Trivias de inicio

Los abonos de Toña La Negra Hoy ilustres, antes relapsos Funeral de El Barón Ornelas

El restaurante de Toña La Negra puso de moda los abonos que, así como se compraban para ir al teatro, ella los vendía para que sus clientes asegurasen las suculentas comidas de la semana. Vendía caldo michi, sopa de médula, flautas, enchiladas, milanesas de lomo y filete, arroz y pollo frito. Era 1930 cuando abrió el negocio en Juárez 91, entre Huerto y Molina, luego de haber trabajado desde muy joven en el restaurante La Fama Italiana. Cuando la calle Juárez se hizo avenida, Toña se cambió a López Cotilla 83.

Toña Ornelas de García nació y murió un 8 de septiembre, aunque en el primer caso fue del año 1905 y en el segundo, de 1963. Además de los olores y sabores que despedía el establecimiento de Toña La Negra era fama que el lugar era atendido por meseras muy guapas, como Lupe, Marta, Juanita y La Pichi.

La Rotonda de los Jaliscienses Ilustres alberga los restos de personas consideradas ejemplares. Tiempo atrás, sin embargo, a quienes daba albergue este espacio, eran todo lo contrario de ilustres. Cuando la congregación del Colegio Seminario se extinguió en 1775, se utilizó el edificio para recluir a los sacerdotes “relapsos”, es decir, religiosos de actitudes poco ortodoxas y aun reprobables. El cabildo de la catedral decidió demoler el Seminario y construir la iglesia de la Soledad. Después de La Reforma ese edifició sirvió para oficinas del gobierno federal, y terminó siendo demolido en 1951 para formar uno de los brazos de la Cruz de Plazas; intervención urbana del arquitecto Ignacio Díaz Morales.

Santiago El Barón Ornelas, vecino del barrio del Santuario, era bastante conocido en su época por ser medio poeta, descarado e imprudente hasta reír. En una ocasión tuvo la extraña idea de hacerse pasar por muerto en su barrio. Compró un cajón de no muy bajo precio, alquiló algunos cargadores que ya estaban avisados, rentó unas calandrias para hacer más solemne el cortejo fúnebre y con su “bandera amarilla” significando que eran de transporte proletario. Reunidos los elementos, El Barón se dispuso a representar su escena mortuoria: dentro del ataúd recorrió las calles de Guadalajara seguido de una charanga que sonaba tristemente y que daba un aire de grandeza a la caravana. Cuando don Santiago pasaba por el jardín del Santuario, que tenía una pila con cuatro tortugas que vomitaban agua, abrió la caja, se levantó y al punto dijo: “¡Un momento, señores!”, y cuando la comitiva se detuvo el supuesto difunto se dirigió a la pila y a voz en cuello dijo: “Adiós pila del Santuario con tus cuatro tortuguitas. Adiós, viejas del rosario. Adiós, muchachas bonitas”. Esto lo hizo en el momento en que la gente salía del rosario hacia el jardín del Santuario, causando gran alboroto y diversión entre todos los presentes.

Angélica Íñiguez Angélica Íñiguez Mario Z. Puglisi
Imagen de La Asunción en Catedral Danza croata El puente colgante de Arcediano

Como se sabe, el cuadro original de La Asunción o de La Purísima, que está actualmente en la sacristía de la catedral tapatía, es obra del pintor del siglo XVII Bartolomé Esteban Murillo. Este lienzo guarda una historia agitada. La pintura estaba en condiciones de abandono en el templo de la Soledad y Colegio Clerical (actual Rotonda de los Jaliscienses Ilustres). Los padres se la dieron a Antonio Castro para que la retocara, pero éste se negó, dado su valor. Ofreció limpiarla y les dijo a sus dueños que poseían el mejor cuadro de la ciudad. Les ofreció tres copias y quinientos pesos a cambio del original, pero éstos se negaron cuando supieron el tesoro que tenían. En la intervención francesa en México, los extranjeros le ofrecieron cuarenta mil pesos al cabildo tapatío por La Asunción, pero éstos se negaron y lo escondieron durante diez años. Cuando lo sacaron de su escondite, lo restiraron en un bastidor nuevo y lo tuvieron que recortar sin tocar las figuras pintadas. Cuando las tropas carrancistas llegaron a la ciudad lo volvieron a esconder, y en su lugar colocaron una copia de José Reyes Durán, que se robaron los constitucionalistas. Cuando ya no corría peligro el original de la virgen, se colocó donde ahora podemos admirarlo.

Durante el V Festival Internacional de Danza Contemporánea, realizado en el Teatro Degollado en 2006, la despedida tocó al grupo Zagreb, originario de Croacia, el cual advirtió que daría una función sólo para adultos. La danza contemporánea no suele llenar teatros en esta ciudad, pero entre el morbo y el malinchismo lo lograron esa noche. La obra resultó de calidad y finalmente apta para toda la familia –a menos que fuera ultra conservadora–, pues se limitó a mostrar algunos paños menores. Esa misma noche, la compañía mexicana de danza gay, La Cebra, llevó a la fiesta de clausura del Laboratorio de Artes Variedades (Larva) un espectáculo atrevido como cualquiera de su repertorio, sin restricciones (incluso hubo niños). Los integrantes de Zagreb asistieron y miraron boquiabiertos el espectáculo comandado por el ídolo potosino José Rivera. Es común pensar que Guadalajara es una ciudad mocha. Por lo menos esa noche no fue así. Un técnico miraba la función sin pestañear y al final, cuando le preguntaron si le había gustado, respondió: “claro que no, a mí no me puede gustar algo así”.

La importancia del Puente de Arcediano para el estado de Jalisco, hace un siglo, derivó de dos factores: el económico y el tecnológico. En ese tiempo los sistemas de comunicación eran muy deficientes, y había poblados que vivían en un aislamiento casi absoluto. El río Santiago, muy caudaloso durante las temporadas de lluvia, hacía que la utilización de balsas, canoas o pangas fuese arriesgada y peligrosa. El Ingeniero Salvador Collado propuso construir un puente colgante, sistema nunca usado hasta entonces en nuestro país. A excepción de los cables comprados a la fábrica Roebling (constructora del puente de Brooklyn en Nueva York), sólo se utilizaron materiales de la región: el hierro provino de la ferrería de Tula, cercana a Tapalpa, y las piezas fueron fundidas en los talleres Collignon. La arena y la mampostería porfídica para las pilastras y los anclajes, así como las maderas, fueron obtenidas de los montes inmediatos. Fue construido en diez meses. El 7 de junio de 1894 se efectuó una prueba que consistió en hacer pasar un número creciente de carga, hasta llegar a 36 mulas, 104 asnos y seis arrieros, que representaban un peso de dos mil trescientas arrobas, y al momento de la bendición se llenó con más de 500 personas, que pesaban una carga de dos mil seiscientas arrobas (30 toneladas).

Cecilia López Angélica Íñiguez Adolfo Ochoa
Guadalajara en “decadencia mortal” Mariano Bárcena: talabartero, científico y gobernador No mames :0

José López Portillo y Rojas publicó La parcela en 1898, hoy considerada una de las novelas mexicanas más importantes, y Luis Pérez Verdía sacó a la luz tres tomos de su Historia particular del Estado de Jalisco, por última vez en 1911. Sin embargo, el joven pintor y escritor José Guadalupe Zuno expresa en su Anecdotario del Centro Bohemio (publicado en 1964) que al principio del siglo XX “Guadalajara moría de una decadencia mortal”. Al parecer, y según refieren los investigadores Wolfgang Voght y Celia del Palacio, dicha decadencia se debía a la nula relación entre las generaciones de artistas viejos y los jóvenes; o sea, un patrón de conducta repetido en Guadalajara a lo largo de la historia.

En la era del plástico y del automóvil, cuesta trabajo comprender lo indispensables que eran los talabarteros: hábiles artesanos que fabricaban toda clase de aparejos y artículos de cuero necesarios no solamente para equipar las bestias de trabajo y de carga, sino también para facilitar la vida cotidiana. Mariano comenzó en Ameca con ese oficio y luego se trasladó a Guadalajara para iniciar su formación académica como músico; posteriormente, se marchó a la capital del país donde se graduó de ingeniero. Sus intereses profesionales abarcaron la estadística, mineralogía, geología, vulcanología, antropología y botánica. Observador y analista minucioso, no sólo de lo terrestre como las erupciones del Ceboruco y de minerales novedosos –realizó un nuevo mapa geológico e identificó una variante del mercurio, lo que le valió el reconocimiento del presidente Lerdo–, sino de lo celeste también: fue fundador y primer director del Observatorio Meteorológico Nacional. Filadelfia, Nuevo Orleáns y el rey de España –éste al nombrarlo Comendador de la Real Orden de Isabel la Católica–, reconocieron sus trabajos científicos. Fue diputado y senador por Jalisco y en 1889 ocupó la gubernatura de su estado natal. Mariano Bárcena, el joven que en Ameca comenzara aprendiendo talabartería, alcanzó en sus breves 57 años de vida notables alturas. Mariano Bárcena, no Bárcenas ni de la Bárcena –como dicen erróneamente las placas de su calle.

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Angélica Íñiguez Álvaro González de Mendoza

Triviario tapatío segunda edición

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