hasta tocar a la puerta de la mismísima celda del rector. El señor Espinosa se extrañó de la visita, mas venciendo su extrañeza preguntó a la mujer qué se le ofrecía. Martina por toda contestación le entregó el papel escrito en los siguientes términos: “Doña Martina Mendiola Suplica a su señoría Que le dé su compañía por no poder vivir sola.” El señor Espinosa comprendió que se trataba de una broma y escribió la contestación, entregando el papel a la analfabeta. Los seminaristas, a la espera de reacciones, leyeron lo que el sabio había anotado: “Contesta su señoría a la señora Mendiola que quiere una compañía por no poder vivir sola. Que vaya a la Portería y de aquellos estudiantes, elija su compañía o quede sola, como antes.”

Con posterioridad a las primeras fotografías de Jacobo Gálvez, el oficio del fotógrafo se fue extendiendo conforme a una mayor demanda de los tapatíos. Todos ellos hacían, sobre todo, retrato y paisaje. Por ejemplo, en el portal de los Agustinos, don Justo Ibarra estableció –junto con “un señor Contreras” – el primer taller formal de fotografía en 1864. Y había otro fotógrafo –Carlos Barriere– que se dedicaba a retratar señoras guapas en ambientes llenos de glamour. Mención especial merece Octaviano de la Mora, quien abrió su estudio en el portal Matamoros durante la década de 1870. De la Mora fue el único fotógrafo de la república premiado con medalla en la Exposición Universal de París en 1878 y además se colgó siete medallas de primera clase de oro y plata en las distintas exposiciones del país. De Europa trajo gran parte de su aprendizaje, como el manejo adecuado de la iluminación y los efectos que causaba en la fotografía. En 1872, instaló un “salón de posiciones” que era una especie de teatro lleno de escenografías y el sello que llevaba su trabajo tenía un lema contundente: “verdad y belleza”. Hasta bien pasada la segunda mitad del siglo XX, nadie imaginaba que la fotografía estaría, con mayor o menor arte, al alcance de todos.

El diario El Heraldo de Occidente, en una nota del 3 de abril de 1936, relata el hecho de que siete jovencitas menores de edad que habían asistido al salón de baile El Mosler, en la calle 16 de septiembre, fueron sacadas de ahí con el engaño de “hacerlas artistas”. Hecho consumado por la celestina Amparo Gutiérrez, ayudada por unos individuos de “sexo dudoso” que venían de la metrópoli, con la complicidad de un ex empleado local de sanidad. El destino de las jovencitas era ser vendidas en un burdel, hecho que consternó a la sociedad tapatía y tanto la Federación de Estudiantes Socialistas de Occidente (FESO) como la Logia Masónica Simbólica Netzahualcóyotl, dirigieron enérgicas protestas al ayuntamiento a cargo del presidente municipal Florencio Topete, quien ordenó la clausura inmediata de todos los dancings de la ciudad. Y la Guadalajara conservadora de 180,000 habitantes se vio sin sus centros de diversión popular por algún tiempo.

Adolfo Ochoa Angélica Íñiguez Nuria Blanchart

Triviario tapatío segunda edición

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