Trivias de inicio

Palacio de las Vacas Imagen de La Asunción en Catedral La virgen del Rayo

El Palacio de las Vacas, por la calle de San Felipe, se llama así porque quien lo hizo construir –un tal Segundo Díaz–, había hecho su fortuna gracias a sus hatos ganaderos. Don Segundo Díaz había adquirido el terreno y construyó su casa como quiso –al fin muy suyo el no poco dinero que invirtió en su hechura. Mezcló estilos arquitectónicos hasta el cansancio, pero en opinión de Francisco Ayón Zester, elementos tan diversos y cargados “armonizaron de puro milagro”. La obra se terminó en 1910. Segundo Díaz pagó al joven coahuilense recién llegado a Guadalajara, Xavier Guerrero, para que pintara los interiores del palacete. Guerrero cayó en el Centro Bohemio comandado por Guadalupe Zuno y más tarde, en la ciudad de México, se convirtió en uno de los más importantes exponentes de la plástica nacional. En uno de los corredores del llamado Palacio de Las Vacas, Guerrero pintó una escena campestre; en una de las habitaciones, un angelito de la guarda; y en el techo de la escalera, una imagen erótica que el crítico Ignacio Martínez tituló Los Amantes y por la que Francisco Ayón Zester lo llamó “bribón”.

Como se sabe, el cuadro original de La Asunción o de La Purísima, que está actualmente en la sacristía de la catedral tapatía, es obra del pintor del siglo XVII Bartolomé Esteban Murillo. Este lienzo guarda una historia agitada. La pintura estaba en condiciones de abandono en el templo de la Soledad y Colegio Clerical (actual Rotonda de los Jaliscienses Ilustres). Los padres se la dieron a Antonio Castro para que la retocara, pero éste se negó, dado su valor. Ofreció limpiarla y les dijo a sus dueños que poseían el mejor cuadro de la ciudad. Les ofreció tres copias y quinientos pesos a cambio del original, pero éstos se negaron cuando supieron el tesoro que tenían. En la intervención francesa en México, los extranjeros le ofrecieron cuarenta mil pesos al cabildo tapatío por La Asunción, pero éstos se negaron y lo escondieron durante diez años. Cuando lo sacaron de su escondite, lo restiraron en un bastidor nuevo y lo tuvieron que recortar sin tocar las figuras pintadas. Cuando las tropas carrancistas llegaron a la ciudad lo volvieron a esconder, y en su lugar colocaron una copia de José Reyes Durán, que se robaron los constitucionalistas. Cuando ya no corría peligro el original de la virgen, se colocó donde ahora podemos admirarlo.

“Relámpago, furia infernal” dice la canción. Una descarga instantánea de millones de voltios que causa no pocas víctimas en tiempodeaguas. Pero hay casos excepcionales, supuesta y debidamente documentados: hay quienes han sobrevivido a esa descarga que entra por el cráneo y sale por los pies. ¿Milagro o misterio científico? Lo más extraño de esos casos es el efecto remediante del fenómeno: quesque los huesos recobran su fortaleza y la venas de las víctimas se reconstituyen y se limpian de grasa, el colesterol desaparece y hasta la mente reasume un equilibrio inusitado. Más aún: las víctimas adoptan actitudes religiosas insólitas, atribuyendo a las divinidades su fortuna superviviente. Eso en el plano humano, pero en Guadalajara –y la fecha cambia entre el 13 o el 18 de agosto de 1807– sucedió que, mientras las monjas del convento de dominicas de Jesús María rezaban, cayó un rayo que dio en una muy deteriorada imagen de la virgen del Rosario; las religiosas atribuyeron el fenómeno a que la imagen las salvó del infortunio. Por supuesto que la figura quedó chamuscada. Lo sorprendente de todo esto fue que, luego de que las monjas la siguieron conservando y acudían a sus rezos para sanar a alguien, la virgen quedó restaurada: su rostro, demeritado por el tiempo y por la fatídica descarga, asumió de nuevo un renovado fulgor y pareciera que por divinas razones e intervención, se reparó. Allí, en el altar mayor del templo de Jesús María está la llamada Virgen del Rayo.

Angélica Íñiguez Cecilia López Álvaro González de Mendoza
Santa Tere bajo el padre Romo Luis Barragán, premio Pritzker Los Monstruos

Migrantes de Santa Ana de los Altos de Jalisco, fundaron el barrio de Santa Tere, en la hacienda El algodonal. El padre Román Romo, nacido en Santa Ana, fue nombrado capellán de la ermita de Santa Tere. En 1940 el entonces capellán ascendió a párroco. Sus dos hermanas solteras lo atendían, y al poco, también las obras asistenciales por él fundadas. Un sobrino del Tata Romo fungía como sacristán y tesorero, su cuñada era la directora de las escuelas parroquiales, un primo se encargaba de las construcciones en la iglesia, un club social, un hospital, la casa del orfanato y dos locales para escuelas. Por si fuera poco, otro cuñado, dueño de una vidriera, proporcionaba trabajo y recomendaciones de empleo. Existían círculos pro-misiones, pro-construcción, pro-seminario, etcétera, que tenían representantes elegidos en la junta parroquial presidida por el padre Romo. Existía una junta subparroquial donde se colectaban donativos. De todo se informaba al párroco. Literalmente, este sacerdote sabía lo suficiente de cada familia residente. Fundó dos escuelas primarias, pero no las incorporó a la Secretaría de Educación, quedando libre de inspectores. Enseñaba religión donde los buenos eran los católicos y los villanos seguramente masones. Así giraba la vida del barrio de Santa Tere: alrededor de la iglesia hasta 1960, con treinta mil habitantes en su haber.

Ganó el premio Pritzker de arquitectura, expuso en el Museo de Arte Moderno en Nueva York, expuso también su obra en el museo Tamayo, recibió el premio nacional de Ciencias y Artes y también fue acreedor del Premio Jalisco. Fundó junto con Ignacio Díaz Morales, Rafael Urzúa y Pedro Castellanos, el grupo tapatío de arte arquitectónico. Luis Barragán, destacado artista tapatío reconocido internacionalmente, nació el 9 de marzo de 1902. Las haciendas, el mundo rural y las tradiciones populares formaron parte de su infancia, la cual vivió en los escenarios de la Sierra del Tigre, en Corrales, un poblado cercano a Mazamitla. Imágenes tradicionales, simples y de paisajes verdes, fueron elementos de importante influencia en toda su obra. Él y su hermano participaron en el concurso Parque de la Revolución, el cual ganaron y construyeron en 1936. En Guadalajara también diseñó las colonias Seatle, Jardines del Bosque, así como remodelaciones de residencias –Pavo y Madero, en el centro histórico–, llenas de silencios encontrados –recreaciones físicas del pensamiento de su autor. En la Ciudad de México proyectó el fraccionamiento Jardines del Pedregal de San Ángel y la Plaza Torres de Satélite, entre otras obras. Falleció el 22 de noviembre de 1988 en Tacubaya. Sus restos descansan en el panteón de Mezquitán.

Un grupo de chicos, estudiantes todos, allá por 1960, se habían bautizado como Los Thunders y se dedicaba a tocar covers –imitaciones– instrumentales de grupos como Los Shadows y Los Ventures. Eran tapatíos, excepto uno: Luis Licea, Luisillo, quien venía de Tijuana. Los cuatro comenzaron a tocar en los casinos El Colmenar y El Castillo en San Miguel de Mezquitán y también en el bar Pacos II. Como a veces sucedía, un representante de discos TIP (Talento Interpretativo de Provincia) los escuchó y los invitó a grabar un disco. Luisillo, a su vez, invitó a un amigo suyo, un tal Polo, excelente vocalista que dejó Tijuana para grabar ese disco. Polo era extravagante, vestía como los Beatles y por ello usaba el pelo largo, imagen que adoptó el resto del grupo. Como las señoras que iban a misa se asustaban al verlos, Leopoldo Murillo, Polo, decidió cambiar de nombre a la agrupación, que desde entonces (1964) se llamaría Los Monstruos. El historiador del rock local, Miguel Torres Zermeño, dice que “era muy común ver a señoras camino a la iglesia que se encontraban con él y se persignaban, como si hubieran visto al mismito diablo”.

Nuria Blanchart Mariana V. Gómez Angélica Íñiguez
Antes de la electricidad El servicio postal Fundación del Santuario

Antes de que la luz eléctrica iluminara las calles de Guadalajara, el sistema de iluminación pública era a base de cazoletas de barro llenas de sebo en el que se empapaba un trapo a guisa de mecha para que ardiera durante la noche en las cornisas y salientes de las casas. A las nueve de la noche, las calles lucían tenebrosamente oscuras puesto que los mecheros de petróleo que ardían eran simples puntos de referencia que apenas iluminaban los alrededores. Cuando obscurecía, recuerda López Portillo y Weber, “un atrabancado, incansable y paciente mozo recorría las cornisas con grave peligro de su vida, haciendo sentadillas y encendiendo las cazoletas con una antorcha que llevaba al efecto”.

A principios del siglo XX, para que las letras llegaran a los ojos deseados, podían pasar meses sin importar cuán corta fuera la distancia. Pese a esto, los carteros pasaban con mucha frecuencia por las calles: tres veces al día. Poco a poco fueron espaciando sus visitas hasta pasar una vez al día. Gritaban: ¡correo! o pitaban con su famoso silbato, y a su paso salían los interesados de su correspondencia. Cuando el ámbito de Guadalajara todavía era reducido, los tapatíos mandaban cartas a otras ciudades o al interior de la misma ciudad sin poner la dirección específica. Solamente se limitaban a escribir el nombre de la persona a la que iba dirigida la carta, con una breve indicación: “domicilio conocido”. Con esta aclaración, el cartero –quien conocía perfectamente a las familias tapatías– hacía llegar las cartas al lugar correspondiente.

El 7 de enero de 1777, el obispo de Guadalajara, fray Antonio Alcalde, con todo el ceremonial religioso prescrito para estos actos, puso la primera piedra del Santuario de Guadalupe. El 13 de diciembre de 1778, el mismo señor Alcalde proporcionó a la futura iglesia de Nuestra Señora recursos suficientes para su construcción, dotándola con un fondo de cuarenta mil pesos, las casas para el cura, los ministros, un capellán y el sacristán y otras diecinueve casas adicionales, además de todo lo necesario para el servicio religioso: copón, custodia, cruces, ciriales, candelabros, misales y una riquísima indumentaria encargada en Cádiz, España. Sólo cuatro años duró la construcción de la iglesia y el día 7 de enero de 1781 la bendijo, con toda solemnidad, su fundador.

Cecilia López Cecilia López Hugo Torres Salazar

Triviario tapatío segunda edición

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