Trivias de inicio

El nuevo panteón de Mezquitán El tutú en Guadalajara Mariachi Vargas

“Vamos a Guadalajara”, decían los habitantes de un poblado indígena llamado San Miguel de Mezquitán –situado al noroeste de la Plaza de Armas–, todavía a principios del siglo XX. Y es que aunque Analco y Mexicaltzingo ya eran barrios en toda forma y Mezquitán pertenecía al décimo cuartel de Guadalajara, el sitio seguía siendo una población aparte. Pero la democracia de la muerte fue la que finalmente insertó a Mezquitán en la ciudad, pues el panteón civil –ubicado donde hoy es el mercado Corona– comenzaba a carecer de espacio y se necesitó trasladarlo a un sitio más grande y alejado de la urbanización por cuestiones de salubridad. El 2 de noviembre de 1896 se abrió el nuevo panteón en lo que eran las orillas de la ciudad –hoy Enrique Díaz de León y avenida de Los Maestros–, y aunque los habitantes de San Miguel de Mezquitán se resistían a formar parte de una realidad que no era la suya, la necesidad urbana de enterrar a sus muertos no les dejó otra salida. Por cierto que el primer enterrado no fue mezquitense ni tapatío sino alemán, pues con el cuerpo del señor Juan Jaaks –farmacéutico dueño de la Farmacia Alemana– se inauguró el panteón.

1950. Domingo cualquiera en Guadalajara. Al final de su misa, el entonces arzobispo José Garibi Rivera, muy preocupado, dijo que era inadmisible para la Iglesia que se dieran espectáculos como el de la semana anterior en el Teatro Degollado: un montón de chicas con faldas de tul muy cortas levantaban las piernas escandalosamente, como si se tratara de ese baile francés, el Can-Can, tan provocador (en su época). Aseguró que Dios lo veía mal, por tanto la iglesia prohibía el ballet. La autora de tal atrevimiento, la maestra Hellen Hoth, que había montado El lago de los cisnes –quizá por primera vez en la ciudad–, se enfrentó a una desbandada de alumnas cuyos padres decidieron que confiar en los consejos de Garibi Rivera era el mejor camino. Hellen Hoth continuó su trabajo, aunque enfrentándose a un escándalo grande. Un periodista de la Ciudad de México escribió un artículo: decía que lo inadmisible era la actitud del arzobispo de Guadalajara. La nota ayudó a Hoth y así fue como el tutú se quedó en esta ciudad hasta el grado de parecer conservador en la actualidad.

El mariachi ha sido inseparable del tapatío. Sus instrumentos lo acompañan en bodas, bautizos, aniversarios, cumpleaños y hasta en los más tristes entierros suenan sus trompetas. Desde 1921, Silvestre Vargas dejó una huella imborrable en la historia del mariachi, que en aquella época se constituía exclusivamente de violines, arpa y guitarra. Durante los años treinta realizó su primera gira a la Ciudad de México y en 1940 introdujo las trompetas a este género popular (otros dicen que lo hizo Cirilo Marmolejo hacia 1928). Por sus venas corría el gusto por la música, ya que su padre había fundado el Mariachi Vargas en 1898. Su mariachi tocó para la policía de Distrito Federal por más de veinte años y acompañó a artistas nacionales como Jorge Negrete, Pedro Infante, Javier Solís, Lucha Reyes o Lola Beltrán. El Mariachi Vargas ha llevado la música jalisciense y mexicana por diversas giras al extranjero. En 1976 don Silvestre dejó de actuar y en 1983 el gobierno del estado de Jalisco le rindió un homenaje en el Teatro Degollado de Guadalajara. El grito que lo caracterizó y dio vuelta al mundo, seguirá siendo escuchado a través de los años: “¡Y no te rajes Jalisco!”

Angélica Íñiguez Angélica Íñiguez Cecilia López
“La guerra es un azar” La ciudad del siglo XIX Cuarto menguante

Cuando Benito Juárez instaló su gobierno en Guadalajara en febrero de 1858, el gobernador era Jesús Camarena y jefe militar, el general Silverio Núñez, quienes eran incondicionales a la causa republicana. En el palacio de gobierno, Juárez consideró conveniente concentrar las fuerzas militares. Camarena redactó la orden mediante un mensaje que iniciaba diciendo: “La guerra es un azar; sin perder tiempo, reúnanse en esta ciudad (...)”. Pero el coronel Antonio Landa, con un grupo de sublevados, se rebeló contra su superior, el general Núñez y el gobierno de Juárez, y se dispuso a atacar Palacio. Núñez acudió el día 13 de febrero a identificar la postura de Landa, encontrándolo apostado en el edificio de la Universidad (Biblioteca Iberoamericana, Edificio Lutecia), y apuntando la artillería hacia Palacio. Núñez le pidió a Landa subordinarse, sujetándole de las solapas y llamándole traidor. Viendo el forcejeo, un soldado de Landa disparó a quemarropa. Pero debido a la buena suerte de Núñez, la bala se incrustó en su reloj de oro que traía en la bolsa del chaleco, aplastándole completamente la maquinaria y las dos tapas. Se salvó de la muerte, ese día, por azar.

A principios del siglo XIX, Guadalajara estaba rodeada de huertas y su población aproximadamente era de treinta y cinco mil habitantes. El centro lo formaba la Plaza de Armas o Principal, que tenía en su mitad una gran fuente de cantera, con cinco escalones en su base y un saliente de tres varas y media en el centro. La plaza estaba circundada por pequeños arbustos; y en cada uno de sus ángulos, postes con faroles de hojalata y vidrios blancos. Al lado norte quedaba la catedral con sus dos torres cuadrangulares y chatas; de este mismo templo destacaban hacia su lado oriente los miradores del cabildo eclesiástico, con su arquería y balconería que daban vista a la plaza. Al oriente se levantaba el Real Palacio, todo de cantera y hierro, que había sido concluido en 1780. Al poniente y al sur había dos hileras de portales con casas de dos pisos, ocupando el inferior tiendas de variadas mercancías y el superior habitaciones lujosas que reflejaban el éxito económico de sus propietarios.

Como algunos otros miembros de su generación, Jorge Esquinca sucumbió a la presión social y familiar de estudiar “una carrera de verdad”, a pesar de su notoria inclinación por las letras. Optó por algo intermedio: la carerra de ciencias de la comunicación en el iteso. Pero casi en cuanto terminó sus estudios se decidió por su verdadera vocación que le habría de dar con el tiempo reconocimientos tales como el prestigiado Premio Aguascalientes en 1991. Como participante del taller literario del doctor Elías Nandino, coincidió con otros aspirantes a escritores como Luis Fernando Ortega, Felipe de Jesús Hernández, Luis Alberto Navarro y Roberto Márquez –más tarde notable pintor emigrado a Estados Unidos– entre otros. De esas épocas data la aventura editorial de no muy larga duración llamada Cuarto Menguante, donde se publicaron libros de poesía y artes visuales editados por Esquinca y compañía. Años después, las ganas y la necesidad llevaron a Jorge hasta el Fondo de Cultura Económica, pero no en su faceta de escritor sino de promotor cultural. Ahí, en la sede de avenida Chapultepec, animó durante años diversos talleres, presentaciones de libros y actos culturales.

Adolfo Ochoa Hugo Torres Salazar Alfredo Sánchez
Kiosco francés Generala minúscula José Fructo y los periódicos

En 1909, cuando el gobernador Miguel Ahumada hizo las más importantes mejoras a la Plaza de Armas, pavimentándola con mosaicos y alumbrándola de forma sin igual, cambió el antiguo kiosco –moviéndolo al parque Morelos– y lo sustituyó por otro de estilo art noveau. Originalmente, este kiosco se mandó traer de Francia a través de la empresa La Esmeralda; se construyó en la fundición de arte internacional D´Osne en el boulevard 58 de la calle Voltaire, en París. El kiosco es de gran hermosura y perfección porque tiene ocho columnas con forma de mujeres en sus ángulos. La primera de ellas, orientada frente a Palacio, tiene en la mano una máscara; la segunda, una flauta; la tercera, un pandero; y la última, una lira, repitiéndose en forma simétrica por el otro lado. Estas figuras femeninas causaron controversia por tener los senos desnudos. Las madres se veían obligadas a taparles los ojos a sus hijos cuando pasaban por allí.

La imagen de la Virgen de Zapopan mide 34 centímetros y está hecha de pasta de caña. Dice la tradición que fray Antonio de Segovia la colgaba de su cuello para evangelizar a los indígenas y que en el cerro del Mixtón hizo su primer “milagro” al pacificar a los indios que combatían a los conquistadores. Al título de Pacificadora, se suman los de Generala, Patrona, Reina y Taumaturga (realizadora de prodigios). Para implorar su protección contra rayos, tempestades y tormentas, desde 1734 recorre los templos de la ciudad. Lleva en su peregrinar, que comienza en mayo, una corona y una aureola. Pero el 12 de octubre, cuando vuelve a su Basílica, viste de viajera con rebozo y sombrero. Además porta su espada de generala, su cetro de reina y las llaves de la ciudad que se le otorgaron en 1942. Por ser además Señora de la Expectación, lleva un relicario que guarda la figura diminuta de un niño para significar que espera el nacimiento de su hijo. De ahí que su fiesta sea el 18 de diciembre. Cada año estrena vestidos y camioneta que le regalan sus devotos. También le han obsequiado trofeos, rifles, orejas de toro, balones, piedras, trenzas y espadas, entre un sinnúmero de objetos.

El primer periódico que circuló en Guadalajara no se redactó en esta ciudad. Se trató del Semanario Patriótico que fue elaborado casi en su totalidad en Madrid. Aun así, un grupo de particulares tapatíos pagó para que fuera reimpreso localmente en 1809, con adiciones y añadidos. El trabajo fue encargado al español José Fructo Romero, sucesor de Mariano Valdés Téllez –quien fuera el primer impresor en Guadalajara y que tuvo que regresar a la Ciudad de México por un impuesto que se le había gravado a su taller. Fructo Romero era el único dueño de imprenta en toda la ciudad y por mucho tiempo elaboró todos los textos impresos aquí. El Semanario Patriótico fue un impreso dimensionado de dos, a dos y medio pliegos en octava, y que alcanzó quince números. También José Fructo imprimió el segundo diario que circuló en la capital del estado y primer periódico insurgente de toda la nación: El Despertador Americano, de Severo Maldonado, que vio hasta siete números en un mes (del 20 de diciembre de 1810 al 17 de enero de 1811).

Mario Z. Puglisi Juan Carlos Núñez Bustillos Mario Z. Puglisi

Triviario tapatío segunda edición

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