Trivias de inicio

Carranza de visita Fracaso de línea ferrocarrilera La tele tardía

El gobernador y comandante militar de Jalisco, Manuel M. Diéguez invitó al jefe del ejército constitucionalista, Venustiano Carranza a visitar el estado, un año antes de que fuera declarado presidente de la república. En esa ocasión Carranza hizo un amplio recorrido entre el 13 de febrero y el 10 de marzo de 1916. En Guadalajara, estuvo en el balcón de Palacio, donde los tapatíos colmaron hasta las azoteas de los edificios cercanos. Recibió el apoyo entusiasta y espontáneo de un pueblo que apoyaba las obras de transformación social que la revolución pondría en marcha. Visitó alfarerías en Tlaquepaque, como la de los hermanos Farías. Allí el hábil escultor Pantaleón Panduro, en pocos minutos le realizó un magnífico y fiel busto, en el que la cara apenas medía diez centímetros. Realizó un viaje en tranvía, visitando así Los Colomos y las obras hidráulicas como el acueducto de la Barranca Ancha (hoy avenida Acueducto).

El noruego Christian Schjetnan, residente de Chapala, fundó en 1920 la Compañía de Fomento del Lago de Chapala para obtener una vía troncal de tren desde el Salto hasta la ribera norte de la laguna al no haber buenas vías de comunicación con Guadalajara. La novedad pegó y generó movimiento turístico importante porque las diligencias tardaban doce horas, y el tren tres, en el recorrido Guadalajara-Chapala. Pero en 1926, el noruego se fue a la quiebra por los altos costos de operación y el derecho de entronque pagado a Ferrocarriles Nacionales de México, aunado a que el tren se enfrentó a la competencia de los automóviles que empezaban a circular y a llegar por una brecha al lago en menos tiempo. Además, en ese año creció tanto el nivel del agua del lago que inundó la estación, los talleres y las vías, permaneciendo bajo el agua varios meses causando severos daños. La estación terminó en otros usos, entre ellos bodega de granos y escuela, hasta que pasó a ser propiedad de la familia González Gortázar que la cedió en comodato para su actual uso: un Centro Cultural.

No podía haber sido de otra forma y antes de que la tierra se aplanara gracias a la globalización. Diez años tomó cubrir una distancia que en línea recta no llega a 500 kilómetros; enorme la brecha entre Chapultepec 18 y Alemania esquina con Tolsa (sin acento, por favor). “Telesistema Mexicano” se llamaba entonces, y Guadalajara al filo de los años sesenta ya estaba enterada de ese prodigio tecnológico llamado televisión y cuyo telesistema aún no alcanzaba al valle de Atemajac. Falsas expectativas, el “ya mero” y dizque videntes tapatíos pescando ondas lejanas generadas incluso en Cuba con aparatos repletos de bulbos. Nada; no llegaban imágenes directamente. Pero al filo de 1960 empezó a ser levantado con toda discreción un mástil, antena, en la frontera de la colonia Moderna y sin previo anuncio comenzaron las transmisiones de prueba. Un llamado “patrón de ajuste” aparecía en negro y blanco (¿por qué se dice siempre “blanco y negro”?) y estacionario durante horas con música de fondo. Después aquella extraña figura –una cruz con ribetes y tonos de grises– fue sustituida por series de vaqueros dobladas al español. No hubo inauguración formal, pero el bocaboca urbano notificó el hecho: la televisión apareció en la ciudad. Bienvenido el chicle para el cerebro.

Adolfo Ochoa Nuria Blanchart Álvaro González de Mendoza
Imberbe baterista (Maná) Japoneses tapatíos Venganza post mortem contra Prisciliano Sánchez

Antes de que el grupo pop Maná alcanzara la fama suficiente para llenar estadios europeos y sudamericanos, tuvo otros nombres con los cuales sus integrantes ensayaban en la por entonces no muy poblada colonia zapopana de Ciudad del Sol: Sombrero Verde y antes, en inglés: Green Hat Show. Esta joven versión del grupo destacaba por dos cosas: la primera, su fanatismo por los Rolling Stones que los llevaba a tocar versiones –hoy se les dice covers– de canciones de aquel grupo inglés; la segunda, la presencia de un niño baterista que cuando no estaba detrás de los tambores se plantaba al frente personificando, con voz y gestos, al mismísimo Mick Jagger. Abraham Calleros había fundado el grupo junto a sus hermanos Juan y Ulises y a Fernando Olvera –hoy conocido como Fher. Era común verlo cantar con voz infantil, y adultas intenciones, Brown Sugar o It´s Only Rock and Roll. Sin embargo, a él no le tocó la gloria pues abandonó el grupo antes de la conversión en Maná y se marchó a tamborilear a Estados Unidos. ¿Sino de bateristas? Uno podría pensar –toda proporción guardada– en Pete Best, aquel que dejó a Ringo Starr su sitio en Los Beatles.

Entre 1624 y 1642 había en Guadalajara cuatro, a lo mucho cinco, japoneses que dejaron huella de su existencia y por lo menos dos de ellos desarrollaron intensa actividad empresarial y destacaron en la sociedad tapatía –incluso uno fue sepultado en la catedral. En los registros se mencionan a los japoneses de la siguiente forma: “Un Japón que está en el dicho pueblo (Guadalajara) que habrá cuatro años que se bautizó”; la segunda persona está registrada como Juan Antón “de nación Japón” que compró la libertad de un negrillo por cien pesos haciendo de padrino; el tercero aparece en un documento o carta de compañía que firma un mercader de Guadalajara con Luis de Encío “de nación Japón”; otro documento lo firma Juan de Páez “de Japón”, como uno de los acreedores; y existe, finalmente, una partida de defunción de un Agustín López de Cruz “de nación Japón”, que deja como albacea de su testamento al mencionado Luis de Encío –cuyo nombre japonés era Fukuchi Soemon… Este grupo de japoneses se incorporaron a la sociedad tapatía del siglo XVII con una gran capacidad de adaptación.

El primer gobernador constitucional de Jalisco, Prisciliano Sánchez, duró sólo dos años en su gestión, por haber muerto a los 44 años de vida. No obstante, durante su breve gobierno tuvo importantes conflictos con la jerarquía eclesiástica. A tal grado que a ocho años de su muerte, el 12 de agosto de 1834, después de haberse adoptado en el país el Plan de Cuernavaca que suprimía el federalismo, un grupo de fanáticos invadió el Palacio de Gobierno en Guadalajara, destrozando todo lo que estuvo a su alcance, con la intención de apoderarse de los restos de Prisciliano Sánchez, que reposaban en la capilla del edificio, para arrojarlos a un muladar. La muchedumbre estaba encolerizada, incitada por la facción centralista, la cual había difundido la versión de que don Prisciliano había sido el autor de todas las reformas que afectaban al clero. Cuando llegaron al sitio donde estaban depositados los restos, no los encontraron, porque el gobernador impuesto por los centralistas, José Antonio Romero, había sido informado unos días antes de esos propósitos y con acierto dispuso su traslado al panteón de Belén.

Alfredo Sánchez Nuria Blanchart Adolfo Ochoa
El Personal El puente colgante de Arcediano Jícamas por metro

En la colonia Jardines del Bosque, y más específicamente casi en la esquina de Tonantzin y Parque de las Estrellas, había un edificio de departamentos donde surgió y se desarrolló el proyecto musical llamado El Personal. En ese sitio de tres recámaras compartían domicilio Óscar Ortiz –guitarrista del grupo– y su entonces esposa Tere Medrano con el cantante y compositor del grupo Julio Haro. A pesar de lo reducido de las dimensiones del lugar, se dieron maña para habilitar una de las pequeñas habitaciones como sala de ensayos. Con una batería, un par de amplificadores y un micrófono se encerraban por las tardes Óscar, Julio, Andrés Haro y cada vez más músicos invitados a componer las que después fueron célebres canciones de su disco No me hallo. Al parecer los vecinos no solían estar en casa a esa hora.

La importancia del Puente de Arcediano para el estado de Jalisco, hace un siglo, derivó de dos factores: el económico y el tecnológico. En ese tiempo los sistemas de comunicación eran muy deficientes, y había poblados que vivían en un aislamiento casi absoluto. El río Santiago, muy caudaloso durante las temporadas de lluvia, hacía que la utilización de balsas, canoas o pangas fuese arriesgada y peligrosa. El Ingeniero Salvador Collado propuso construir un puente colgante, sistema nunca usado hasta entonces en nuestro país. A excepción de los cables comprados a la fábrica Roebling (constructora del puente de Brooklyn en Nueva York), sólo se utilizaron materiales de la región: el hierro provino de la ferrería de Tula, cercana a Tapalpa, y las piezas fueron fundidas en los talleres Collignon. La arena y la mampostería porfídica para las pilastras y los anclajes, así como las maderas, fueron obtenidas de los montes inmediatos. Fue construido en diez meses. El 7 de junio de 1894 se efectuó una prueba que consistió en hacer pasar un número creciente de carga, hasta llegar a 36 mulas, 104 asnos y seis arrieros, que representaban un peso de dos mil trescientas arrobas, y al momento de la bendición se llenó con más de 500 personas, que pesaban una carga de dos mil seiscientas arrobas (30 toneladas).

Ni por kilo, ni por pieza. Las jícamas en Guadalajara se vendían por metro. Eran los años cincuenta y la ciudad estaba rodeada de huertas a donde los tapatíos acudían para surtirse de verduras frescas.

En algunos de estos predios (entonces rurales como Providencia, Jardines del Bosque, la zona de la glorieta Colón, parte de Santa Tere) se cultivaban las jícamas. Por tratarse de raíces de las que emergen guías que se enmarañan unas con otras es imposible saber el número y tamaño de los tubérculos que hay bajo tierra. Así que los compradores elegían un punto en alguno de los surcos del huerto y decían cuántos metros querían y en qué dirección. El agricultor ponía una señal en el punto señalado y con una vara de otate medía los metros solicitados. Clavaba ahí la vara y comenzaba a desenterrar las jícamas. A veces había suerte y de la tierra emergía una buena cantidad de tubérculos grandes. En otras ocasiones, la suerte daba la espalda y apenas aparecían unas cuantas y pequeñas. La compra de jícamas era un paseo familiar que terminaba por convertirse en un divertido juego de azar.

Alfredo Sánchez Adolfo Ochoa Juan Carlos Núñez Bustillos

Triviario tapatío segunda edición

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