Trivias de inicio

Las calles El mar Chapálico Cuicos cantadores

Como en toda población de la extensa república, los nombres de las calles de Guadalajara han estado sujetos a los vaivenes de la política. A principios del siglo XX, la ciudad presentaba algunas avenidas, calles y callejones, con nombres tan diversos que muchos de ellos parecían ingenuos o tomados de hechos curiosos. Los nombres se registraban en placas de ladrillo elaboradas en San Pedro Tlaquepaque, y se podía leer: la Acequia, el Oso, la Joya, los Gachupines, Polvorilla, Rastrillo, Chocolate, Olas Altas, el Encanto, etcétera. Por los barrios de Mexicaltzingo, Analco, el Santuario y la Capilla de Jesús, el transeúnte se encontraba con callejones cuyos nombres podían ser: el Cuerno, Agua Escondida, la Compañía, la Mala Hora, el Molino, los Pericos, la Nalgada, Salsipuedes, las Ventanitas, etcétera. Después del triunfo de la revolución maderista de 1910, se procedió a cambiar los nombres para dar un reconocimiento a personajes o hechos de la historia nacional. Así, la calle de San Francisco fue luego avenida 16 de Septiembre; la del Santuario, avenida Pedro Loza; la del Carmen, avenida Juárez; la del Palacio, avenida Corona, la de Santa Teresa, calle Morelos; el Paseo Porfirio Díaz, Calzada Independencia; las Capuchinas, Contreras Medellín; la Borrasca, Dionisio Rodríguez; la del Tequesquite, avenida Libertad, y así otras. Esta costumbre permanece y en nuestros días hemos presenciado el mismo fenómeno: otras calles han visto borrar sus nombres y adquirir nueva personalidad con los de hombres ilustres o hechos trascendentales para la comunidad tapatía.

He aquí uno de los primeros testimonios españoles acerca del Lago de Chapala: “El mar Chapálico tan especial que siendo sus aguas dulces y saludables, son sus arenas limpias y está libre de cienos y atolladeros; sus playas son en algunas partes muy esparcidas y en otras las aguas chocan en riscos y peñascos, levantando olas y sus resacas arrojan conchas y caracoles; produce en abundancia pescado bagre deleitoso al gusto, tan grande que desde una cuarta allega su variedad a vara y media y el blanco llega a media vara; tan sano que a ningún enfermo se le prohíbe y no hay pescado como él en todo el reino” (descripción del padre Fray Antonio Tello en 1530).

Cuicos se les llamaba a los serenos de Guadalajara del siglo XVI que anunciaban el estado del tiempo en un estribillo cantaleteado: “¡Ave María Purísima, las once y nublado!”. Los indios los llamabanc cuiones, que significa “cantadores”.

Desaparecieron los serenos y llegaron los gendarmes que ni cantaban ni gorgoreaban pero nadie se preocupó en cambiarles el mote: cuico se quedó.

Hugo Torres Salazar Nuria Blanchart Nuria Blanchart
Hoy ilustres, antes relapsos El pintor Bartolomé Esteban Murillo Fracaso de línea ferrocarrilera

La Rotonda de los Jaliscienses Ilustres alberga los restos de personas consideradas ejemplares. Tiempo atrás, sin embargo, a quienes daba albergue este espacio, eran todo lo contrario de ilustres. Cuando la congregación del Colegio Seminario se extinguió en 1775, se utilizó el edificio para recluir a los sacerdotes “relapsos”, es decir, religiosos de actitudes poco ortodoxas y aun reprobables. El cabildo de la catedral decidió demoler el Seminario y construir la iglesia de la Soledad. Después de La Reforma ese edifició sirvió para oficinas del gobierno federal, y terminó siendo demolido en 1951 para formar uno de los brazos de la Cruz de Plazas; intervención urbana del arquitecto Ignacio Díaz Morales.

En 1670, dos siglos antes de que se proclamara el dogma de la Inmaculada Concepción (8 de diciembre de 1854), un pintor sevillano, Bartolomé Esteban Murillo, le había dado ya ese título. Resulta que a principios del siglo XIX, durante la invasión napoleónica a España, el cabildo de la catedral de Guadalajara envió una fuerte cantidad de dinero, recaudado gracias a las limosnas de los tapatíos, al rey Carlos IV de España como apoyo para que los españoles pudieran expulsar a los invasores galos. Algún tiempo después, el monarca ibérico envió a nuestra ciudad, en gratitud, un gran óleo de la asunción de la Virgen María, pintada por Murillo y que se encuentra en la sacristía de la catedral. Una escena que muestra a la Virgen en una nube, ofrendada por lirios y rosas.

El noruego Christian Schjetnan, residente de Chapala, fundó en 1920 la Compañía de Fomento del Lago de Chapala para obtener una vía troncal de tren desde el Salto hasta la ribera norte de la laguna al no haber buenas vías de comunicación con Guadalajara. La novedad pegó y generó movimiento turístico importante porque las diligencias tardaban doce horas, y el tren tres, en el recorrido Guadalajara-Chapala. Pero en 1926, el noruego se fue a la quiebra por los altos costos de operación y el derecho de entronque pagado a Ferrocarriles Nacionales de México, aunado a que el tren se enfrentó a la competencia de los automóviles que empezaban a circular y a llegar por una brecha al lago en menos tiempo. Además, en ese año creció tanto el nivel del agua del lago que inundó la estación, los talleres y las vías, permaneciendo bajo el agua varios meses causando severos daños. La estación terminó en otros usos, entre ellos bodega de granos y escuela, hasta que pasó a ser propiedad de la familia González Gortázar que la cedió en comodato para su actual uso: un Centro Cultural.

Angélica Íñiguez Mario Z. Puglisi Nuria Blanchart
La Esperanza, sociedad literaria Reducción de fiestas Feria Municipal del Libro

La literatura ha encontrado buena cuna en la capital de Jalisco, y de ella han surgido muchos de los mejores creadores de la pluma que han existido en nuestra nación. A principios de 1849, varios jóvenes, con una inspiración espontánea como su único motor y sin ningún maestro por seguir ni una corriente de ejemplo que imitar, se reunieron y fundaron la primera sociedad literaria del estado de Jalisco bautizándola con el nombre de La Esperanza. Entre sus integrantes, figuraron algunos jóvenes que llegarían a ser el futuro político y social de la ciudad. Tales fueron los casos de José María Vigil, Jesús López Portillo, Amado Camarena e Ignacio L. Vallarta. La Esperanza reunió durante varios años las inquietudes artísticas de importantes celebridades tapatías.

En Guadalajara llegaron a celebrarse treinta y dos fiestas religiosas fijas en las que la ciudadanía fomentaba más bien un vicio por la ociosidad que un fervor sincero en la conmemoración de algún suceso importante. La ciudad se transformaba y quedaba prácticamente sumergida en los festejos durante días enteros. Esta situación molestó mucho a los gobernantes de España, así que ordenaron la reducción inmediata de todas aquellas celebraciones. Con esta restricción quedaron nueve fiestas oficiales al año. Algunas de éstas pertenecían a celebraciones de la vida personal de Carlos IV, como el festejo del “Feliz parto de la reina de nuestra señora”, “que se festejó tanto religiosa como profanamente con artistas en las calles principales, así como también corridas de toros y comedias en un improvisado redondel en la Plaza de Armas, con aguas, colaciones y chocolates”.

El 18 de mayo de 1969 concluyó exitosamente la primera Feria del Libro en Guadalajara con un solemne acto de clausura. Después de 12 días de concurridas actividades, el presidente municipal Efraín Urzúa Macías hizo hincapié en el compromiso común de conservar esta feria, así como también festivales populares, exposiciones diversas y ciclos de conferencias. A este evento, con sede en el edificio de ayuntamiento, asistieron millares de tapatíos y se vendieron 29,000 libros. El primer conferencista fue el historiador José María Muriá con una plática sobre juegos florales. En el patio central del edificio, se instalaron los editores del área oficial como el Ayuntamiento, la Unidad Editorial del Gobierno del Estado y la Universidad de Guadalajara. También se sumaron universidades públicas de Nayarit, Sinaloa y Colima. El edil de la ciudad convocó cada mes de mayo a los vendedores de libros de toda el área metropolitana, quienes cooperarían con una buena parte de los gastos de la feria. Salvador Cárdenas Navarro concibió y organizó las dos primeras ferias municipales de Guadalajara y concibió una feria similar en la ciudad de México –en el pasaje subterráneo que va de Pino Suárez al Zócalo.

Mario Z. Puglisi Cecilia López Cecilia López

Triviario tapatío segunda edición

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Costo: $350.00 pesos.