Trivias de inicio

Rulfo y sus pininos en el cine Cuicos cantadores La Biblioteca Pública del Estado

En una de sus estancias en Guadalajara, Juan Rulfo trabajó –durante los años cuarenta– como empleado de la Secretaría de Gobernación. Sus funciones estaban relacionadas con el cine de Guadalajara, entre las cuales estaba la de supervisar a un inspector de películas muy singular. Se trataba de un inspector ciego. Rulfo tenía que describir las escenas de los filmes a este personaje. Así que si en el filme había un beso, el inspector le preguntaba: “Juan, ¿ese es un beso tierno o un beso lujurioso?” Y el escritor le daba los pormenores detalladamente, con lo que quizás desarrolló cierto arte narrativo ligado al cine que años después sabría aprovechar.

Cuicos se les llamaba a los serenos de Guadalajara del siglo XVI que anunciaban el estado del tiempo en un estribillo cantaleteado: “¡Ave María Purísima, las once y nublado!”. Los indios los llamabanc cuiones, que significa “cantadores”.

Desaparecieron los serenos y llegaron los gendarmes que ni cantaban ni gorgoreaban pero nadie se preocupó en cambiarles el mote: cuico se quedó.

El gobernador Pedro Ogazón expidió el decreto que hizo nacer a la Biblioteca Pública del Estado poco antes del año de 1861, pero no fue sino hasta 1871 que la biblioteca abrió sus puertas. Con veinte mil volúmenes procedentes del Instituto del Estado, del Seminario Conciliar Tridentino de Señor San José y de los seis conventos varoniles desaparecidos en Guadalajara, fue tomando forma la biblioteca, la cual se instaló en la planta alta del Liceo de Varones (ahora Museo Regional de Guadalajara). Ignacio Luis Vallarta y José María Vigil la nutrieron de libros, rescatando cuanto libro pudieron en medio de la Guerra de Reforma. El primer bibliotecario público que tuvo la entidad fue Ignacio Puga y Acal, quien administró él solo aquel espacio y dejó luego su puesto a José María Vigil, a quien sucedió Antonio Pérez Verdía; por último, a Diego Baz le correspondió inaugurar la biblioteca. En 1914 las tropas revolucionarias se acuartelaron en este edificio y muchos libros se perdieron en manos de la soldadesca. Cuando llegaron tiempos mejores, la biblioteca cambió su sede al húmedo Agua Azul, lugar que permitiera su expansión y contaminación con hongos.

Mario Z. Puglisi Nuria Blanchart Cecilia López
Actividades recreativas Mascarilla mortuoria de Napoleón Fundación del Santuario

En los años cuarenta, bajo las pinceladas del sol que anunciaban la tarde, la Plaza de Armas esperaba la llegada de las familias tapatías que, mientras disfrutaban del sabor de algodones de azúcar y manzanas bañadas en caramelo, escuchaban las marchas y música clásica que tocaba la banda municipal dentro del kiosco. En la misma época, la sede de los enamorados tapatíos era el Parque de la Revolución, lugar de reencuentros casuales que se daban gracias a las vueltas opuestas que daban los varones de las jovencitas. Muñequita Linda, Quiéreme Mucho, Morenita Mía y Aquellos Ojos Verdes, eran las canciones de moda que provenían del tocadiscos de una camioneta que se ponía justo en medio del parque para que todos se deleitaran con la música. Los jóvenes llegaban a solicitar alguna canción para dedicarla a alguna muchacha. También compraban gardenias, las únicas flores que vendían ahí, para dar muestras de afecto. Estas veladas románticas, de 8:00 a 11:00 pm, se repetían cada jueves y domingo. Hoy nadie imaginaría que detrás de cada banca del Parque de la Revolución se esconde una historia de amor que quizá perduró y que seamos, después de algunas generaciones, una de sus secuelas.

Francesco Antommarchi nació en Córcega, en 1789. Estudió en Liorna, Pisa y Florencia y se recibió de médico. Fue alumno del afamado anatomista italiano Mascagni. En 1819, se le llamó para atender a Napoleón Bonaparte, recluido en Santa Elena. Lo asistió hasta su muerte el 5 de mayo de 1821; le practicó la autopsia y tomó mascarillas mortuorias, hoy famosísimas en el mundo. Regresó a Italia y estuvo en Varsovia y París, donde se le creyó un bandido famoso de nombre Galochio y tuvo que escapar de la policía. Sin ser bien visto en Europa por su atención a Bonaparte, viajó a América. Estuvo en Durango, y en Guadalajara se hospedó en la casa de don Manuel Ocampo, frente al templo de Santa Teresa. Trajo algunas mascarillas mortuorias de su ilustre paciente y una de ellas estuvo en venta en la librería de Fortino Jaime y se conserva otra en casa de una distinguida familia tapatía. Aquí llevó a cabo famosas operaciones. Según su biógrafo Félix Martí, Antommarchi murió en 1838 en Cuba; pero según testimonio de José R. Benítez, murió víctima del cólera morbus en 1833 en Guadalajara y se le sepultó en el panteón de Los Ángeles, como constaba en la lápida de su sepultura.

El 7 de enero de 1777, el obispo de Guadalajara, fray Antonio Alcalde, con todo el ceremonial religioso prescrito para estos actos, puso la primera piedra del Santuario de Guadalupe. El 13 de diciembre de 1778, el mismo señor Alcalde proporcionó a la futura iglesia de Nuestra Señora recursos suficientes para su construcción, dotándola con un fondo de cuarenta mil pesos, las casas para el cura, los ministros, un capellán y el sacristán y otras diecinueve casas adicionales, además de todo lo necesario para el servicio religioso: copón, custodia, cruces, ciriales, candelabros, misales y una riquísima indumentaria encargada en Cádiz, España. Sólo cuatro años duró la construcción de la iglesia y el día 7 de enero de 1781 la bendijo, con toda solemnidad, su fundador.

Cecilia López Adolfo Ochoa Hugo Torres Salazar
De diarios, rumores y chivos expiatorios La epidemia de 1833 Ascenso y caída de El Sol, Pedro de Alvarado

El general conservador Miguel Miramón desmintió la idea de que la explosión en Palacio del 10 de enero de 1859 se hubiera debido a un atentado de los liberales, según dejó constancia el escritor José María Vigil, referido por el historiador Laris. No obstante, el Diario de Avisos del 31 del mismo mes y año, decía: “Ya se encontró el taladro que hicieron los bárbaros constitucionalistas para colocar la mina que ocasionó la ruina, y se ha aprehendido a una modista, porque ella dio permiso para que por su casa se hiciese el referido taladro, habiéndose puesto ella con tiempo a salvo. Esta misma mujer ha declarado que, bajo de la Catedral, había otra mina que debía haber reventado el mismo día, en que en ese templo se celebraba una función en acción de gracias a la Santísima Virgen”. Se dijo también que la oquedad que se formó como producto de la explosión permitió ver el túnel. Pero otra versión refiere que al hacerse una inspección judicial, no encontraron ni la mecha ni el conducto; se hizo una zanja alrededor de Palacio y no encontraron nada.

En el verano de 1833 muchos tapatíos murieron víctimas de la primera epidemia de cólera. El número de muertos fue de 3,275 según López Cotilla (el 7.8% de la población). Mientras se enterraban hasta 150 cuerpos diarios, Guadalajara se paralizó: las iglesias y mercados permanecieron cerrados durante los días que morían más enfermos y ni el cabildo de la ciudad sesionó. Las tenerías, almidonerías y jabonerías suspendieron su elaboración mientras duró el cólera, ya que se debían tomar todas las medidas de aseo para evitar la expansión de la epidemia. La sociedad se abstuvo de celebrar festividades y otro tipo de reuniones. Todos los habitantes eran vigilados estrictamente por representantes del ayuntamiento en cuanto a aseo y limpieza de sus casas y calles. Llegaron medidas de prevención como el “abstencionismo” que provocó el descenso de los nacimientos.

Pedro de Alvarado nació en Badajoz, España, donde la fortuna familiar quizá no era boyante, ya que emigró con sus hermanos (Jorge, Gonzalo, Gome y Juan) a la orilla indiana del Atlántico. Primero estuvo en Santo Domingo para después unirse en Cuba a la expedición de Hernán Cortés en 1519 y emprender la conquista de México. Según lo cuenta el cronista, los indígenas le apodaron Tonatiuh –El Sol–, debido a su rostro rubicundo y al cabello rubio. En ausencia de Cortés, fue el promotor de la matanza del Templo Mayor, y una vez que cayó Tenochtitlán partió hacia Guatemala –de donde fue nombrado Gobernador– y luego a Perú en busca de la esquiva fortuna. Siendo aún soberano de Guatemala, regresó a México en 1540, y enterado de que se preparaba una expedición al Occidente se sumó a ella. En Barra de Navidad le pidieron su ayuda para pacificar a los Caxcanes, a quienes calificó como “gatitos” comparándolos supuestamente con los bravos meshicas. En 1541, durante el sitio del Mixtón contra Tenamaxtle, señor de Nochistlán que había impedido hasta el momento que Guadalajara se asentara en sus tierras, el caballo de un tal Montoya le cayó encima a Pedro de Alvarado, destrozándole las vísceras. El 4 de julio, tras una corta agonía, murió. Su cadáver fue transportado primero a Tlacotlán –la refundada Guadalajara–, y después de un largo periplo fue llevado a Guatemala.

Adolfo Ochoa Cecilia López Álvaro González de Mendoza

Triviario tapatío segunda edición

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