Trivias de inicio

Arrastrarse, ¿eso es danza? Un malandro Orando hasta el final

El final de los años cincuenta fue el principio de un movimiento distinto para la danza en la llamada Perla Tapatía. Las maestras de ballet y los bailarines de folclórico miraban atónitos cómo estos muchachos, alentados por su coreógrafa, Celina López, hacían movimientos extraños, a veces en el suelo, y se desplazaban en el escenario sin zapateado, ni puntas, ni tutú; descalzos. “Eso de arrastrarse por el piso no puede ser danza”, decían. Por si fuera poco despojarse de los elementos convencionales, la maestra López Gálvez, que dirigía el Grupo de Danza Moderna del IMSS, compuso una obra llamada Zapata y subió a escena un caballo –rentado en el parque Agua Azul– que uno de los bailarines montaba con miedo de que se fuera a desbocar sobre el público. En otra ocasión, se abrió el telón y apareció un coche deportivo en el escenario; la maestra también compuso Alucinaciones, luego de haber visitado la sierra huichola. Eran los inicios incipientes de la danza moderna tapatía, pero años tendrían que pasar para que “las clásicas” y “los folclóricos” se dieran cuenta de que, aunque no les gustara, eso y más podía ser la danza.

Un gran fanático del arte oriental, especialmente de la India, Jorge Álvarez Ochoa, conocido por sus amigos como Coco, hacía viajes frecuentes a ese país para traer artesanías que luego vendía en Guadalajara. Pero ese no era su único interés artístico. En los ochenta abrió una galería de arte contemporáneo con su nombre en la colonia Seattle, donde le apostaba al talento de artistas de nuestra ciudad. Tiempo atrás había hecho sus pininos musicales en el rock como cantante, bajista y guitarrista de varias agrupaciones: La Fachada de Piedra, Mudra, Spiders. En la década de los noventa decidió emigrar a la ciudad de México donde trabajó como artista, realizando instalaciones y obras de arte conceptual y fue ahí también donde por fin se animó a hacer un primer disco con sus composiciones ya en pleno siglo XXI. Su palabra favorita para identificar a sus amigos siempre fue malandro, por lo que el mencionado disco de canciones, de muy escasa distribución, se llamó, justamente, Malandro Mundo.

San Felipe (1515-1595) reunió en Italia a un grupo de sacerdotes, y juntos instituyeron una asociación denominada Oratorio. Acostumbraban tañer una campana para invitar a la gente a hacer oración. La construcción del templo de San Felipe Neri de Guadalajara fue llevada a cabo por los padres oratorianos o filipenses, desde 1752 hasta 1804. Su nombre original fue Oratorio Filipense. Para realizar esta espléndida obra, participaron los más calificados alarifes y los más diligentes trabajadores. Si tomamos en cuenta que la ciudad tenía registrados 34,697 habitantes en el año 1803, y que la totalidad de las viviendas eran de un solo nivel, su altura y magnificencia debieron ser de gran orgullo para los tapatíos. La fachada es de estilo barroco salomónico de decorado plateresco. El edificio anexo (actualmente Escuela Preparatoria) se construyó para casa de ejercicios. En diciembre de 1775, mientras hacía oración, falleció arrodillado el presbítero del Oratorio, bachiller Joseph Medellín. Como había alcanzado rigidez cadavérica en tan beatífica posición, luego que fue encontrado tuvieron que aplicarle un baño de agua caliente y emplastos hirvientes para que volviera a la flexibilidad de los vivos, y poderlo introducir a su caja mortuoria que luego fue sepultada en el mismo Oratorio.

Angélica Íñiguez Alfredo Sánchez Adolfo Ochoa
Palacio para el Ayuntamiento Educación para la mujer De cómo el Dr. R. Michel llegó a tener su calle

El ayuntamiento anduvo rondando por varios sitios desde su fundación hasta 1952, año en que su edificación fue terminada. En el año de 1948, se emprendió la idea de darle una sede definitiva, utilizando la manzana que ocupaba el palacio episcopal –un modesto edificio virreinal cuyo rasgo distintivo era una cúpula. En la misma manzana estaban: una casa de moneda, la de los Vizcarra y la botica de Apolonio García, lugares en donde se levantó esta construcción neocolonial, proyecto del arquitecto Vicente Medel. “Diez años más tarde, encomendaron al pintor Gabriel Flores la realización de los tableros murales que decoran la pared de la escalera principal, cuyo techo es una bóveda de cañón que cubre las dos escaleras que terminan en el segundo piso”. En la planta baja habitan oficinas de atención al público y la alta está destinada a oficinas de la presidencia y los regidores; en el poniente una gran sala es sede del Cabildo, utilizada también para conferencias históricas donde posan esculturas de personajes históricos como: Pedro Moreno, Manuel López Cotilla y Clemente Aguirre, entre otros.

A finales del siglo XVII la balanza de oportunidades de educación se inclinaba, obviamente, a favor de los hombres. El beaterio de niñas de Jesús Nazareno que fue fundado en Compostela en 1635 fue trasladado a Guadalajara gracias al interés que el obispo Galindo y el jesuita Feliciano Pimentel mostraron por la educación para las jóvenes y niñas. Más tarde, las niñas de este beaterio formaron parte del Colegio de Jesús María para que éstas aprendieran ahí a leer y escribir. Ambos aprendizajes iban en contra de la constitución del Colegio de Niñas de México, que basaba su enseñanza únicamente en la doctrina cristiana. Fue hasta la construcción de este colegio que las niñas tapatías lograron acceder a la educación, aunque con múltiples limitaciones. Este colegio se convirtió en el tercer convento de la ciudad, en el que tenían derecho a ingresar las morenas y las indias.

El tapatío promedio es un ser común y corriente, por lo tanto tiene la intención más o menos encubierta de pasar a la inmortalidad o de que su nombre se recuerde siempre. Normal. Una de las fórmulas aparentemente más efectivas de entrar en la memoria colectiva es lograr que se su nombre y apellido sea nombre de calle; inmortalidad garantizada aunque luego se olviden los méritos del sujeto. La ciudad compacta, antes de convertirse en millonaria en habitantes, parecía no tener problemas para la nomenclatura callejera echando mano de héroes y próceres locales o nacionales. ¿Próceres locales? Los médicos Michel y Aranda del Toro tenían su consultorio por Juárez, entre Galeana y Ocampo. Su especialidad: curar las llamadas enfermedades “vergonzosas” con un sistema consistente en lavados del tracto urinario a base de una fórmula que en la actualidad sería causa de demandas. Era el año de 1930 y la penicilina milagrosa aún no llegaba al valle. Entre la clientela de los médicos estuvo el presidente municipal en turno. Agradecido por curarlo de lo que seguramente era una gonorrea, y con aquel sistema a base de yoduro de plata, tomó una decisión que seguro no fue consultada con el cabildo previa exposición de motivos: ponerle a una recién abierta calle adyacente al recién inaugurado estadio municipal el nombre de uno de los médicos, el Dr. R(oberto) Michel. ¿Prócer? ¡Gonorrea!

Cecilia López Cecilia López Álvaro González de Mendoza
Biciclo Combate de flores Un gigante tapatío

A finales del siglo XIX, el hijo del general Galván –gobernador de Jalisco– trajo un raro armatoste, llamado biciclo, que fue el padre, abuelo o simple antecesor de la actual bicicleta. Tenía una enorme rueda delantera y otra muy pequeña en la parte de atrás que la hacía lucir muy desproporcionada. El señor Galván sorprendió con su biciclo y se convirtió en un verdadero equilibrista: se paseaba por las calles tapatías dando sesiones de pericia con repetidas vueltas alrededor de la fuente del jardín de San Francisco, lo cual resultaba de gran atracción para los espectadores transeúntes. Por la misma época, era costumbre que los jóvenes de clase alta, después de misa de 10, tomaran sus patines a la salida del templo para gastar sus llantas en el patinaje matutino acostumbrado, pero al admirar el nuevo biciclo empezaron a utilizar este artefacto.

Por los años treinta, se desarrolló una joven tradición en la que participaban las colonias extranjeras de Guadalajara, adornando carros con flores y desde luego con motivos típicos de su país. En cierta ocasión, la colonia española formó un patio andaluz; la alemana, el Graff Zepelin; la francesa, una réplica de la Bastilla. En este desfile también hacían acto de presencia la Compañía de Petróleos, la Lotería Nacional, la cigarrera El Águila, etcétera. Participaban también bicicletas adornadas y, orquestando el desfile con sus cornetas, se premiaban las diferentes categorías. María Félix engalanó uno de los carros florales. Pero el evento se dio por cancelado definitivamente cuando varios estudiantes empezaron a participar en el “combate de flores” hasta acabar con el orden, pues la competencia se convirtió en baldes de agua, hielazos, manojos de santamaría bien apretados que dolían como pedradas y, en más de una ocasión, abordaje de un camión a otro buscando pleitos.

“Los hombres de colosal estatura que han vivido en Guadalajara son bien pocos, tan pocos, que bien podría aplicarse, aunque con alguna exageración, el refrán: ‘Son nones y no llegan a tres’. En cambio, los enanos bien podrán contarse hasta por docenas”. La frase antedicha, aunque pareciera ser una cita de Los viajes de Gulliver, de Jonathan Swift, corresponde al historiador tapatío Ignacio Dávila Garibi (1888-1981). Con ella, Dávila Garibi no pretendía hacer un análisis sociológico, sino dar testimonio de la existencia del comerciante y arriero Tomás Gómez Hernández, alias Tomasón, quien tenía una estatura de 2.19 metros, lo que lo definiría como un gigante, es decir, “el que excede mucho en la estatura de la generalidad de los demás”. En 1924, don Juan Ixca Farías lo contrató para que fuera el portero del Museo de Bellas Artes y Etnología, con sueldo, casa y medicamentos. Tomasón había aceptado quedarse, pero no faltó quien le hiciera creer que pretendían matarlo para momificarlo e integrarlo a las otras momias exhibidas en esas galerías. Fue imposible persuadirlo de que aquello era mentira. De todos modos, al año siguiente el gigante falleció.

Cecilia López Nuria Blanchart Adolfo Ochoa

Triviario tapatío segunda edición

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