Trivias de inicio

Incendios en la Plaza de Armas Al aire libre Ángela Peralta inaugura el Teatro Degollado

En tres ocasiones –una cada siglo– se incendió el portal Guerrero (contra esquina del Palacio de Gobierno). La primera vez en 1702 salió el fuego de una jarcería; la segunda, en 1845, de una tienda de telas, y la tercera en 1926 proveniente de una cantina y una pastelería. Las crónicas recuerdan que durante el siniestro de 1845 se presentó el gobernador del estado, don Antonio Escobedo, quien giró instrucciones para traer cientos de cántaros y formar una brigada de cubetas para transportar agua desde la fuente que se encontraba en la Plaza de Armas hasta los portales; se formaron dos filas de voluntarios, una para hacer llegar el agua y la otra para regresar los cántaros vacíos. Finalmente, fueron sofocadas las llamas. A causa de estos incendios se llamó al portal de Guerrero como el “portal quemado”.

Mientras el país entero ardía en múltiples batallas revolucionarias, la capital jalisciense vivía una relativa calma provinciana. El ayuntamiento de Guadalajara recibió muchas peticiones y solicitudes en ese período para crear variadas diversiones y atracciones al aire libre: en sus barrios, plazas, jardines, lotes y baldíos. Algunos permisos fueron negados, como las intenciones filarmónicas de algunos artistas del hambre como el viejo músico Velasco. Pese a estas negativas, el ruido de la calle se acentuó poco a poco en la ciudad cuando se concedían licencias a otros giros, como al señor José A. Castañeda para que levantase una carpa en la Plazuela de Jesús; al señor Braulio López para dar funciones de títeres (autómatas) en los barrios de la ciudad. Por su parte, a Rafael Alfaro, para dar algunas funciones cinematográficas en el pueblo de Mezquitán; a Apolonio García para poner un volantín de mano en la calzada Independencia Norte. Y el permiso del establecimiento de un stand de tiro al blanco en el parque Agua Azul se le concedió a Antonio Arzapalo. Todas estas licencias, a cambio de algunos pesos mensuales al municipio. También fueron aprobadas solicitudes para otras numerosas funciones de circo y las carreras de automóviles, motocicletas y bicicletas en el Hipódromo del Rosario. Se llevaban a cabo también novilladas, exhibiciones cinematográficas y espectáculos tipo pastorelas.

El jueves 13 de septiembre de 1866, la cantante internacional Ángela Peralta se presentó a la inauguración del inconcluso Teatro Juan Ruiz de Alarcón (ahora Degollado) a cantar Lucia de Lammermoor, de Gaetano Donizetti. Era la primera vez que se presentaba en la ciudad, acompañada por la orquesta que dirigía Clemente Aguirre. Nacida en la Ciudad de México en 1845, realizaba una gira artística por el interior del país, luego de algunos años de actuar y estudiar en Europa. Precisamente allá fue donde la llamaron El Ruiseñor Mexicano, y el 23 de mayo de 1862 se había presentado ya, a sus 17 años, en La Scala de Milán. Cuentan que en vísperas de la llegada de la cantante y compositora a Guadalajara, muchos tapatíos se incorporaron voluntariamente a las labores de albañilería del Teatro Alarcón para apresurar los acabados de la construcción. Después vendrían años amargos para Peralta. En el puerto de Mazatlán, fue víctima de una terrible epidemia de fiebre amarilla que acabó con su vida y la de la mayoría de los músicos de su compañía. Murió el 30 de agosto de 1883 en los altos del Teatro Rubio, donde se alojaba.

Nuria Blanchart Cecilia López Adolfo Ochoa
Las Fábricas de Francia Yáñez y Arreola en Ciudad Guzmán Chapala

Durante la segunda mitad del siglo XIX se instalaron lo que después serían las tiendas departamentales El Nuevo Mundo, El Nuevo París y Las Fábricas de Francia. Los comerciantes franceses supieron complacer a las damas tapatías y traer telas finas, especialmente a partir del imperio de Maximiliano, y empezaron a desplazar rápidamente las mantas y telas burdas de los comercios españoles. Las Fábricas de Francia fueron originalmente bazares ambulantes de muebles, porcelanas y sombreros; se organizaban en caravanas de mulas que recorrían Jalisco y los estados circunvecinos con mercancía de origen francés. Para ello tenían que cruzar la barranca de Santiago por el pueblo de Puente Grande (Colotlán), o por el camino de Huentitán y cruzar el paso de Arcediano. Además, hacían largos recorridos mercantiles desde los Altos de Jalisco, Aguascalientes y Guanajuato hasta Mazatlán por las costas del Pacífico.

En 1953, el novelista Agustín Yáñez, de 49 años y siendo gobernador de Jalisco, visitó Ciudad Guzmán, donde el destacado escritor Juan José Arreola, de 35 años, le dio la bienvenida a su ciudad natal con lo que él sabía hacer muy bien: con la palabra. Agustín Yáñez lo escuchó atentamente y, lejos de conmoverse con el discurso, al acercarse Juan José Arreola a saludarlo, el gobernador le dijo: “yo no le creo nada si no se arrodilla ante mí”. Arreola, fingiendo que se tropezaba con una silla, cayó arrodillado ante el gobernador ante la mirada atónita de los ahí presentes. A partir de entonces, un Arreola arrodillado y un Yáñez convencido, formaron una amistad llena de complicidades jocosas que pusieron en dilema, en más de una ocasión, a quienes los rodeaban en los diferentes actos públicos.

Chapala, considerado como uno de los centros de veraneo para ricos en Guadalajara, era un paseo familiar digno de recordarse. Pasar las tardes frente a la laguna de Chapala o en los pueblecitos de la ribera era todo un deleite. Frente al lago se ponían mesas con sombrillas de colores para ver el paisaje de agua acompañado de varias canoas de remos y motor. Por unas monedas ofrecían un recorrido a Jocotepec o a través del lago, hasta las Islas de los Alacranes. Muchos nadadores y turistas se metían al lago cual si fuera una mezcla entre mar y alberca. El Beer Garden era un restaurante con música en vivo donde se reunían montón de tapatíos a disfrutar de sus vacaciones. El restaurante La Viuda era de los más aclientados. Después de comer algún aperitivo, los paseos por el malecón eran muy comunes pese a la ausencia del kiosco y su faro solitario erguido. Después de recorrer los poblados ribereños más cercanos de Ajijic, San Juan Cosalá, El Chante, El Manglar de San Antonio y Jocotepec se emprendía el regreso del viaje por la peligrosa carretera vieja formada por dos angostos carriles.

Nuria Blanchart Nuria Blanchart Cecilia López
Palacio para el Ayuntamiento La obra de Orozco en Guadalajara Jacobo Gálvez y la primera fotografía

El ayuntamiento anduvo rondando por varios sitios desde su fundación hasta 1952, año en que su edificación fue terminada. En el año de 1948, se emprendió la idea de darle una sede definitiva, utilizando la manzana que ocupaba el palacio episcopal –un modesto edificio virreinal cuyo rasgo distintivo era una cúpula. En la misma manzana estaban: una casa de moneda, la de los Vizcarra y la botica de Apolonio García, lugares en donde se levantó esta construcción neocolonial, proyecto del arquitecto Vicente Medel. “Diez años más tarde, encomendaron al pintor Gabriel Flores la realización de los tableros murales que decoran la pared de la escalera principal, cuyo techo es una bóveda de cañón que cubre las dos escaleras que terminan en el segundo piso”. En la planta baja habitan oficinas de atención al público y la alta está destinada a oficinas de la presidencia y los regidores; en el poniente una gran sala es sede del Cabildo, utilizada también para conferencias históricas donde posan esculturas de personajes históricos como: Pedro Moreno, Manuel López Cotilla y Clemente Aguirre, entre otros.

Como las generaciones actuales lo pueden corroborar, José Clemente Orozco (1883-1949) pintó en Guadalajara los muros y cúpula del Paraninfo de la Universidad de Guadalajara; el gran retrato de Hidalgo en la escalera del Palacio de Gobierno y, en el Hospicio Cabañas –hoy instituto cultural y museo–, 40 frescos que, encabezados por El hombre de fuego, son considerados como su mejor y mayor obra. Todo ello entre 1936 y 1939. Dos décadas antes el oriundo de Zapotlán El Grande tuvo un desaguisado fronterizo. En 1916 había realizado una serie de acuarelas que retrataban la vida en los prostíbulos que tituló La casa del llanto y que de hecho expuso de forma individual en la librería Biblos de la ciudad de México. Al año siguiente quiso ir a Estados Unidos a probar suerte y se topó con que las autoridades aduanales, al revisarla, consideraron su obra como pornográfica, por lo que para cruzar la frontera tuvo que destruir 60 piezas, entre dibujos y acuarelas.

La llegada de las tropas francesas a Guadalajara la mañana del 6 de enero de 1864 quedó congelada en una imagen histórica, a través de la fotografía más antigua de nuestra ciudad. El fotógrafo se colocó en los altos del portal para abarcar la antigua calle de Loreto (hoy Pedro Moreno) y de esta forma captar la imagen que mostraba el asombro tapatío ante la entrada de las tropas francesas. Al arquitecto y pintor Jacobo Gálvez se le debe, además de esta imagen grabada en el recuerdo, la introducción de la fotografía misma en Guadalajara, ya que de un viaje a Europa se trajo, en 1853, una cámara obscura para fijar imágenes en papel y no en lámina como se hacía en aquella época. Conocedor de las técnicas alemana, estadounidense y francesa, Gálvez ofrecía en su estudio (hoy Prisciliano Sánchez número 36) retratos a cuatro pesos con todo y marco.

Cecilia López Angélica Íñiguez Cecilia López

Triviario tapatío segunda edición

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