Trivias de inicio

Muere Don Ferruco Cenobio el tequilero Club Loyola

Era mudo, y fue personaje de entresiglos: del XIX al XX. En una Guadalajara dimensionada en una escala mucho más humana, desempeñaba con toda propiedad el papel de “bobo del pueblo”, impensable en una ciudad despersonalizada, masificada y, por ello, incapaz de adoptar con cierto cariño a individuos peculiares. Se sabe que llegó del sur del estado, que nació en Atenquique y creció en Tonila. Que se llamó Alejandro Jazo y que su sordomudez era tara familiar. Que en la hacienda de Santa Cruz, a donde se fue a trabajar, el dueño le regaló un levitón y un sombrero de copa y su atuendo –obsequiado por diversión–, le acomodó tanto que así vestido llegó a la ciudad allá por 1888. ¿A hacer qué? Nada sino a sobrevivir, aprovechando que caía bien, que tenía cierto “don de gentes”, pues no hacía mal a nadie y no se molestaba por causar risas con su estrafalaria vestimenta. Deambulaba por el centro tratando –según él– de conquistar a las mocetonas que le gustaban, y hambres no pasaba pues en restaurantes y cajones del portal no faltaba quién le obsequiara provisiones de boca. Los muchachos ociosos le colgaban monos de papel del levitón bien pasado de moda, y él se defendía a bastonazos y aun los provocaba picándoles con su “elegante” bastón. Murió en 1918 y algún periódico publicó su deceso en la sección de sociales.

Lo que son las cosas: Cenobio nació en Teocuitatlán, Jalisco, tierra en donde si acaso los magueyales que crecen son de pulque. Pero su olfato empresarial seguro le hizo advertir que la fábrica ‘La Antigua Cruz’ –con ese nombre y muy distante de su pueblo natal– podría convertirse en su gran fortuna, y a esa cruz le apostó en 1873 y le cambió de nombre a la tahona luego de comprarla y la llamó La Perseverancia. Don Cenobio, intuitivo conocedor del márquetin, cambió de nombre al bebistrajo conocido ya desde hacía mucho como vino mezcal y etiquetó las botellas con el nombre de la población en donde su perseverancia fabril producía el licor de agave: tequila. Durante los siglos coloniales y hasta el siglo XX, el vino mezcal producido en la región de Tequila era considerado como algo destinado al consumo de las clases populares, y don Cenobio Sauza Madrigal –quien convirtiera su apellido en marca registrada– inició el proceso que llevó al rebautizado destilado a ubicarlo en mesas y cantinas alcurnes. También el teocuitatlense fue quien advirtió el potencial mercado extranjero para el tequila: “seis botijas y tres barriles”, registrados así, son testimonio del primer envío tequilero a Estados Unidos.

Pocas personas que transitan frente al Centro Magno, imaginan que su suelo está labrado sobre la historia de un club deportivo en los años sesenta concurrido principalmente por las familias de los alumnos de los colegios jesuitas: Instituto de Ciencias, Unión e ITESO. Dos piscinas habitaban el club: una rectangular a la vista de todos, para hombres; y otra redonda, rodeada de bardas que impedían observar el nado de las mujeres. Poco servían los obstáculos de concreto, pues las miradas curiosas de los hombres saltaban a la alberca femenina desde el trampolín y desde la cima de las bardas. Las misas de los sábados –con el toque original de las canciones de la Misa Hosana– del jesuita Carlos Bravo, retumbaban con las voces del coro a los alrededores. Típico de los domingos era la función de cine cuyas cintas no inquietaban a los padres de familia, puesto que las escenas “impropias” eran tapadas a la hora de proyectarlas y sólo se oían los abucheos de los jóvenes indignados ante tal censura. Sede de las vacaciones del verano, las canchas de básquet se convertían en pistas de patinaje por las que corrían un sinfín de ruedas chocando interesadamente.

Álvaro González de Mendoza Álvaro González de Mendoza Cecilia López
El Paseo del Pendón Real Parque Alcalde ¿Quién cerró los templos?

Una de las festividades más solemnes y significativas que vivió la sociedad de Guadalajara era el Paseo del Pendón, que conmemoraba el eficaz auxilio que proporcionó el arcángel San Miguel a los españoles cuando sufrieron el asalto de los indígenas en la Guadalajara de Tlacotán, el 28 de septiembre de 1541. Era una fiesta de tal envergadura que se establecían multas a quienes no participaran en ella: cincuenta pesos debería pagar el vecino enlistado previamente si se negaba a concurrir, y pena de veinticinco tenían los que no adornaran su casa en las calles que incluía el recorrido. Iniciaba el 28 de septiembre y continuaba con igual fervor el día siguiente. Se rendía juramento, se escuchaban 21 cañonazos de salva saludando al Pendón, las autoridades veían pasar el desfile desde los balcones de las Casas Consistoriales, en el cabildo se recibía el juramento y las campanas de la ciudad anunciaban en repique todo el hecho. El Pendón Real tenía forma de escudo de seda con el bordado de las armas del rey, con sus flecos y sus cordones de hilo de oro terminados en borlas. El recorrido lo iniciaba el alférez montado en su corcel, tremolando el estandarte. En el palacio invitaban al gobernador y llegaban hasta la puerta mayor de Catedral. Allí se realizaba toda una ceremonia y al finalizar se retornaba hasta depositar el estandarte en el salón de cabildos de las Casas Consistoriales, lugar de su origen. Desde la fundación de la ciudad en 1542 hasta 1811 se paseó el Pendón Real año por año, hasta que el movimiento de Independencia puso fin a esta ceremonia.

El parque Alcalde era concurrido los fines de semana por familias tapatías que contemplaban sus hermosos jardines con su invernadero y disfrutaban de los juegos mecánicos infantiles. Aún se distingue por su ferrocarril que transita por un túnel intermedio y una vista panorámica del lago y de la fuente monumental, a la que se le llama la Fuente de los Mil Chorros. Durante la administración municipal de Guadalajara, presidida por el doctor Juan I. Menchaca (1959-61), se planteó proyectar y construir el parque, de tal manera que tomó la asesoría el despacho del ingeniero Jorge Matute Remus para hacerlo una realidad. “La idea del doctor Menchaca era que la parte principal del parque, aprovechando la hondonada, fuera un lago artificial recreativo, con una fuente monumental muy vistosa, como unas que había visto el doctor en el Parque Tívoli, cerca de Roma”. El encargado del cálculo y diseño hidráulico de la fuente monumental que distinguió al Parque Alcalde y que resultó todo un éxito en su tiempo fue el ingeniero Nicolás Díaz Infante, quien afirmó mucho después sobre la misma: “aún puede ser rehabilitada actualmente, si como me han dicho se encuentra sin operar”.

Desde la noche del 30 de julio de 1926 hasta el 29 de junio de 1929, los templos católicos del arzobispado de Guadalajara estuvieron cerrados. Se hizo creer a los tapatíos que quien los ordenó cerrar fue el presidente Plutarco Elías Calles, cuando en sentido estricto fue una respuesta de la propia autoridad eclesiástica. El 14 de junio de 1926, el ejecutivo federal había expedido una ley que reformaba el código penal, reglamentando el artículo 130 constitucional, que destacaba la obligación de los sacerdotes a registrarse como encargados de los templos y hacer los inventarios correspondientes. La reacción de la jerarquía católica ante las medidas legales impulsadas por el presidente, denominadas genéricamente como la Ley Calles, fue de inconformidad abierta. El clero contestó con un alarde de desobediencia y rebelión, llamando “persecución religiosa” a las acciones emprendidas por el gobierno. Tanto el arzobispo de Guadalajara, Francisco Orozco y Jiménez, como el arzobispo de Durango, José María González y Valencia, convencieron a los demás obispos de adoptar una posición rebelde: “No se obedecerá la Ley Calles, se cerrarán los templos, y se exigirá a los padres de familia que sus hijos no acudan a las escuelas del gobierno”. Después vendría lo peor.

Hugo Torres Salazar Cecilia López Adolfo Ochoa
Nomenclatura Japoneses tapatíos El primer periódico

La nomenclatura de la ciudad ha cambiado varias veces, a partir de la primera, que fue establecida en 1823. La vigente data de 1915. Según ésta, el plano de la ciudad se divide en 4 sectores cuyos ejes –Norte, Sur, Este y Oeste– los forman respectivamente, la calzada Independencia Norte, la calzada Independencia Sur, el Eje Oriente (antigua calle Tenochtitlán o Gigantes), y el Eje Poniente (antigua calle Morelos). El sector Noreste recibía el nombre de Libertad, el Sureste, el de Reforma; el Noroeste, el de Hidalgo, y el Suroeste, el de Juárez. También se divide la ciudad en 12 cuarteles. Cada cuartel tiene sus calles con la numeración respectiva, la cual va de 50 en cada cuadra, en progresión, hasta la orilla de la ciudad, con los números impares a la izquierda y los pares a la derecha. Hoy este orden se mantiene, pero para el transeúnte es un verdadero triunfo ubicar los números.

Entre 1624 y 1642 había en Guadalajara cuatro, a lo mucho cinco, japoneses que dejaron huella de su existencia y por lo menos dos de ellos desarrollaron intensa actividad empresarial y destacaron en la sociedad tapatía –incluso uno fue sepultado en la catedral. En los registros se mencionan a los japoneses de la siguiente forma: “Un Japón que está en el dicho pueblo (Guadalajara) que habrá cuatro años que se bautizó”; la segunda persona está registrada como Juan Antón “de nación Japón” que compró la libertad de un negrillo por cien pesos haciendo de padrino; el tercero aparece en un documento o carta de compañía que firma un mercader de Guadalajara con Luis de Encío “de nación Japón”; otro documento lo firma Juan de Páez “de Japón”, como uno de los acreedores; y existe, finalmente, una partida de defunción de un Agustín López de Cruz “de nación Japón”, que deja como albacea de su testamento al mencionado Luis de Encío –cuyo nombre japonés era Fukuchi Soemon… Este grupo de japoneses se incorporaron a la sociedad tapatía del siglo XVII con una gran capacidad de adaptación.

Todo aquello que solía alterar el curso tranquilo de la vida a principios del siglo XIX, como los cambios de autoridades civiles o eclesiásticos y los escándalos sociales en determinados lugares o regiones, viajaban con ansia a través de la correspondencia particular, único medio de información de aquella época. El aislamiento en que Guadalajara se hallaba de la metrópoli de la Nueva España y la carencia de una oficina tipográfica, retrasaron gravemente el desarrollo de una opinión pública elemental. El primer diario, bautizado como El Despertador Americano, nació en noviembre de 1810 por órdenes de Miguel Hidalgo, como el medio oficial donde se publicarían numerosas órdenes y decretos emanados de las autoridades independientes. Y aunque este periódico poco influyó en la causa independiente, al fin los tapatíos tuvieron la ocasión de vivir la experiencia del periodismo impreso. Pese a su efímera vida –apenas siete números–, El Despertador Americano abrió el camino a posteriores impresos en la ciudad.

Hugo Torres Salazar Nuria Blanchart Cecilia López

Triviario tapatío segunda edición

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Costo: $350.00 pesos.