Trivias de inicio

La construcción de “un teatro digno” Educación para la mujer Las explosiones del 22 de abril de 1992

El 12 de diciembre de 1855 el gobernador Santos Degollado convocó a un concurso para la construcción de “un teatro digno”. El punto 8° de la convocatoria refería: “Se invita a todos los arquitectos, para que dentro de un mes ... presenten planos adecuados ... con una explicación sucinta de la idea que hayan concebido, y demostración matemática de la economía, solidez y elegancia de su plano”. El 30 de abril de 1856, el ayuntamiento encomendó al arquitecto tapatío Jacobo Gálvez la construcción, en la plaza de San Agustín, de un teatro de estilo neoclásico que después se llamaría Degollado.

La obra se vio paralizada frecuentemente por los contratiempos que ocasionaban las guerras de aquella época. Los trabajos continuaron con lentitud debido a la carencia de recursos. El 3 de mayo de 1859 se colocó la clave de la bóveda. Gálvez fue duramente criticado por los técnicos de aquella época, que hallaban desacertado el empleo de la piedra pómez y el hormigón de jal como materia estructural. Para demostrar la estabilidad de la obra, el arquitecto ordenó, una vez desmantelada la cimbra, se hicieran varios disparos con un cañón de artillería emplazado al centro de la bóveda. Después de tan drástica prueba y tras un detenido examen, se comprobó la inexistencia de daños estructurales en la obra.

A finales del siglo XVII la balanza de oportunidades de educación se inclinaba, obviamente, a favor de los hombres. El beaterio de niñas de Jesús Nazareno que fue fundado en Compostela en 1635 fue trasladado a Guadalajara gracias al interés que el obispo Galindo y el jesuita Feliciano Pimentel mostraron por la educación para las jóvenes y niñas. Más tarde, las niñas de este beaterio formaron parte del Colegio de Jesús María para que éstas aprendieran ahí a leer y escribir. Ambos aprendizajes iban en contra de la constitución del Colegio de Niñas de México, que basaba su enseñanza únicamente en la doctrina cristiana. Fue hasta la construcción de este colegio que las niñas tapatías lograron acceder a la educación, aunque con múltiples limitaciones. Este colegio se convirtió en el tercer convento de la ciudad, en el que tenían derecho a ingresar las morenas y las indias.

El 22 de abril de 1992 se registró una explosión en la red de drenajes que abrió una herida de cerca de ocho kilómetros en el Sector Reforma de Guadalajara, especialmente en la calle de Gante. El estallido –causado por una fuga de gasolina– provocó, además de un paisaje dantesco nunca antes visto en la ciudad, la muerte de 203 personas –según el registro oficial. Esta cifra de horror fue cuestionada por testigos y familiares de las víctimas, quienes vieron que los cadáveres que se encontraban en el domo del CODE, utilizado como anfiteatro, estaban marcados con números superiores a mil. Y era verdad. La doctora Norma Leticia Valencia, entonces subdirectora del Servicio Médico Forense (SEMEFO), explicó diez años después: “Mucha gente se confunde porque vio que los cadáveres tenían un número mayor a 200, y es cierto que lo tenían, yo misma se los pinté con un marcador en el pecho, pero esa cifra correspondía al número de cadáver del año en el registro del SEMEFO y no de los hechos del 22 de abril”. Hasta ahora, ninguna investigación independiente ha podido comprobar que el número de muertos fue mayor. El descontento ciudadano ante la insuficiente respuesta gubernamental provocó la caída del gobernador Guillermo Cosío Vidaurri y del presidente municipal Alfonso Dau Flores.

Adolfo Ochoa Cecilia López Juan Carlos Núñez Bustillos
Actos luctuosos Pollo a la Valentina Industria sericícola

Por el siglo XVII, al recibir la noticia de la muerte de algún personaje se procedía al duelo dramatizado, que consistía en publicar los lutos con pregones, llevando ropas negras y faldas caídas hasta los pies con tambores o el repique lento de las campanas que anunciaban el fallecimiento. Las oraciones no podían faltar, mientras que los amigos amortajaban el cadáver y llevaban a cabo los trámites para el sepelio. Después de una muerte, se obligaba de inmediato a suspender cualquier demostración de alegría; las fiestas se cancelaban y las personas de clases sociales altas ponían caras tristes y lucían sus ropas de luto. Incluso a los criados se les obligaba a llevar ropa negra. Se le daba mucha importancia a la pira funeraria y a sus epitafios, que posteriormente servían de adornos. “A cada paso –dice un cronista–, se ven en esta ciudad, colgados de las paredes, más o menos cubiertos de humo y polvo, según sus antigüedades, bellos fragmentos de composiciones.”

Los platillos regionales jaliscienses se han caracterizado por su sabor así como por su diversidad, de tal manera que ahora resultan insustituibles en la dieta de los mexicanos. Satisfacen el apetito más exigente, los tamales, dulces o de carne, las tostadas de pata, cueritos o carne, el pozole, las tortas ahogadas, las enchiladas, sencillas o compuestas, los tacos, las carnes asadas o “en su jugo” y la indiscutible birria. Otro tipo de carne es el pollo y este puede prepararse de distintas maneras, en mole, en pepián, pero el que ganó un lugar especial fue el pollo preparado por una experta cocinera, Valentina Santos en el antiguo barrio de El Santuario. Era tal la fama que adquirió este platillo que no sólo asistían los tapatíos a saborearlo, sino de todo Jalisco y aun de otros estados de la República. Francisco Villa, el general Lázaro Cárdenas, Manuel Ávila Camacho, María Félix, el pistolero jalisciense el Remington, el Rey Carol II de Rumania y hasta el empresario Henry Ford, degustaron el peculiar platillo. El pollo a la Valentina, plato especial de la gastronomía jalisciense.

Por iniciativa del Mariano Bárcena, el gobernador Corona hizo venir al señor Hipólito Chambón para establecer en Jalisco la industria sericícola. Se plantaron innumerables moreras en el Agua Azul, Plazuela de Jesús, Cementerio de los Ángeles y en otros lugares. Se trajo gran cantidad de semilla de gusano de seda y en el Hospicio Cabañas se puso la cría de tan útiles productores, estableciéndose además un taller de filatura, y la enseñanza de su cultivo a más de cien niñas. El cambio de personal del gobierno hizo que a los dos años se abandonara por completo este proyecto; en el período del general Galván, se vio tal desprecio por la sericultura que no sólo se suprimió la inspección establecida para cuidar el proceso, sino que aun se introdujo la caballada de la gendarmería a destruir las tiernas moreras del Agua Azul. De esta manera, se liquidó un proyecto que promovería fuentes de trabajo e ingresos al estado.

Cecilia López Hugo Torres Salazar Hugo Torres Salazar
El doctor Pablo Gutiérrez Los cócoras El público en el cine

Pablo Gutiérrez nació en Guadalajara en 1805. Se tituló como médico en 1828. Se trasladó después a París, en donde estudió por tres años cirugía. Habiendo decretado el Presidente Gómez Farías en 1833 el establecimiento de la escuela de Ciencias Médicas, se reestructuró la educación y se dio un importante impulso a la ciencia –ya que aún prevalecía en ese renglón el régimen colonial, que ponía toda clase de trabas a la educación científica. En ese mismo año de 1833 fue posible hacerlo en México, aunque ocasionó un verdadero escándalo, ya que se consideraba una profanación. Pablo Gutiérrez creó las cátedras de anatomía, medicina operatoria y obstetricia, que fueron preparatorias para la fundación de la Escuela de Medicina. En 1841 obtuvo las plazas de dirección de enseñanza y cirugía en el Hospital de Belén. Por su clara inteligencia, palabra fácil, conocimientos y vocación de servicio, se convirtió en un valorado científico. Murió en 1881 y fue declarado Benemérito del Estado ese mismo año.

El público tapatío que acudía a ver representaciones teatrales en los diversos coliseos carecía de una actitud pasiva o de mera contemplación. Por el contrario, acostumbraba dialogar con los actores que salían al escenario y manifestaban en voz alta la opinión que les merecía la obra o algún momento dramático en especial. Los espectadores eran parte del espectáculo puesto que lanzaban frases o dichos oportunos a medida que se desarrollaba la obra. Esto a su vez provocaba reacciones entre el mismo público, quienes aprobaban o desacreditaban alguna intervención, por lo que las obras eran interactivas y llenas de matices imprevistos. A aquellos espectadores que intervenían se les conocía como cócoras, quienes acudían muchas veces en grupo para emitir risas burlonas o lloriqueos, para provocar la risa en los palcos y galerías. José Juan Tablada dejó testimonio de esto en un escrito que data de 1895, cuando menciona: “Teatro inverosímil donde dialogaban los actores con el público haciendo alarde de la peregrina gracia tapatía”.

Cuando se hicieron notorias las bondades lucrativas del séptimo arte se propagaron con sus propios distintivos. Una de las salas más prestigiadas era el Tabaré, del señor Estrada Aguiar, quien ponía mucho énfasis en que la exhibición de sus cintas fuera una diversión familiar. Tenía reglamentos estrictos que obligaban al espectador a comportarse a la altura de un público distinguido y de buena moral. En esta sala, si el público se comportaba de manera inmoral era desalojado del salón y se le devolvía su importe del boleto. De esta manera se aseguraba el orden y la contemplación de cintas cuidadosamente seleccionadas. En cambio, en el cine Cuauhtémoc sucedía todo lo contrario y para muchos este cine quebrantó la moral social. Se corrió el rumor de que se decían leperadas como si se estuviera en un prostíbulo. “Aquello se convertía en algo peor que una plaza de toros, se hacen rojos comentarios en voz alta, se silba, se grita y la minúscula saturnal es el encanto de los que no van tras una diversión honesta, sino a dar rienda suelta a sus desórdenes apetitosos”.

Adolfo Ochoa Cecilia López Cecilia López

Triviario tapatío segunda edición

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